Eulalia Ares, la primera mujer en gobernar una provincia argentina

Es curioso como uno, por mucho que lo intente, nunca terminará de conocer toda la historia de su país. Tal es el caso, que hasta el día de hoy sucesos en nuestra línea de tiempo como estado, que es relativamente corta a comparación con otras, todavía nos pueden sorprender de un modo indescriptible.


Por Felipe Galli, estudiante de Ciencia Política

Se trata de sucesos que, ya sea por omisión deliberada de “los de arriba” o poco interés de “los del medio” y “los de abajo” (o una triste mezcla de ambas), son completamente desconocidos, a veces para una gran mayoría, y a veces para casi todos. No quiero ni imaginarme cómo se encontraría, ante esta situación, un chino, o un francés, o cualquier persona originaria de un país con historias que miden el triple, el cuádruple, incluso diez veces la longitud de la Argentina.

Lamentablemente, esto le pasa a muchas personas, y existen sucesos que, de darse una revisión adecuada de los mismos, tendrían que estar grabados a fuego en nuestros grandes libros de historia pero, por alguna razón, no se habla de ellos. Y lo que procederé a contar es, tristemente, un reflejo de esta situación.

Si buscamos en Google quién fue la primera gobernadora mujer de la historia argentina, el resultado será mixto, ya que el término tiene muchas especificaciones.

Inicialmente, salta Fabiana Ríos, la gobernadora de Tierra del Fuego entre 2007 y 2011, que fue la primera en resultar electa para el cargo. Todavía estamos bastante lejos de acertar si lo que buscamos es a la primera mujer en haber ejercido, de cualquier modo, la jefatura ejecutiva de una provincia argentina. Pero Ríos sí fue, en efecto, la primera mujer en ser elegida por el pueblo de su provincia directamente para el cargo, siendo también la primera mujer en ser reelegida para un cargo ejecutivo (en 2011), y la primera en entregar al mando a otra mujer, la kirchnerista Rosana Bertone, en 2015. Los fueguinos preservarán sus hitos electorales por al menos otro mandato más pues, aunque perdió la reelección que buscó infructuosamente en junio, Bertone será sucedida en diciembre de este año por el primer gobernador abiertamente homosexual de nuestra historia, el radical disidente Gustavo Melella.

Raspando para atrás, la primera mujer en gobernar una provincia estrictamente bajo el cargo de “Gobernadora” fue la peronista María Alica Lemme, vicegobernadora de San Luis, luego de que Adolfo Rodríguez Saá renunciara el 23 de diciembre de 2001 para asumir, de forma interina, la presidencia del país (cargo al que también renunciaría una semana más tarde en medio del caos económico y político de entonces). Lemme gobernó hasta el final del mandato de su predecesor en diciembre de 2003.

Yéndonos un poco más para atrás aún, existen dos figuras que lideraron en modo interino provincias argentinas. Tierra del Fuego conservaría el récord si se tiene en cuenta a Matilde Menéndez, quien gobernó por casi un año el entonces territorio nacional como interventora designada por el presidente Menem en 1991 hasta que celebró sus primeras elecciones gubernativas, que conviriteron a la isla en nuestra provincia más joven. Se suele citar también a la ex presidenta Cristina Fernández de Kirchner que, como vicepresidenta de la Legislatura de Santa Cruz, encabezó por un día la susodicha provincia en febrero de 1990 en ausencia del gobernador, Jaime del Val, y del vicegobernador, Ramón Granero. La primera mujer en integrar una fórmula ejecutiva fue la radical Elva Roulet, en 1983, acompañando como vicegobernadora a Alejandro Arméndariz, aunque no consta que se hayan producido ausencias que determinaran que ella encabezara el ejecutivo.

Sin embargo, lo cierto es que ninguna de las mujeres anteriormente mencionadas se puede quedar con el título de “la primera gobernadora”. Y es pues, aquí, donde llegamos al hecho histórico que llegó a mí hace un par de semanas y que me dejó impactado.

Encontrándonos en una época en la que el tema del feminismo, los derechos de las mujeres en todos los niveles de la sociedad, y demás aspectos se encuentran en boca de todos, resulta desesperanzador que muy pocas personas sepan quién fue Eulalia Ares.

No queriendo guardarme dicho conocimiento para mí, escribo esta nota sobre ella con la esperanza de que se difunda y la señora Ares, que gobernó la provincia de Catamarca por unas pocas horas en 1862, tenga algo del reconocimiento que se merece.

Eulalia Ares

Eulalia Ares


Nacida en la localidad de Ancasti, al sur de Catamarca, en 1809, Eulalia Ares sería retratada por los escasos escritos sobre ella como una mujer de mucho carácter, que se tuvo que hacer cargo de sus hermanas menores de muy joven por la muerte de sus padres, y se casó a los dieciocho años con el militar José Domingo Vildoza, diez años mayor que ella y que también ejerció, de manera breve, la gobernación catamarqueña.

Pero sin centrarnos demasiado en su biografía previa (que de igual forma, lamentablemente, es bastante breve por lo poco que se sabe sobre ella), vamos a pasar a relatar cómo fue que una mujer llegó a gobernar una provincia ochenta y cinco años antes de que se aprobara el voto femenino, y ciento treinta y nueve antes de que otra mujer llegara a ostentar el título de gobernadora.

Corría el mes de agosto del año 1862 (la fecha oficial de los sucesos es el 17 de agosto, con lo que hoy se cumplirían ciento cincuenta y siete años, pero otras fuentes ubican lo ocurrido una semana antes, el 10 de agosto).

Las largas y cruentas guerras civiles que afectaron a nuestro país desde su emancipación hasta entonces ya estaban llegando a su recta final (aunque la violencia continuaría siendo, durante más de un siglo, una trágica característica de nuestra historia política). En efecto, el norte argentino se encontraba en ese momento convulsionado por revueltas periódicas entre unitarios y federales, en el contexto de la llegada al poder del bonaerense Bartolomé Mitre, luego de una larga guerra entre la Confederación Argentina y la provincia de Buenos Aires.

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La Revolución de las mujeres

En ese entonces el voto no era secreto y el sistema electoral era indirecto para casi todos los cargos, por lo que el que tuviera el control político tendría los votos asegurados. En septiembre serían las elecciones presidenciales y Catamarca aportaba 10 de los 156 votos del Colegio Electoral. Mitre era el único candidato presidencial, así que la competencia fue entre los distintos caudillos provinciales para imponer al vicepresidente.

A fines de julio, en una elección provincial de importancia nacional, el candidato Ramón Rosa Correa había obtenido 15 votos contra 13 del gobernador incumbente Manuel Omill, que ejercía provisionalmente y buscaba mantenerse en el cargo. Mientras que Correa era apoyado por Manuel Taboada, uno de los candidatos a vicepresidente, Omill recibía el respaldo de los aliados de otro candidato, Domingo Faustino Sarmiento (al final, de todas formas, ninguno de los dos ganaría).

Omill, desde el poder ejecutivo que no lo había ayudado a vencer a Correa, vetó la sanción del resultado en la legislatura y anuló los comicios. A pesar de las protestas encendidas y el pedido de una intervención federal, parecía que nadie iba a hacer nada con respecto a la situación catamarqueña. Incluso los partidarios de Correa preferían mantenerse serenos.

Ante esta situación, Eulalia Ares, que apoyaba a Correa y se refería a sus partidarios inactivos despectivamente como “gallos de corral”, viajó a Santiago del Estero (provincia de la que Taboada era gobernador) para conseguir armas. A su regreso convocó a una reunión a varias amigas suyas, y planificaron juntas realizar un ataque a la casa de gobierno para restaurar el orden constitucional. Dicho evento pasaría a la historia como la “Revolución de las Mujeres”.

En la madrugada del 17 de agosto, doña Eulalia Ares, apoyada por otras veintidós mujeres, se vistieron con ropas de hombres y tomaron por asalto el cuartel del Cabildo de la capital provincial, sorprendiendo a la guardia dormida. Acompañadas por algunos oficiales que se les unieron, se dirigieron a la casa del gobernador. Una vez allí, la señora Ares amenazó a punta de pistola al gobernador y le ordenó entregarse sin oponer resistencia. Se desató entonces un tiroteo entre el grupo de mujeres y los guardias del gobierno. Durante la confusión, Omill aprovechó para escapar corriendo (medio desnudo) a un convento cercano, donde los monjes le dieron un hábito para disfrazarse y un caballo, con el cual huyó de la provincia rumbo a Tucumán.

Una vez logró tomar el control de la casa de gobierno y mientras esperaba a que su marido llegara con nuevas tropas, doña Eulalia dispuso medidas para defender la casa de gobierno, además de ordenar la detención del gobernador fugado y convocar a una reunión del Cabildo, que horas más tarde, se encargó de presidir.


Durante las horas siguientes, en las cuales ejerció de hecho la gobernación, ordenó que se celebrara el triunfo de la revolución contra Omill, que se distribuyeran limosnas a los pobres y, finalmente, organizó un plebiscito improvisado al día siguiente, en el que se entregó la gobernación a Pedro Cano hasta que el mandatario previamente electo, Correa, pudiera retornar a la provincia y asumir la gobernación, lo que finalmente pudo hacer a fin de mes. Si bien fue derrocado y Omill volvería a ser una figura extremadamente poderosa en Catamarca hasta su muerte en 1872, nada podrá borrar el hecho histórico de su increíble derrocamiento a manos de Eulalia Ares.

Así empezó y así terminó el corto “mandato” de quien hizo temblar a su provincia casi un siglo antes de que se le concediera a la mujer cualquier intervención política.

Recién en 1947, las mujeres obtendrían su derecho a voto, recién en 1951 conseguirían algún que otro cargo menor, y recién a partir de la década del 2000 comenzarían a encontrarse más nombres femeninos en las listas de candidatos a cargos ejecutivos, como intendencias, gobernaciones, y la presidencia y vicepresidencia de la Nación.

En la propia Catamarca no fue hasta 2011, casi ciento cincuenta años más tarde, que otra mujer, Lucía Corpacci, se sentaría en el sillón del gobernador, esta vez electa por el voto popular.

El norte argentino es tristemente célebre para muchos ser considerada como la región más pobre y de menor calidad institucional de nuestro país: dos de las tres provincias que aún habilitan al gobernador a buscar la reelección indefinidamente, Catamarca y Formosa, se encuentran allí, y en otras provincias, como La Rioja, aunque existe un límite constitucional de dos mandatos, se dan continuos intentos para que el gobernador incumbente obtenga una “excepción a la regla” (afortunadamente, a Sergio Casas se le impidió este privilegio luego de un fallo desfavorable del poder judicial). Los sistemas electorales, principalmente para la designación de cargos legislativos, están diseñados específicamente par que el partido gobernante obtenga una mayoría abrumadora, reciba o no más de dos tercios de los votos, y pueda realizar reformas constitucionales casi a su antojo. Al hablar del norte, muchos de los que no somos de ahí, y me incluyo, solemos descartar gran parte de su rica historia, tan importante como la del resto del país.

Sin embargo, una carcaterística realmente trágica de nuestro norte es el casi absoluto déficit que padece en materia de documentación histórica. Si alguien participó activamente en la política de su provincia pero no llegó al máximo cargo (gobernador) es poco probable que su nombre sea recordado.

Sin ir ya al nombre, numerosas fechas relacionadas a los mismos gobernadores son muy difíciles de encontrar. Las actas de muchas elecciones realizadas en provincias que van desde La Rioja, hasta Corrientes, incluso aunque sean elecciones posteriores a la recuperación democrática en 1983, se han perdido hasta el punto de que es casi imposible encontrar los resultados, o los nombres de los candidatos que no hayan ganado. Aprovecho esta oportunidad para dar constancia de esto y que empecemos a buscar, a estudiar, a tratar de comprender que una parte de nuestra historia se ha perdido, se ha quemado, o se ha ocultado por siglos deliberadamente, y ahora tenemos que hacer todo lo posible por rescatar lo que haya sobrevivido, y Eulalia Ares es uno de esos trozos sobrevivientes.
Me encontré con la historia de esta mujer casi por casualidad, mientras investigaba la historia electoral provincial de nuestro país, y mi sorpresa al respecto fue tal que difícilmente otro descubrimiento sobre la historia argentina logre superarla. Sin embargo, mantendré al respecto mi mente abierta, porque curiosidades como esta historia le dejan a uno en claro que siempre, siempre, hay algo que no sabemos.

Espero que, si el nombre de doña Eulalia se llega a hacer más conocido, el feminismo le dé su justo lugar en la historia. Recomiendo a todas las mujeres que lean esto a que recuerden a doña Eulalia como una mujer que se levantó. Quizás si pudieramos hablar con esa mujer sobre sus motivos o sobre sus ideales podríamos no estar de acuerdo con ella. No importa absolutamente nada en su caso porque, en una época en la que la mujer no tenía derecho ni a respirar por sí misma, en una época donde “política” solo tenía de femenino el sustantivo, en un 1862 donde muchos hombres se acobardaron, esta señora se puso de pie por una convicción, fuera la que fuera, y la defendió, en estricto sentido literal, a muerte. En mi muy humilde opinión, con eso alcanza y sobra

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