Ellas, el ojo

El ojo de la memoria nos tiene. El ojo sabe lo que los demás ignoran.

Por Verónica Toller

El ojo de la memoria conserva rostros, miradas, encuentros y despedidas desde hace mucho, tanto tiempo.

Qué cosa. Cuando se trata de la memoria propia, la de cada uno de nosotros, el ojo tiene la mirada vuelta hacia adentro. Cada momento es presente, no importa cuándo sucedió, y va formando el hilván de nuestra historia. Mantener nuestra identidad. Podemos recordar… que es re: volver a/cor: corazón. Porque viene de –cor, cordis: corazón. Re-cordar: volver a vivir desde el corazón.

Por la memoria nos sentimos siempre los mismos, siempre aquél o aquella que subía y bajaba libre en las hamacas de la plaza -y el cielo iba y venía, iba y venía, y creíamos que la vida sería siempre así, con un cielo tan cerca de nuestras subidas y bajadas-. El mismo que estudiaba, jugaba a la pelota en el descampado del barrio o se peinaba ansioso antes de ir a la escuela porque en el cuarto banco de la fila derecha estaba “ella”. La misma que tomó la Primera Comunión y que, un día, se soltó el pelo, se subió a unos tacos y salió a cazar la vida, a ponerle la otra mejilla a las tormentas.

La memoria. El corazón.

Ese sitio inapelable donde siguen titilando resplandores, sensaciones de plenitud y de dolor, la fuerza de la fidelidad o de las traiciones, la memoria de los 15, de los 20, de los… y los…

Pero la memoria sabe jugar. Cuando se trata de los otros, la memoria es un ojo vuelto hacia fuera. Para el ojo que nos mira, nuestra identidad está siempre en presente, es decir, no somos toda la larga mochila que llevamos dentro sino la cortedad que revela el espejo. Somos en presente. Somos lo que ven aquí y ahora de nosotros.

Cada tanto, queremos decir que no, que hay más, lo que amamos, lo que hicimos, construimos, perdimos, levantamos. Pero pocos entenderían, ¿verdad?

Sí lo entienden ellas. La memoria que guarda el papel, esas ventanas a la vida que se fue, esas imágenes que cuentan la historia del otro y la de uno mismo. Que están para cobijar el pasado y retenerlo, ese espejismo de conservar en la retina lo que archiva el corazón. Ellas. Las fotos.

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