El viejo Molino harinero San Pablo

Por Marta Ledri – Profesora en Letras

Viajar con la nostalgia es caminar hacia lugares que ya no están. Es también ir “en busca del tiempo perdido”. Hoy mis matutinas caminatas me llevaron hacia el Molino que está frente al Corsódromo, una imponente construcción a merced del tiempo y del abandono. Fue entonces que llegaron como ramilletes de mariposas los recuerdos. Las primeras trajeron olores mezclados de la producción; otras los gritos de los changarines y las últimas el incesante entrar de camiones para cargar la harina procesada.

Sus obreros salían una hora antes que los del Frigorífico Gualeguaychú. Una hora antes, yo esperaba con ansiedad la llegada de mi padre que salía a la una. Sentada en el umbral aprendí a diferenciarlos. Los del molino venían del oeste, enharinados. Mi vecino Don Correa percibía su salario quincenalmente y el día de cobro se quedaba en un bar. Esa noche habría gritos y escándalos que yo oiría con temor y curiosidad, pegada a la ventana para ver si podía ver qué estaba pasando en el interior de una casa donde el salario había quedado en las copas que lo ayudaban a olvidar sus penas.

En medio de la senda me detuve a mirar el viejo molino. Sus ventanas miran hacia el naciente como esperando otra vez la espiga. Las tropelías de muchachos han roto los vidrios y más que una fábrica parece un hospicio de palomas que vuelven para buscar el grano que ya no está. Ventanas ciegas y una calle sombría a la tarde porque su inmensidad tapa tempranamente los rayos del sol. Del otro lado de la calle han demolido las casas de los empleados jerarquizados. Dónde fueron a parar sus trabajadores el día que el molino cerró definitivamente sus puertas. En mi calle desaparecieron las bicicletas que juntas se apuraban por llegar a sus hogares. ¿Será el molino otro escenario para el recuerdo de las generaciones pasadas y la indiferencia para las nuevas? Hoy es la ruindad, la soledad , paredes donde la humedad va dejando su sello de tiempo y trepa ambiciosa, se mete entre las grietas.

Terminé mi caminata con la imagen de aquellos enharinados que trituraban la espiga y hacían posible que el pan estuviera en cada mesa. Eran ministros del rito de la familia, de la pequeña misa donde el pan y el vino cotidianizaban sin desacralizar dos símbolos litúrgicos. Con el tiempo don Correa se mudó del barrio y no lo vi más. Hoy regresa a mi memoria y me mira a través de una ventana ciega invitándome a entrar para encontrar mi niñez.

 

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