Elecciones en Brasil y futuro de Latinoamérica: la marea rosa y la nueva derecha

Desde el impeachment contra el paraguayo Fernando Lugo en 2012 y las sucesivas muertes de Néstor Kirchner y Hugo Chávez, el período conocido como Marea Rosa (ascenso al poder de grupos progresistas e izquierdistas en América Latina) comenzado en 1998 con la victoria del chavismo y que alcanzó su apogeo entre 2008 y 2011, ha entrado en una fuerte crisis.

 

Por Felipe Galli (*)

 

Si en 2012 de los nueve países de Sudamérica siete tenían gobernantes ubicados en el espectro político
de la centroizquierda (de ahí el término “rosa”, en contraposición a la “marea roja” comunista de la Guerra Fría); a 2018 los únicos países latinoamericanos con expectativas de un continuismo indefinido de la izquierda sin una acción polémica o antidemocrática son el Uruguay del Frente Amplio y el Ecuador de la Alianza PAIS. Uruguay debido a su buena administración económica y política y a su estricta neutralidad en temas internacionales (las crisis en Venezuela y Brasil) que le facilitan alianzas múltiples, y Ecuador debido a las negociaciones de Lenin Moreno con la oposición, la restauración de la libertad de prensa y la reimposición del límite de dos mandatos.

La Bolivia del MAS presenta muchas contradicciones con respecto al resto del continente. La mayor maldición de Evo Morales, de cara a los siguientes comicios, es haber hecho las cosas demasiado bien. Con una economía robusta y en crecimiento, un analfabetismo a niveles mínimos y un desempleo históricamente bajo, la sociedad boliviana tiene pocas cosas con qué distraerse de la situación política.

Existe en el país un rechazo generalizado a la controvertida maniobra judicial que Morales empleó para volver a presentarse a un cuarto período, pasando por alto un referéndum en el que el pueblo rechazó la abolición del límite de mandatos en febrero de 2016. No en balde, mientras la administración de Morales goza de un nivel de aprobación del 57%, su intención de voto no supera el 28%. La oficialización de la candidatura del popular expresidente Carlos Mesa, a quien muchos sondeos posicionan como eventual ganador de un decisivo ballotage, pone en jaque por primera vez al socialismo boliviano.

Por su parte y apartada de la cuestión, la Venezuela del chavismo se encuentra en franca descomposición. Aunque no es previsible una pronta caída del régimen deplorable de Nicolás Maduro, ya no se puede considerar a su gobierno como electoralmente legítimo, teniendo su derrota legislativa de 2015 como la última expresión verídica de la voluntad del pueblo venezolano y, por lo tanto, el fin de la Marea Rosa en dicho país.

Sin embargo, la idea de que la crisis progresista es definitiva y que el ascenso de la llamada Nueva Derecha (por los gobiernos de corte conservador o neoliberal que sucedieron a las izquierdas) es inevitable, ha encontrado su colapso en 2018. La arrolladora victoria de Andrés Manuel López Obrador en México (hegemonizando de la noche a la mañana todas las instituciones elegidas aquel día) y el fin de la dominación derechista del país latino del norte, cambia dramáticamente las reglas del juego.

Los países latinos fuimos dictadura juntos, fuimos democracia juntos, tuvimos una crisis juntos y votamos a la izquierda juntos. En pocas palabras, los contagios regionales son comunes. Es de este modo Brasil el que definirá la cuestión Marea Rosa-Nueva Derecha.

El impredecible, peligroso, y hasta atemorizante ballotage entre el ultraderechista y reaccionario Jair Bolsonaro (que utiliza el lema “Brasil sobre todos” similar al “Alemania sobre todos” con el que Hitler ganó en 1933) y el lulista Fernando Haddad (que ha utilizado a veces el lema “Haddad al gobierno, Lula al poder” o “Haddad es Lula”, en comparación con Héctor José Cámpora en 1973, representando a Perón en la vecina Argentina); definirá los próximos sucesos en el continente.

La victoria de Bolsonaro destruiría las expectativas de una recuperación electoral de la izquierda, al tiempo que su llegada al poder podría resultar en la consolidación de la Nueva Derecha en Sudamérica. Los gobiernos no derechistas, potencialmente el venezolano y el boliviano, podrían enfrentar una mayor asfixia económica y un mayor aislamiento internacional. Aunque el gobierno actual ya ha realizado maniobras contra Maduro, la legitimación electoral de Bolsonaro le daría a la derecha un mayor margen de maniobra.

La victoria de Haddad, por otro lado, haría que las izquierdas regionales recuperaran una cierta expectativa, aunque eso dependerá de las economías y situaciones particulares de cada país. La salida del poder de Temer y el retorno del lulismo, sin embargo, afectaría negativamente la posición del argentino Mauricio Macri y el chileno Sebastián Piñera, sobre todo del primero de cara a las elecciones presidenciales de 2019. Es probable que Haddad mantenga una relación distante con el régimen chavista vecino, debido a como ha debilitado la imagen de muchos gobiernos el apoyo al régimen venezolano.

Mientras que las consecuencias políticas, económicas e internacionales del comicio brasileño son relativamente fáciles de analizar, al tratarse de una justa clásica entre los sectores izquierda-derecha, definir con claridad quién ganara el mano a mano el 28 de octubre resulta casi imposible. Si bien Bolsonaro ha obtenido una primera minoría arrolladora en primera vuelta, a cinco millones de votos de ganar la presidencia (aclaración, en Brasil es poco) al primer intento, pasados unos días Haddad ha vuelto a recuperar terreno al formar pactos con el candidato izquierdista Ciro Gomes, que obtuvo el 12.5% y cuyo apoyo resulta crucial para vencer a Bolsonaro. Otros candidatos, incluso de derecha moderada, han sugerido a su electorado “que no voten por Jair Bolsonaro”, para evitar apoyar
directamente al lulismo.

A la casi absoluta certeza de que será una elección presidencial ajustadísima, similar al Maduro/Capriles venezolano de 2013, el Macri/Scioli argentino en 2015, el Keiko/Kuzcynski peruano de 2016 y el Moreno/Lasso ecuatoriano de 2017, se suma el adelanto de Bolsonaro a decir ante los medios de comunicación de que no reconocerá un resultado adverso, con un ligero guiño de parte de su compañero de fórmula (el general Hamilton Mourao) a que las fuerzas armadas podrían ponerse de su parte si pierde.

Aunque la expectativa de que Bolsonaro provoque un golpe de estado es tan baja como de que Haddad realmente pueda ganarle, declaraciones como esas, sobre todo viniendo de una figura tan siniestra, hacen que la debilitada democracia brasileña tiemble de miedo.

Las consecuencias de la elección serán difíciles de todas formas. Incluso aunque Haddad gane, no deja de ser cierto que el 47, 48 o 49% restante que apueste por Bolsonaro seguirá existiendo, y ese electorado cegado, reaccionario e impresionable provocará grandes problemas al próximo gobierno, sobre todo con su líder desreconociendo el resultado.

En definitiva, nos enfrentamos a la que es quizás la elección presidencial más enfrentada, polarizada e
impredecible de la historia sudamericana. De su resultado depende el futuro geopolítico no solo del Brasil, sino de todas las economías regionales aliadas del gigante sudamericano.

 

(*) Estudiante de la Licenciatura de Ciencias Políticas, UBA.

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