Euriclea, la nodriza de Odiseo

¡Pero muchacho, estoy vieja pero lúcida! Las parcas cortan cerca pero todavía faltan muchos hilos antes que el mío, tantos que Hades se llenará.

 

Por Marta Ledri. Profesora en Letras

 

Aunque Palas te haya revestido de mendigo te reconocí al instante. Eumeo tardó más. Yo, como Argos, tengo olfato para el amo.

Conservé tu olor veinte años. No olvides que fui tu nodriza. Mis pezones entraban a tu boca desdentada como capullos rosas y tú hambriento me secabas. Tu madre me obligaba a comer para fortalecerme y que mi leche te hiciera crecer sano.

La última gota blanca quedaba en la comisura y recorría lenta el camino hacia el cuello al que yo secaba con un pañuelo de lino.

Agotado, te dormías en mis brazos. Yo te cantaba hazañas de los dioses y te encomendaba a Atenea. La lechuza llegaba a media noche y se paraba en el alféizar de la ventana, Blanca y con dos lunas amarillas en sus ojos.
Tu cuerpo adquirió fortaleza aunque tus piernas siempre fueron cortas. Cuando pudiste caminar me seguías hasta la cocina y te adormecías junto al calor del horno mientras jugabas con la leña apilada. De todas las cosas de la isla lo que más te gustaba era la madera. Tu primer juguete fue un caballo que talló un esclavo y se balanceaba sobre dos tirantes curvos. Tu ingenio para esconder objetos era sorprendente.

Un día desataste la nave de Laertes y quisiste conocer el lado de la noche. Las naves del ejército te encontraron tratando de probar frutos desconocidos.

Yo fui quien te consiguió las doncellas deseosas de acostarse con el príncipe heredero. Te fascinaba la caza y los lebreles. Dejaste el caballo de madera para montar un corcel brioso y veloz con el que te internabas en busca de jabalíes. Nunca quisiste matar un ciervo por temor a Artemis. El mar desde un peñasco en el que te sentabas a observarlo se embravecía. El multiforme Poseidón hacía demostraciones de su poder y tú en lugar de atemorizarte le arrojabas piedras.

La noche en que el jabalí más salvaje te hirió pasé la noche aplicándote emplastos de hierbas y bajé tu fiebre con agua dulce de la fuente principal. Honda y desgarrada tardó en cicatrizar. ¿Cómo ibas a creer que no te iba a reconocer antes de lavarte los pies? Mírame Odiseo, yo resistí. Ahora como tu perro puedo morir en paz. Mi niño, mi rey ha vuelto a casa.

About the author  ⁄ Infoner