El supremo valor de estar vivo

No es novedoso hallar a diario historias que conmueven para bien o para mal. Tampoco debe pensarse que por arte de magia se puedan modificar realidades que son inmutables y forman parte de los desequilibrios reinantes. Se da en todas las actividades humanas, donde confrontan los privilegios desmedidos contra los abandonos sistemáticos de reglas morales y se sigue revalorizando aquella frase del gran Enrique Discépolo: “Lo mismo un burro que un gran profesor”. No pretendamos cambiar el mundo, pero al menos démosle a nuestras conciencias la oportunidad de sacudirse la modorra y aceitar la maquinita de poner en valor lo que realmente lo merece.

 

Luis María Serroels
Especial para INFONER

 

No se trata de incursionar en una moralina inconducente ni en soñar despierto. Sólo se trata de desentumecer algunas mentalidades desfasadas por estar direccionadas hacia asuntos baladíes, intrascendentes y superficiales.

Por azar llegó a nuestras manos un material publicado por el matutino CLARÍN –medio donde este articulista se desempeñó durante 15 años como corresponsal y titular de la Agencia Paraná-, en el cual da cuenta de una anécdota protagonizada por el enorme actor Héctor Alterio.

En 1995 y bajo la dirección de Marcelo Piñeiro, se filmó la película nacional Caballos Salvajes, con el rol protagónico del laureado Alterio, quien por estos días y a los 89 años de edad, se animó a regresar a la escena presentando en el Teatro Zorrilla, de Valladolid, la obra Como hace 3.000 años, en homenaje al poeta español León Felipe al cumplirse medio siglo de su fallecimiento.

Nuestro compatriota –de reconocida versatilidad en el teatro, la TV y la cinematografía-, fue consultado por una escena de aquella película en que él, como protagonista, se hallaba en un monte donde había liberado a todos los caballos y no hallaba el bocadillo ideal para cerrar esa escena. Recuerda que Piñeiro apeló a la prestigiosa escritora Aída Bortnik pidiéndole una frase a tono con el pasaje de la película y el peso emocional que debía otorgarle. Y ella le sugirió que Alterio exprese: “La puta que vale la pena estar vivo” (SIC). El protagonista cuenta hoy que puso toda la fuerza al momento de lanzar semejante expresión.

La nota de marras con nuestro compatriota se fue extendiendo y allí confesó que no piensa en abandonar su trabajo de actor. Y sus explicaciones despiertan profundas reflexiones y hasta generan sobresaltos en el colectivo social en tanto conllevan una triste realidad.

“No tengo otra alternativa, todavía me puedo manejar por mí mismo, puedo memorizar, me entretiene, vivo de eso, de una pequeña jubilación que me han dado pero no me sirve para nada”, confesó. Y añadió que “yo necesito seguir trabajando económicamente y espiritualmente” (hágase la salvedad de que hay colegas suyos también de altos méritos pero que por equis motivos tuvieron mejor suerte en términos de cotización).El circuito comercial suele ser lapidario para algunos.

Semejante actor de pura raza, ganador de múltiples premios nacionales e internacionales (el más consagratorio fue por La Historia Oficial, en 1985, otorgado por la Academia de Hollywood), ha sabido despertar admiración en el público más exigente por sus filmes y telenovelas que constituyen su impronta de artista con mayúscula.

Desde luego que hay otros actores y actrices tocados por la magia de los elevadísimos cachets, pero no siempre estos montos se condicen fielmente con la calidad interpretativa de los elencos, sino que responden a elementos impactantes no siempre vinculados con las calidades y bondades actorales sino con efectos hábilmente introducidos para lograr una buena taquilla. Si una película no resulta comercialmente sólida en las estimaciones previas, no se realiza y esto es tan viejo como el celuloide. Los grandes monstruos de la cinematografía han sabido traducir sus trabajos en jugosísimas fortunas, pero por desgracia –tomando el caso de Alterio y a propósito de sus confesiones- siempre hay injusticias. No es –desgraciadamente- el único ejemplo.

Pero observando este cuadro, se nos ocurre al pasar echar una mirada sobre los casos de futbolistas, basquetbolistas, tenistas, pilotos de automovilismo o boxeadores, cuyas fortunas sobrepasan todo lo imaginable. Es cierto que ello se basa en sus grandes logros y en especial el dinero que generan. Para arribar a esto se requiere preparación, constancia, tenacidad y sacrificio, pero quien abraza una carrera actoral ¿no debe acaso munirse de estas virtudes?

Actores y actrices no tienen fecha de vencimiento, pero sufren el desgaste del olvido injusto.
Alterio podría considerase en su profesión una suerte de Leonel Messi, Cristiano Rolando, Roger Federer, Lebron James, Tiger Woods o Lewis Hamilton en sus respectivas disciplinas profesionales.

Y aunque se estime este concepto exagerado, está claro que cada actor o actriz debe trabajar mucho tiempo para modelar su eventual personaje. Y el trabajo suyo no se detiene porque cada día y en el lugar del planeta en que se exhiba, se debe rendir examen ante el exigente espectador y el implacable juicio de la prensa especializada.
Mirando hacia los artistas internacionales, uno se enfrenta con las exorbitantes sumas que perciben no sólo por su tarea sino porque participan de las altísimas cifras que se generan en el circuíto comercial. ¿Cuántos hay en la Argentina enfrentados con la misma situación que Alterio? ¿Cuántos aguardando ser llamados por los productores?
Aprovechamos un dato reciente llegado a nuestro conocimiento y nos pareció interesante mantenerlo a mano. Hoy apelamos a datos difíciles de creer pero ciertos.

Un futbolista argentino que juega en el Viejo Mundo, podría este año cerrar un contrato con su club que, de ser aceptado, le significaría ganar en este período la suma de 9 millones de euros. Nos tomamos nuestro tiempo y calculadora en mano llegamos a conclusiones increíbles.

Tomando como referencia la cotización de cada euro del día en que decidimos abordar la tarea (9 de enero de 2019: $ 43 de nuestra moneda nacional), llegamos a estas conclusiones:

Tal jugador (uno de tantos que navegan las aguas de la riqueza sin límites por su gran manejo y dominio de un balón), llegaría a obtener para su cuenta bancaria $ 387 millones. Ello significaría $ 32 millones por mes; 1.060.000 por día; 48.000 por hora; 800 por minuto y 14 pesos por segundo. Esto sin contar lo percibido por derechos de imagen. Además a diario nos enteramos de cómo las riquezas dinerarias suelen convertir a los seres humanos en fríos, insaciables y calculadores burladores del fisco, eludiendo obligaciones impositivas. En estas trampas están incursas las más altas y célebres estrellas del balompié, a quienes se les tienden alfombras rojas.

¡Qué suerte que a Héctor Alterio no se le ocurrió iniciarse en el juego del balompié profesional! Imagínese el lector de qué monumental actor se hubieran privado los cinéfilos del mundo!

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