Por el Delta del Mekong

Al final de su trayecto el río Mekong se convierte en un delta de aguas marrones como las que lleva el Paraná o el Uruguay. Grandes y pequeñas embarcaciones lo navegan, construidas con chapas que ya no brillan o maderas que crujen desvencijadas. Barcas descoloridas olvidadas en el tiempo, que poco tienen que ver con el ajetreado mundo moderno. Los camalotes flotan siguiendo el cauce y parecen brotes que asoman en la tierra de un huerto. La vegetación de alrededor es frondosa y variopinta, poblada de palmeras, bananos y cocoteros. Los extensos arrozales de color verde intenso parecen alfombras que se pierden en el horizonte…

Por Martín Davico

Con casco y portaequipajes por fin he comprado mi moto, ese objeto de deseo con el que soñé cuando era un adolescente en los años ’90. Es un scooter semiautomático de segunda mano, fabricado en Taiwán, me costó 275 dólares americanos y decidí, esquivando las tendencias, no ponerle nombre. El hombre que me la vendió, sabedor de mis escasos conocimientos en mecánica, me dijo hábilmente: “La moto está muy bien, no deberías tener problemas, pero yo no puedo prever el futuro”.

Mi primera salida desde Ciudad Ho Chi Minh, antes llamada Saigón, es a los túneles de Cu Chi. Se trata de un laberíntico sistema de túneles de más de 200 kilómetros de largo y de hasta tres pisos de profundidad. Guaridas donde se ocultaron los rebeldes en la guerra contra Francia, cuando Vietnam luchaba por su independencia, y años después contra los Estados Unidos, en ese macabro intento de los americanos por frenar el avance del comunismo. Una tapa de madera de 30 x 30 centímetros se esconde bajo las hojas secas que han caído de los árboles, es una puerta de entrada a estos estrechos pueblos subterráneos.

Atravieso salones de reuniones, dormitorios, quirófanos para atender heridos, cocinas y comedores. Hay todo un mundo de pasadizos secretos sembrados de trampas que más que para derrotar al enemigo sirvieron para amedrentarlo psicológicamente.

Ya metido en el Delta del Mekong, al sur del país, voy a mi primer destino que es la ciudad de My Tho. Me alojo en un hostal donde entablo una cierta amistad con la familia que lo administra. Por la noche me invitan a cenar. El padre, de 60 años, me cuenta que pasó su infancia en la guerra y que luego lo mandaron a pelear a Camboya. “He visto muchas cosas” dice. Bebemos la clásica cerveza Tíger y charlamos a través del traductor del teléfono. Me pregunta si en Argentina la gente es muy diferente a la de Vietnam.

“Tengo la sensación de que somos demasiado parecidos, los deseos más importantes parecen ser los mismos en todas partes” le digo.

Y agrego lo que una vez le escuché decir a un hombre que sabía mucho: “Todo lo que nos diferencia es puro folclore”. Para contestarme, el hombre le habla al traductor del teléfono que dice: “En eso estamos de acuerdo”.
En la sala de estar del albergue hay un busto de Ho Chi Minh, el líder de masas que guió e inspiró a los vietnamitas para derrotar a los franceses y a los americanos. El hombre trae un plato con mangostanes y rambutanes y me los ofrece amablemente: “Prueba, aquí tenemos buena fruta”. Hay un planisferio colgado en la pared. “Soy comunista” dice sonriendo, señala donde está Venezuela y luego levanta el pulgar.

Es de noche y me siento a cenar una sopa en un restaurante callejero. Tres jóvenes que están terminando su cena en la mesa de al lado me saludan. Apenas podemos entendernos para intercambiar alguna palabra. Cuando se están marchando me advierten que ya pagaron mi cuenta. Nunca antes me habían visto y seguramente sea ésta la última vez. Apenas tendrán 20 años y me dan una lección de hospitalidad. Hay un tipo de personas (muchas han vivido toda su vida en la pobreza) que no han pasado por las universidades ni por el mundo de los libros. Pero tienen un estilo, una sabiduría y una elegancia natural, que pareciera que la cultura les corre por la sangre…

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