Entierro de carnaval. Atributos de un culto milenario

Tarea ímproba resulta rastrear los orígenes del carnaval. Es tan antiguo como la humanidad. Es una expresión comunitaria de algarabía in crescendo que roza o se mete de lleno en el descontrol a causa de una alienación colectiva. Esta alienación es un entusiasmo contagioso que permite al inconsciente apoderarse del raciocinio y provocar conductas que en períodos profanos causarían espanto.

Por Marta Ledri – Escritora y profesora en Letras.

 

El carnaval es un tiempo religioso, pagano, protegido por las divinidades de la fertilidad. El carnaval es muerte y resurrección, es el surco que alojó la semilla y se abre en el brote redentor. Es la esperanza grupal del alimento en la espiga que aparece, es la simbolización del vientre de la ballena, es Orfeo, es Dionisos, es Baco, Perséfone o Momo, también Jesucristo.

A través de los milenios el espíritu carnavalesco ha ido mutando sus formas pero no su esencia. Durante el medioevo era un permiso otorgado por la Iglesia antes de entrar en las carnes tolendas (Del latín caro, carnis: carne, y el gerundio tollendus, (de tollĕre), que se ha de quitar o retirar). La carnalidad entendida bajo todos sus aspectos, no solo alimenticio sino también a la abstinencia y ayuno a prácticas sexuales se iniciaba con el miércoles de cenizas y duraba hasta la Pascua de Resurrección. Cuarenta días de expiación, de limpieza, de catarsis para quitar los excesos tóxicos del cuerpo y del alma que había dejado el carnaval.

Cuando el carnaval llegaba a su fin había que sepultar al dios que regresaría al año siguiente. En un principio fue Dionisos, dios andrógino, adolescente, pelirrojo, foráneo cuyo culto se entroniza en la antigua Grecia y que proviene posiblemente de la India. Este dios adoptado luego por los Olímpicos lo hace nacer de Zeus y Sémele. Termina de gestarlo su padre en el muslo. De ahí su nombre “el hijo de la puerta doble”. Dionisos es muerto y llega al Hades allí Gea lo resucita y contracorriente recorre la laguna Estigia para volver a la vida. Se entiende por este núcleo narrativo que los primeros cristianos hayan encubierto el nombre de Jesucristo en Dionisos para celebrar su culto prohibido por el Imperio.

Este dios creador, propiciador de la expresión reprimida era seguido por las ménades, un cortejo de mujeres creyentes que llegaban al paroxismo cuando se producía la hierofanía.

La cultura griega absorbida por los romanos fue degradada y así Dionisos devino en Baco y a sus celebraciones se las denominaron bacanales. Burdas prácticas donde la festividad se centraba en el vino y la sexualidad. Los romanos no entendieron que Dionisos era mucho más que un dios embriagador. Dionisos era el regocijo artístico, la ansiedad por plasmar en la materia la urgencia creadora…

Las saturnalias romanas son teatralizaciones que beben del espíritu carnavalesco y la comedia y las procesiones fálicas lo van despojando del sentido profundo del carnaval dionisíaco. Entonces aparece la parodia, la exageración explícita de algún rasgo de un personaje poderoso, de alguna costumbre o prejuicio social, que se intenta sub-vertir, destronar. Es la contra cultura a la impuesta por lo oficial. Es un desafío. ¿Hay instrumento más fuerte para perder el respeto que la risa?

La risa o carcajada se busca entre los espectadores que pasan a ser protagonistas. ¿Cómo causar risa? Máscaras, disfraces, flatos, palabras soeces, el mundo escatológico se da cita en estos carnavales báquicos donde el doble de Dionisos va transformándose en Momo. Y Momo, hijo de la noche, es la personificación del sarcasmo.

Lo cierto es que los carnavales populares siguen vistiéndose de antifaces, mascaritos, serpentinas, chorritos de agua, cornetazos inesperados en el oído, agresiones verbales, manos atrevidas que buscan tocar a una mujer bella, espuma, papel picado, martillos con su fuelle aturdidor, chifles. Variantes de las épocas que perpetúan los ruidos que bloquean el pensamiento. En carnaval está prohibido pensar. Carnaval es olvidar nuestra finitud y consustanciarnos con su dios.

 

Ay, no hay que llorar, que la vida es un carnaval,
es más bello vivir cantando.
Oh, oh, oh, Ay, no hay que llorar,
que la vida es un carnaval
y las penas se van cantando.

Canta Celia Cruz y logra decir en esta popular canción la esencia del carnaval que intenta abolir las desigualdades sociales, que intenta olvidar el hambre y la enfermedad, que intenta olvidar a los marginados. Por eso hay una reina sin reino.

Lo burdo, lo sarcástico, la risa que encubre el llanto llega a su auge en la noche del entierro del carnaval. Carrozas precarias, humildes materiales edifican sobre un chasis endeble una sala mortuoria. El muerto en el ataúd se levanta en cada esquina causando espanto en los niños- todavía hoy recuerdo cómo me paralizaba esa cara maquillada de blanco- , las lloronas que en una histeria sobreactuada gritan por el finado, las infaltables ramas verdes colgando desprolijas, el cura borracho que con un hiperbólico hisopo moja en una bacinilla u orinal y hace las aspersiones para rociar con un vino ordinario a todos los sufrientes. La escasa luz y la repetición de la escena con pocas variantes en un circuito son la despedida de un tiempo festivo que volverá al año siguiente para abrir las puertas a un período de permisos que la vida reglada, estratificada, convenida, obediente al reloj no puede permitir.

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