El protocolo de la discordia

Por Luis María Serroels

Especial para Infoner

Menudo problema –amén de los que ya enfrenta- se ha  cargado la ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, al revelar aspectos del protocolo de actuación de las fuerzas bajo su órbita a la hora de enfrentar situaciones límites en la lucha contra la delincuencia, al momento de verse compelidos a utilizar sus armas reglamentarias. El debate está abierto pero anticipa duros enfrentamientos dialécticos, en tanto la medida adoptada ya ha sido resistida por presunta inconstitucionalidad. De todos modos, la funcionaria se las ingenia para neutralizar críticas y argumentos no le faltan. No estará de más revisar el protocolo sobre los infiltrados que aprovechan las marchas por legítimos reclamos, para cometer actos de vandalismo.

 

Un punto conflictivo de la medida global alude a la advertencia “¡alto policía!” que se hace antes de apretar el gatillo y que de ahora en más no sería ya un paso ineludible en medio de alguna situación extrema. Varias provincias han anticipado que no adherirán a esa norma (en Entre Ríos su ministra de Gobierno, Rosario Romero, señaló que en este territorio las normas de procedimiento policial están claramente determinadas y que accionar un gatillo es el último y forzado recurso cuando la vida de un tercero o la del propio defensor del orden están en grave peligro). Quede claro que los delincuentes no advierten jamás a quienes enfrentan, al momento de gatillar sus armas.

El debate consiste en cómo medir la vigencia de los derechos humanos cuando por un lado la vida del defensor de la ley coquetea con la muerte bajo el reglamento que juró cumplír y por el otro la presencia de los enemigos de la sociedad y la tranquilidad pública que toman a la muerte ajena como una forma de limpiar su camino.

Elisa Carrió criticó duramente el nuevo protocolo, advirtiendo que “no debería ser violador de los derechos humanos”, dando a entender que esta cuestión debería ser profundamente debatida y de hecho así ocurrirá cuando inevitablemente recale en el Congreso para convertirse en ley. .

Patricia Bullrich insiste en que se siguen expresamente las reglamentaciones de las Naciones Unidas, pero –siguiendo a Carrió- las prerrogativas de las fuerzas de seguridad no deberían ingresar en la violación del derecho ajeno. Y eso está claro.

Entraderas, salideras, arrebatos, uso de armas de alto calibre aún habiéndose reducido a las víctimas ocasionales o cuidadosamente elegidas,  plantean un profundo análisis cuando las personas vejadas, golpeadas y saqueadas impiadosamente, logran reaccionar eliminando a los asesinos que ven al homicidio como una máquina de limpiar su camino, garantizar su huida y salvaguardar su identidad.

En marzo de 2012, el conductor radial Baby Etchecopar sufrió una sangrienta entradera al regresar a su casa de San Isidro con uno de sus hijos. Recibieron 5 impactos de bala cada uno, en tanto las pericias contabilizaron 37 disparos (25 de los asaltantes y 12 de los habitantes del inmueble). Etchecopar logró abatir a uno de los forajidos (se lo sobreseyó por legítima defensa propia) y él y su hijo fueron internados por las heridas recibidas. El problema deviene cuando la víctima que porta un arma, ante la situación extrema no se atreve a matar al malandra porque aún allí sus principios lo maniatan, circunstancia que los asesinos predispuestos manejan a la perfección.

“Cuando volví del tiroteo no fue igual. Sos un muerto con un traje. No hay un día en que no recuerdes el hecho. Es una condena de por vida”, confesó Etchecopar, debiendo aclararse que  los delincuentes intentaron sin éxito violar a una hija en estado de gravidez.

Muy difícil es imaginar que los delincuentes sientan algún tipo de remordimiento, porque eliminar a sus víctimas es para ellos un asunto colateral ya previsto que se considera simplemente un obstáculo a sortear. A quien sufre un asalto, aunque sepa que no tuvo otra alternativa que gatillar –defender la familia, hasta los animales lo anteponen por instinto-, siempre le queda un  grado de arrepentimiento que lo atormenta despierto o dormido.

No es ocioso -a modo ilustrativo sobre los espacios que va ganando la delincuencia, atormentando a los habitantes y soterrando sus derechos a la propiedad y la tranquilidad-, recordar un fenómeno registrado en los Estados Unidos dos décadas atrás.

A fines del siglo 20,  Nueva York sufría uno de los peores azotes de su historia a manos de la delincuencia y el crimen organizado. Allí hizo su aparición como Alcalde, el abogado, docente y político Rudolph Giuliani, premiado con honores y reconocimientos. Más allá de que se coincida o no con sus métodos y estrategias para limpiar la Ciudad de los Rascacielos de todo tipo de vandalismo, su doctrina basada en “tolerancia cero” fue aceptada y reconocida por la ciudadanía neoyorkina por haberle dado “la seguridad reclamada a cualquier costo”.

Hombre fuerte y de mano dura, Giuliani impuso su idea de “no dejar que los negros, los latinos, los drogadictos y los mafiosos se apoderen de nuestra ciudad”. Concebía “la ley y el orden” como “los únicos fundamentos para que un país avance en el camino de una historia que deberá pertenecerle”.

Claro que la historia y la idiosincrasia del pueblo estadounidense, nutrido con corrientes étnicas de gran diversidad, puede llegar a explicar sus políticas en materia de seguridad pero no por ello ser  adoptado como paradigma a la hora de diseñar y aplicar soluciones vernáculas frente a la creciente inseguridad que padecen los argentinos. El significado del orden y la tranquilidad es similar en todo el planeta.

En la ciudad que luce la emblemática Estatua de la Liberad donada por Francia, llegaron a contarse por día 6 asesinatos, 8 violaciones y más de 400 hechos de violencia menor. “El enemigo es el que viola la ley, sea el que sea”, sentenció el Alcalde Giuliani.

En nuestro país hasta hoy no se ha logrado terminar con los mal denominados “barrabravas” que asolan en los clubes de fútbol, pactan con cierta dirigencia y cometen los peores desmanes con absoluta impunidad. No tienen determinada camiseta: lucen la de cada institución donde pululan haciendo de la extorsión y el miedo sus herramientas predilectas.

¿Qué tienen de  bravura? El diccionario indica que bravura significa valentía, coraje, valor, audacia, arrojo y agallas, entre otras acepciones (pero tras mejores causas). Los forajidos son cobardes, tanto como los dirigentes que temen denunciarlos. El actual gobierno pretende terminar con este flagelo, pero Mauricio Macri, siendo presidente de Boca Junios, nunca logró limpiarlos y siempre se -como en tantos clubes- se terminó negociando para mantener una frágil convivencia.

Si se buscase un paradigma de la violencia en el fútbol, es insoslayable el fenómeno de los hooligans ingleses (desocupados o excluidos del sistema, que protagonizaban peleas y cometían actos vandálicos en calles y estadios antes, durante y después de cada partido disputado en Gran Bretaña). Su ideología se definía como extremista y radical (fueron el lado oscuro del balompié británico). Pertenecían a cada club de los que se enfrentaban, convirtiendo el escenario en campo de batalla. Sus tropelías llegaron a trasplantarse en todo el mundo. Indivíduos con problemas sociales se aliaban para crear una entidad propia.

Pero el hooliganismo tuvo su final cuando luego del enfrentamiento entre el Liverpool inglés y la Juventus italiana en Bruselas realizado el 29 de mayo de 1985, los hooligans traspasaron todos los controles provocando una avalancha que dejó como saldo 39 muertos y centenares de heridos. ¿Sería mucho pedir que los organismos que en nuestro país se deben ocupar de extirpar la violencia en el deporte, se asesoren con quienes lograron instalar la paz, la convivencia y la tranquilidad en los estadios?

Frente a la violencia esparcida por todos los ámbitos, recordemos esta frase del gran pacifista, político, abogado y pensador indio Mahatma Gandhi: “Lo más atroz de las cosas malas de la gente mala, es el silencio de la gente buena”.

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