En Vietnam, casi llegando a China

Está comenzando el tiempo de la cosecha de arroz y los campos cambian del verde intenso hacia el amarillo pajizo. Viajo por el norte de Vietnam y estoy llegando a las cataratas de Ban Gioc, ubicadas justo en la frontera con China. En el lugar, un cartel informativo dice que estas cataratas fronterizas son, después de las Cataratas de Iguazú, de las del Niagara y de las Cataratas Victoria, las más grandes del mundo. A cincuenta metros, al otro lado de la orilla comienza China.

Por Martín Davico


Me meto al agua y nado entre una bruma que refresca el aire y revitaliza el ánimo. Un grupo de vietnamitas se divierten en el agua al lado mío. No son ningunos niños y comienzan a pedirme para sacarse fotos conmigo. No saben ni mi nombre, pero me abrazan sonriendo simulando confianza y amistad ¿Qué explicarán cuando muestren esas fotos a alguien? Todavía no llego a saber que los mueve con tanta avidez a hacerse fotos con los extranjeros .

Hago en moto el ‘Loop de Ha Giang’, una famosa vuelta que comienza y termina en esa ciudad. El paisaje es montañoso y lleno de valles. Las laderas de las montañas han sido labradas en forma de escalera y están cubiertas de plantas de arroz. Las vistas panorámicas son de tal belleza que me veo obligado a ir parando para sacar fotos. Fotografías que nunca llegan a hacerle justicia a estos lugares, pero que sirven como consuelo ante la zozobra de poder olvidarlos.

Voy a Lung Cú, el distrito más al norte del país, una especie de ‘La Quiaca de Vietnam’ que también hace frontera con China. Subo a un mirador donde ondea una enorme bandera vietnamita, roja con una estrella amarilla en el centro. El campo visual se ve interrumpido por las primeras montañas de China. Unos vietnamitas oriundos de Ciudad Ho Chi Minh me piden si no les puedo hacer una fotografía. Luego me preguntan: “¿Podemos hacernos una foto contigo?” .

Voy por la ruta atravesando aldeas donde viven grupos étnicos minoritarios. Gente con rasgos particulares y piel más oscura, vestida con ropas coloridas muy al estilo de lo que se ve por Salta o por Jujuy . Por esta zona las mujeres trabajan a la par de los hombres. Se las ve con palas arreglando caminos, trepadas en los árboles cortando ramas a machetazo limpio, arriando cabras o búfalos, transportando en sus espaldas enormes fajos de leña, manejando tractores o poniendo a secar al sol el arroz recién cosechado.

Es muy difícil captar lo que realmente sucede, pero puedo ver que son gente muy activa, con una notoria cultura del trabajo a pesar de la pobreza que todavía los castiga. Una sociedad mucho más equitativa, sin las grandes desigualdades sociales tan típicas en los países latinoamericanos.

Mientras voy entre los arrozales y veo a todas esas mujeres trabajando en los campos, recuerdo lo que un español, ya mayor, me dijo una vez cuando yo vivía en Barcelona: “Te daré un buen consejo: vete de la ciudad, aquí todo el mundo está muy interesado en salir de compras y estar pendiente de lo último que se lleva, todos estamos aturdidos por el exceso de información y hartos de los incompetentes que nos gobiernan” y seguía “vete a vivir a la montaña, encuentra a una mujer que quiera irse contigo, una pastora, una mujer que ame trabajar la tierra. Aléjate de todo esto. Tú sé tú. Aquí casi nadie sabe realmente quién demonios es”.


Pero lo mejor de Vietnam son los niños. Es notable la cantidad que se ven por las calles. Parece que salen de abajo de las piedras. Hay por todas partes y son hermosos. Se acercan a saludarme sin prejuicios y algunos me abrazan.

Yo saco mi tablet y les muestro unos dibujos animados que explican por qué hay que cepillarse los dientes. Tengo una bolsa con cepillos que les voy regalando y ellos aceptan con alegría.

Su numerosa presencia revela que la gente en este país no pierde las horas mirando interminables series de Netflix. Aquí la gente se entretiene de otra manera…

¡Que gratificante es un poco de vagabundeo por el mundo! Uno se da cuenta de que no es necesario tener tanta ropa ni tantos zapatos ni andar comprando cosas innecesarias. La vida deja de ser una rutina e incluso uno nunca está del todo seguro de en qué día vive. El estado de ánimo no queda supeditado a la maléfica alarma del despertador de los lunes, a la melancolía que despiertan los domingos por la tarde, ni a la esperanza que traen los viernes cuando finaliza la jornada laboral.

Cuando yo era niño siempre pasaba por mi casa una suerte de vagabundo que iba con una carretilla llena de cacharros y rodeado de perros que lo seguían a todas partes. Nos parecía que representaba el fracaso en una sociedad donde el éxito material era uno de los baremos principales para medir la realización de una persona. Además los niños le teníamos cierto miedo, su aspecto nos representaba algo peligroso. Hoy, más de 30 años después, me hubiese gustado saber su opinión sobre lo que significaba para él ser ‘un ganador’, ser ‘un perdedor’ o de calificativos por el estilo que, sin tener ni pies ni cabeza, se suelen escuchar por todas partes.

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