Ernesto Sábato: existencialismo, psicoanálisis y literatura en su atormentado universo narrativo. A siete años de su fallecimiento.

No olvidaré nunca aquel 30 de abril de 2011 cuando desperté con la noticia de que había muerto Ernesto Sábato. Faltaban pocos meses para el centenario de su natalicio y mi equipo preparaba un homenaje.

 

Por Marta Ledri, Lic.. en letras, escritora y crítica literaria.

 

Un escritor singular citado entre los más renombrados escritores del S. XX de la Argentina pero al mismo tiempo excluido, solo, taciturno. En el año 2009 había sido postulado para el premio Nobel y si bien no lo obtuvo fue un gran reconocimiento que hizo justicia contra tanta crítica adversa a su narrativa. Lo citaban junto a Borges, Bioy Casares, Cortázar, pero nunca perteneció a esa constelación, fue una luz más tenue, más bien una penumbra.

Refugiado en su selvática casa de Santos Lugares fue esperando la muerte sin temor. Había perdido un hijo y a su incondicional esposa Matilde. Los años lo volvieron ciego y cuando no pudo escribir trasladó su desgarrada temática a la pintura.

Lector de Dostoievski y de KafKa resulta fácil señalar las huellas que estos autores desdichados dejaron en él. “Siempre han estado conmigo” dijo en una declaración. No fue ajeno al psicoanálisis ni al movimiento existencialista y sus obras son un reflejo del oscuro sótano del hombre y de la angustia que padece por sentirse “arrojado al mundo”

 

“Me llamo Ernesto, porque cuando nací, el 24 de junio de 1911, día
del nacimiento de san Juan Bautista, acababa de morir el otro Ernesto,
al que, aun en su vejez, mi madre siguió llamando Ernestito, porque
murió siendo una criatura. “Aquel niño no era para este mundo”,
decía. Creo que nunca la vi llorar —tan estoica y valiente fue a lo largo
de su vida— pero, seguramente, lo haya hecho a solas. Y tenía noventa
años cuando mencionó, por última vez, con sus ojos humedecidos, al
remoto Ernestito. Lo que prueba que los años, las desdichas, las
desilusiones, lejos de facilitar el olvido, como se suele creer,
tristemente lo refuerzan.
Aquel nombre, aquella tumba, siempre tuvieron para mí algo de
nocturno, y tal vez haya sido la causa de mi existencia tan dificultosa,
al haber sido marcado por esa tragedia, ya que entonces estaba en el
vientre de mi madre;(…) Sabato, Ernesto, Antes del fin, 1998

 

Comencemos por analizar delicadamente este fragmento. Nace en la noche de San Juan, una noche de decapitación, donde la racionalidad cae bajo el filo del hacha y la emoción, los instintos y el inconsciente escapan para hacer alianzas oscuras. Hereda el nombre de un muerto, siente que es una réplica, o un usurpador, no se siente él mismo. Su apellido de origen italiano lo une a Saturno, dios sabático, dios de las saturnalias y bacanales que celebran a Dionisos y su locura creativa, locura alejada de las puras formas racionales de los artistas apolíneos.
En este fragmento hay dos adjetivos que son netamente propios de su prosa: remoto y nocturno. Basta releer su obra para confirmar lo aquí expresado.

Remoto: todo está distante del hombre. El amor, la comunicación con el otro, la esperanza, son meras posibilidades. Parado frente a su solitaria existencia, agobiado por el pesimismo de ser libre, sabe de antemano que la condición humana en vez de acercarse a lo deseado, se aleja. Remota es la infancia, único paraíso del hombre, primero y breve y al que se vuelva “a medida que nos acercamos a la muerte”. Infancia remota y triste la de Sábato. Un niño perseguido por pesadillas e inhibido, como Dostoievski y Kafka, ante la severa figura de su padre.

Nocturno: un bello adjetivo que califica cualquier sustancia para ensombrecerla. El mundo es oscuro. Un universo que se mueve por leyes físicas que él desdeñó y por otras que no comprende. Nocturno es el interior del hombre adonde con su humanismo intenta descender y destapar lo sepultado, lo que condiciona su triste presente. Hasta el sol es negro, nocturno, así lo expresa en la crónica del crimen el pintor de El túnel. La felicidad de estar pronto junto a María siempre está amenazada por las desdichas. Nocturnos los ciegos que el propio autor repele por viscosos y traslada esta obsesión a sus personajes.

“Un estremecimiento helado erizó mi piel apenas vi la mujer en el vano de la puerta. ¡Dios mío, nunca pude habituarme a ver sin estremecimiento la aparición de un ciego” Sobre Héroes y tumbas.

 

Para el siniestro personaje de la novela citada, Fernando Vidal Olmos, los ciegos constituyen una secta que domina el mundo. Son también un símbolo de la ceguera moral. Él mismo es un depravado incestuoso.
Hay otro ciego más conocido por los lectores de Sabato: Allende y como todos sus ciegos incomprensible y hermético: Allende, el esposo de María Iribarne a quien por celopatía mata el pintor Juan Pablo Castel.

“De pronto tuve la impresión de que alguien me observaba en silencio a mis espaldas. Me di vuelta y vi a un hombre en el extremo opuesto de la salita: era alto, flaco, tenía una hermosa cabeza. Sonreía mirando hacia donde yo estaba, pero en general, sin precisión. A pesar de que tenía los ojos abiertos, me di cuenta de que era ciego. Entonces me expliqué el tamaño anormal de los libros.
—¿Usted es Castel, no? —me dijo con cordialidad, extendiéndome la mano.
—Sí, señor Iribarne —respondí, entregándole mi mano con perplejidad, mientras pensaba
qué clase de vinculación familiar podía haber entre María y él.
Al mismo tiempo que me hacía señas de tomar asiento, sonrió con una ligera expresión
de ironía y agregó:
—No me llamo Iribarne y no me diga señor. Soy Allende, marido de María” (…) El Túnel

 

Si bien este personaje tiene poca importancia para la historia de la tóxica relación entre el pintor y María ha emitido una palabra que desvela a muchos lectores “insensato”.

“—¡ Usted es el imbécil! ¡ María era también mi amante y la amante de muchos otros!
Sentí un horrendo placer, mientras el ciego, de pie, parecía de piedra.
—¡Sí! —grité—. ¡Yo lo engañaba a usted y ella nos engañaba a todos! ¡Pero ahora ya no
podrá engañar a nadie! ¿Comprende? ¡A nadie! ¡A nadie!
—¡ Insensato! —aulló el ciego con una voz de fiera y corrió hacia mí con unas manos
que parecían garras.
Me hice a un lado y tropezó contra una mesita, cayéndose. Con increíble rapidez, se
incorporó y me persiguió por toda la sala, tropezando con sillas y muebles, mientras lloraba
con un llanto seco, sin lágrimas, y gritaba esa sola palabra: ¡insensato!
Escapé a la calle por la escalera, después de derribar al mucamo que quiso interponerse. Ibid.

 

Nocturnos fueron muchos años de su vida y cuando la oscuridad ya parecía irremediable y lo empujaba al suicidio brilló tenuemente la literatura y empezó su ascenso hacia la luz.
La madre:
Relevante papel el de las madres en los mundos ficcionales que construye Sábato. Vimos en la primera cita el amor y admiración por su propia madre. También dice:

“Con tal desesperación mi madre se había aferrado a mí para protegerme, sin desearlo, ya que su amor y su bondad eran infinitos, que acabó aislándome del mundo. Convertido en un niño solo y asustado, desde la ventana contemplaba el mundo de trompos y escondidas que me había sido vedado.
….. De alguna manera, nunca dejé de ser un niño solitario que se sintió abandonado, por lo que he vivido en una angustia semejante a la de Pessoa: seré siempre el que esperó que le abrieran la puerta, junto a un muro sin puerta”
….. Y así, de una u otra forma necesité compasión y cariño”. (p. 26). Op.cit

 

La madre es vientre, útero, sepultura, prisión, refugio. A través de ella mira al mundo. Son las ventanas sabatianas. El ojo al exterior que les permite a sus personajes saber que hay otros que viven felices pero ellos no pueden cruzar el umbral y comunicarse. Las madres son el túnel, el canal por el cual el niño transita con dolor y a empujones para salir a la vida. Un síndrome edípico a flor de piel. Sábato no nació, solo sustituyó al otro. La pintura de Castel se llama Maternidad y será la ventana, solo advertida por María, la que se abra para que entre la tragedia.
También están las madres cloacas. Las expulsivas y desamoradas que oscurecen el edén de la infancia. El niño una vez adulto buscará en las mujeres ese amor que siempre le faltó.

 

“—¿Y tu madre? –preguntó.
Martín se sentó y empezó a arrancar unas matitas de hierba. Encontró una piedrita y pareció estudiar su naturaleza, como un geólogo.
—¿No me oís?
—Sí.
—Te pregunté por tu madre.
—Mi madre —respondió Martín en voz baja— es una cloaca.
Alejandra se incorporó a medias, apoyándose sobre un codo y mirándolo con atención. Martín, sin dejar de examinar la piedrita, se mantenía en silencio, con las mandíbulas muy apretadas, pensando cloaca, madrecloaca. Y después agregó:
—Siempre fui un estorbo. Desde que nací.
Sentía como si gases venenosos y fétidos hubiesen sido inyectados en su alma, a miles de libras de presión. Su alma, hinchándose cada año más peligrosamente, no cabía ya en su cuerpo y amenazaba en cualquier momento lanzar la inmundicia a chorros por las grietas.
—Siempre grita: ¡Por qué me habré descuidado!”

Como si toda la basura de su madre la hubiese ido acumulando en su alma, a presión, pensaba, mientras Alejandra lo miraba, acodada sobre un costado. Y palabras como feto, baño, cremas, vientre, aborto, flotaban en su mente, en la mente de Martín, como residuos pegajosos y nauseabundos sobre aguas estancadas y podridas. Op.cit.

 

He aquí un banquete para el psicoanálisis. Martín del Castillo y Juan Pablo Castel, ambos llevan en sus apellidos la marca de la madre porque el castillo, a pesar de connotar guerreros y virilidad es la casa- la madre, la mujer llevada a su máxima expresión. Por eso en El Túnel, Castel sabe que está siendo injusto con María y el inconsciente le manda el mensaje a través de uno de los cuatro sueños llenos de espanto que narra en la novela “tuve una pesadilla en las que caminaba por los techos de una catedral”. La mancilla, la pisotea, la degrada. Va por los techos en lugar de refugiarse en ella.
Madres como la de Alejandra, ausentes, siempre buscadas, secretas.

“Georgina me pareció siempre como esas casas que suele haber en un algún barrio apartado, casi permanentemente cerradas y silenciosas” ibid.

Si bien la fama le llegó con estos territorios azufrados, el autor supo reconciliarse con él mismo y con el otro, tal vez con Dios. Se comprometió con su patria y depositó la esperanza en los jóvenes a quienes les escribió:

“Solo quienes sean capaces de encarnar la utopía serán aptos para el combate decisivo, el de recuperar cuanto de humanidad hayamos perdidos”

Palabras finales en las que les aconseja convertirse en Quijotes y salir con una esperanza demencial a cambiar el mundo. Nadie debe quedar atrapado en un túnel solitario y oscuro.

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