El taller de las parcas

A los ojos del mundo eran  invisibles. La profanación del tiempo las protegía de las miradas. La ambición de la humanidad las había borrado del inconsciente colectivo. La tecnología y la comunicación incomunicada les habían hecho perder el respeto…

 

Por Marta Ledri – Escritora, Prof. en Letras

 

Desde hacía siglos nadie las recordaba. No obstante no había día que yo no paseara por aquella ciudad buscándolas. Volvía desesperanzada y hasta veces esa derrota me inclinó a pensar que nunca habían existido. La razón de mi búsqueda eran las señales que recibía mientras dormía.

Fue así que una mañana entre dos edificios nuevos donde la piedra, el aluminio y los paneles fijos ostentaban la modernidad y la clase de gente que los habitaba descubrí en lo que a primera vista parecía un terreno una pequeña construcción. El tiempo la había vuelto inadvertida, tapada por el musgo y la hiedra, tenía en la puerta principal como llamador una tijera. Caminé el patio delantero y apoyé mi oído. El sonido de un constate pedaleo se filtraba por las hendijas de la puerta reseca.

Abrí sin llamar. Allí estaban las tres, viejas, desdentadas, miopes, encorvadas en su postura mítica. Trabajaban al unísono, corporativamente. No había remuneración para ese trabajo sin fin pero la negra Ker controlaba inflexible a las hilanderas.

En la rueca, el delgado hilo se iba convirtiendo en un ovillo de seda, frágil  y fino como la baba de una araña. Caían en un cesto. Cuando estas esferas agotaban la materia o el pie se entumecía por el constante pedaleo decidían entre ellas con cuál enhebrarían la aguja. La miopía retardaba el trabajo.  Le pasaban la lengua varias veces para afinar la punta. Eran anfibios que dejaban viscoso y ablandado el extremo que debía atravesar el ojo. Quise ayudarlas pero recibí una única respuesta que al mismo tiempo fue una negativa: “Estos elementos no son para mortales”.

Fue suficiente para confirmar mis sospechas. ¡Había encontrado a Cloto, Átropos y Láquesis, las tres parcas hilanderas que tejían el destino fatal de los hombres! Famosas por el despiadado filo de su tijera.

Debo decir que había muchas tijeras, como así también agujas, husos, ruecas, bastidores, horquillas… También colgaban de un perchero diferentes prendas. La ilusión de ver el peplo de Antígona o de Ifigenia se  esfumó cuando vi sorprendida que confeccionaban ropa para el tiempo en que estaban sus clientes, aquellos que morirían cuando la arbitraria decisión tomara la tijera para descoser el alma del vestido corporal.

Era un taller de alta costura. Bordaban rosas rococó y flores estridentes, tejían con horquillas puntillas delicadas y festones calados, aplicaban la tela a un bastidor al que crucificaban con hilos después de haberlo  vainillado.

Me dejaron sentarme frente a ellas. Eran tan viejas como la muerte. No habían tenido amantes y pasaban una ancianidad eterna entre restos de hilos que guardaban en un álbum. Era el figurín de la muerte. Al pie anotaban el nombre del que habían liberado del vestido carnal.

Nunca habían cosido para ellas. Rotosas se adivinaba bajo el grisáceo sayo casi conventual sus senos caídos  que jamás habían amamantado. El vientre visible debido a la mala postura estaba reseco, eran estériles ya que de haber parido ninguna hubiera tomado la tijera. No obstante tuvieron una época de erotismo y soñaron con los besos de Hipnos y el abrazo apasionado de Thánatos.

Antes de irme me tomaron las medidas. Tuve el privilegio de elegir la seda.

−Lo haremos lentamente

−Llevará apliques y puntillas

−La tijera se cerrará suave, como una pena antigua que se recuerda.

Me fui pensando en esas pobres miopes que no tenían la esperanza de que alguien cortara sus destinos. No existían tijeras para ellas.

 

Glosario

Cloto, Átropos y Láquesis son los nombres de las parcas hilanderas. Divinidades que tenían por misión tejer los destinos de los mortales y con una tijera cortar el hilo de la vida.

La negra Ker es antigua divinidad griega que aparece en La Ilíada cuando un combatiente cae mortalmente herido. Representa a la muerte.

Antígona, hija y hermana de Edipo. Fue lapidada y ella se suicida dentro de la gruta porque prefiere sepultar a su hermano Polinices y desafiar el edicto de Creonte que había prohibido las honras fúnebres por considerarlo un traidor a Tebas.

Ifigenia, hija de Agamenón y Clitemnestra, hermana de Helena, fue sacrificada en aulis para propiciar los vientos que llevarían las naves griegas hacia Troya (Ilión).

Las moiras, aunque comúnmente se las confunda con las parcas, representan el destino al cual ni siquiera los dioses pueden escapar.

 

Imagen: John Meluish Strudwick. Un hilo dorado (1885). Tate Gallery, Londres.

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