En el desierto de Mongolia

Hace cuatro días que la 4×4 soviética nos pasea por el Desierto de Gobi y la irrompible máquina todo terreno no ha parado de dar saltos. La súbita aparición de una oscura manada de camellos nos rescata de nuestros pensamientos cotidianos para recordarnos que estamos muy lejos de nuestras casas.

 

Por Martín Davico

 

Los hoteles construidos en el medio del paisaje constatan que también en estas latitudes la naturaleza alberga a ciertos clientes que no debería hospedar. Hacemos una larga travesía por el sur de Mongolia y cuanto más viajamos por estos lugares que nos resultan tan extraños, con más naturalidad aceptamos la inconmensurable inferioridad que tenemos frente al planeta que habitamos.

 

 

Entre los que hacemos esta especie de aventura, hay una pareja de argentinos veinteañeros con los que entre mate y mate practicamos la amistad espontánea; un rumano que, sin saberlo, me tiene agobiado pidiéndome permanentemente que le saque fotos, y una pareja de croatas que me hacen bromas de fútbol cuando les recuerdo lo poco que le faltó a su equipo para salir campeón en el último mundial.

Como en una metáfora bíblica un enorme rebaño de ovejas mezcladas con algunas cabras nos cruzan indiferentes por la mitad del camino, obligándonos a detenernos y a ejercitar nuestra raquítica paciencia de hombres posmodernos. Cada noche la pasamos con diferentes familias autóctonas que nos acobijan y alimentan en sus casas. Como hace frío y la leña es escasa, las estufas salamandras caldean las habitaciones a base de carbón y bosta de camello seca. Nada de dietas mediterráneas, ni aceites de oliva, ni temores por azúcares o grasas en la gente que vive en estos parajes. Las comidas son a base de caldos, carnes, harinas, leche de sus propio animales y los vegetales y las frutas brillan por su ausencia.

 

 

Dándole batalla a la publicidad y al consumismo de nuestros tiempos, los habitantes de estas tierras mantienen el estilo de vida nómada tal como la de sus antepasados. No son dueños de la tierra en la que viven y no parece que tengan necesidad de serlo. El problema habitacional lo resuelven con las yurtas o gers ,pequeñas viviendas con estructuras de madera y unas cubiertas de cuero o gruesas telas, fáciles de desarmar, transportar y muy resistentes al frío. Se mudan dos o tres veces al año adaptándose a las condiciones climáticas en beneficio de sus animales. Como cada persona es un mundo, trabajar toda una vida para tener una casa propia puede ser, para algunos, un destino romántico que un nómade del desierto nunca podría comprender…

Nada queda del terrorífico Imperio Mongol fundado en el siglo XIII por Gengis Kan, a excepción de los museos y las incontables esculturas y parques que homenajean al líder, quién fue capaz de reunir a todos los nómades y consagrar al imperio más extenso de todos los tiempos. Hoy Mongolia aparece como el país menos densamente poblado del mundo y más de un tercio de sus nativos son nómades que sobreviven con el pastoreo. La mitad de su población vive concentrada en la capital del país, Ulán-Bator , una de las urbes con más polución en el mundo, infestada de coches, edificios grises estilo soviético y yuyales en los parques públicos que aterrarían a nuestros profesionales de la queja y la insatisfacción …

En Gobi el cielo de los atardeceres se  vuelve anaranjado y observarlo desde la cima de las dunas de arena produce un placer que es definitivo. Converso mirando el horizonte con el joven compatriota y me dice que tiene suerte de tener un padre argentino. “Por qué?”, le pregunto. “Porque está fascinado con mi exótica aventura por la lejana Mongolia”. Y agrega:“Seguramente si la hiciera por Argentina, que definitivamente es mucho más linda, pensaría que más que aventurero su hijo le ha salido vago”.

 

 

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