Familias jóvenes y el miedo a tener hijos

¿Qué preocupaciones asaltan hoy a los padres que esperan la llegada de un hijo?

 

Por Verónica Toller

 

La lista es más corta de lo que podría creerse: los asusta la pobreza (techo, alimento, abrigo para el hijo que viene), la inseguridad (protegerlo de la violencia callejera, de las guerras y las drogas) y el futuro profesional (¿podrá este hijo crecer e ingresar a la universidad que elija, alcanzar la cima de su vocación? ¿Tendremos fondos para sus estudios?). Los tres indicadores aparecen al tope en los informes regionales sobre Desarrollo Humano y Seguridad Ciudadana elaborados por el Consejo Asesor del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD – BID, CEPAL, ONU)

Para algunos, estas preocupaciones llegan a dominarlo todo. De tal modo que optan por no tener hijos: “no podemos traer una criatura a sufrir en este caos –se dicen-. El verdadero acto de amor hoy es no tener hijos”.

Para otros, la cuestión de la estabilidad material puebla todo el horizonte, y optan por reducir al mínimo la descendencia, a la par que tenerla más allá de los 30 o 35 años: “un solo hijo y, antes, lograr el desarrollo laboral, económico y personal que se requiere”. Están los satisfechos: “no necesito hijos”.

Y para otros, finalmente, por más que sumen, dos más dos nunca será cuatro porque la ecuación en sus bolsillos siempre es menos uno: menos techo del necesario, menos futuro para sus hijos, menos educación, menos vacaciones, menos salud, menos abrigo, menos sueños. «El verdadero problema es la pobreza que hoy sufren las familias en el mundo y que amenaza esta institución. ¿Cómo podemos recomendar a los jóvenes que se casen si no tienen casa, ni siquiera la posibilidad de tener una casa, dadas las condiciones económicas actuales? ¿Cómo podemos recomendarles tener hijos cuando no hay posibilidad?», preguntó hace un par de años ante el seminario de Caritas Internationalis el cardenal Oscar Rodríguez Maradiaga, coordinador entonces del consejo de nueve prelados que ayudan al papa Francisco en la reforma de la Curia.

 

La familia, hoy, está amenazada. Por la pobreza, la falta de trabajo, los conflictos armados, la soledad y el abandono, la violencia, la inseguridad, la falta de esperanza, el machismo, la violencia de género, la desprotección, el egocentrismo, la indiferencia hacia la vida. Y las consecuencias son fuertes:

no casamiento (mejor, convivencia);

no hijos (uno, cuando mucho);

no familia.

La pregunta es: ¿han logrado estas soluciones liberarnos de la depresión, la tristeza, la desigualdad social, el hambre?

 

Invierno demográfico

 

Más pequeños y más solos. Así están los hogares europeos. En el viejo continente, 7 de cada 10 familias no tienen menores a cargo. España, Alemania, Grecia, Portugal, Hungría, Finlandia, Italia, entre otros, envejecen en un invierno demográfico que los gobiernos intentan revertir. Suecia ofrece 18 meses de licencia paternal y maternal ante la llegada de un hijo, y Luxemburgo paga 216 euros al mes. Las familias están “más rotas e insatisfechas”, dice el informe «Evolución de la familia en Europa» del Instituto de Política Familiar (IPF), presentado ante el Parlamento Europeo. Si el panorama sigue igual, las previsiones para 2050 son de un menor cada dos mayores. La falta de esperanza en la familia, en el amor duradero y en la posibilidad de ser felices multiplicando la vida incide decisivamente para llegar a esta realidad.

Pero no solo allá. En México, la tasa de natalidad fue en 2012 de 18,77% por mil, mientras que diez años atrás era de 23,11% (datos INEGI). En Argentina y también en México, el índice de fecundidad es de 2,2. La tasa de reposición necesaria es de 2.1 hijo por mujer en edad de ser madre. Hoy, de 185 países contabilizados, más de la mitad no llega a la tasa de reposición necesaria, según la División de Población del Departamento de Asuntos Económicos y Sociales de la ONU.

La contracara de esta realidad es que la esperanza de vida se alargó: en medio siglo, varios países lograron 17 años más, y su horizonte promete hasta 82,5 años.

Pero hay un cambio de paradigmas: la vida ha pasado a ser una cuestión individual, no un compromiso social. Los unos ya no se sienten responsables de la vida de los otros.

 

Violencia interior y exterior

 

Vivimos en un mundo desgarrado. La violencia tiene tantas caras como facetas de corrupción, el egoísmo, la muerte, la enajenación que producen las sustancias, el desinterés por la vida humana y el desprecio por el cuerpo y el alma del otro. Violencia que es un problema de salud pública y de seguridad, no una cuestión individual; es una cuestión de Estado y una agresión al espíritu. Y en el medio de todo, está la familia.

En el interior de esta, la violencia aparece como disolución del vínculo conyugal, divorcio, familias ensambladas y otras monoparentales, ancianos sin contención ni redes que son asumidos como una carga para el resto, maltrato a los enfermos y discapacitados, niños huérfanos de padres vivos, golpes, abuso emocional, chantaje económico de un cónyuge sobre el otro, menosprecio, soledad, falta de perdón, degradación psicológica, continua amenaza de abandono, reclusión en el hogar, responsabilizar siempre al otro por mis fracasos, humillación verbal…

Desde el exterior, llega otra violencia: económica, laboral, sexual, de discriminación, bulliyng, trata de personas, tráfico, desapariciones forzadas, explotación laboral, explotación sexual de la infancia, guerras, terrorismo, clasismo, racismo, migraciones forzadas, abuso estatal y policial, corrupción de quienes debieran protegerlas, individualismo social y económico, búsqueda de privilegios, tráfico de influencias, contaminación y deterioro del medio ambiente, crimen… Para colmo, los medios de comunicación muestran una imagen cotidiana que naturaliza la violencia y la hace ver como parte del horizonte inevitable.

Los latinoamericanos tenemos miedo. La mayor preocupación es la seguridad ciudadana (más que el empleo o la cuestión económica). Miedo a delitos cotidianos antes que al narcotráfico o a los crímenes de alto impacto. A asaltos en las calles, robo a casas o negocios, pandillerismo, ataques contra niños y mujeres. A la violencia ejercida por la policía e instituciones de gobierno. La tasa de homicidios es muy alta en Latinoamérica (15,4 cada 100 mil vs 7 cada 100 mil a nivel mundial). De las 50 ciudades más violentas del mundo, 41 son latinoamericanas (Fuente: ONUDD y Avina, Estudio sobre la violencia en América Latina. 2014).

Así, vivir en el miedo pasa a formar parte de los sentimientos cotidianos. En las familias, la violencia tanto externa como interna tiene consecuencias: inseguridad, deterioro de la autoestima, feminicidios, hijos huérfanos, padres sin hijos, hambre, alcohol, drogas, depresión, falta de motivación, imposibilidad de estudiar, pérdidas económicas, miedo constante, falta de oportunidades, amigos y trabajadores perdidos, familiares de víctimas sin consuelo, paralización, incapacidad de superar la violencia, ausentismo laboral y escolar.

 

 Hambre en la panza y en la mente

 

El primer derecho humano es el derecho a la vida, soporte de todos los demás derechos. Y no cualquier vida: salud es, para la OMS, el estado completo de bienestar físico y social que tiene una persona; sinónimo de dignidad, acceso al trabajo, vacaciones, autoestima, tiempo libre, transporte, estudios, alimento, vivienda, vestimenta. Salud física, social y emocional.

Tener hambre es todo lo contrario. Hambre de trabajo, de nutrición intelectual, de reconocimiento social, de participación política y comunitaria; hambre de risas y de cobijo y de esperanzas en el futuro.

Hablamos hoy de nuevos conceptos de familia. Bien común significa favorecer el futuro de los jóvenes para que puedan formar familias y para que puedan vivir con calidad de vida. Satisfacer el derecho al trabajo, a vivienda propia, agua potable, educación, tiempo libre, transporte, salud, vacaciones, tiempo de los niños con los padres…

De todas, las familias más vulnerables son las familias monoparentales, las numerosas, las que dependen de una persona que padece alguna discapacidad y las de los migrantes, dijo en marzo pasado en Buenos Aires la coordinadora del Programa de Familia de las Naciones Unidas, Renata Kaczmarska. Entre las graves paradojas modernas tenemos a grandes y potentes ciudades, urbes con barrios cerrados y shoppings rutilantes frente a familias sin techo y niños en situación de calle.

La pobreza infantil es un asunto global, no solo del Tercer Mundo. En una revisión del bienestar infantil en los 35 países industrializados, UNICEF concluye que unos 30 millones de menores crecen inmersos en la pobreza.

Detalle interesante: los niños que viven solo con su madre tienen 5 veces más posibilidades de mantenerse en la pobreza que los que viven con padres casados. “El matrimonio sigue siendo la gran arma contra la pobreza en ese país, aunque siga disminuyendo”. Por eso, las Naciones Unidas recomiendan a los estados miembros programas orientados a la familia, y critican que “las políticas sobre la familia con demasiada frecuencia siguen estando orientados hacia los niños y/o las mujeres individualmente y hacen caso omiso de la unidad familiar como tal”. Y sugiere políticas y programas que promuevan el bienestar de las familias y de cada uno de sus miembros, incluida la educación, la relación de pareja, el apoyo económico, el empoderamiento de las mujeres, la conciliación de la vida laboral y familiar y la crianza y el desarrollo del niño, y facilitar la atención y el apoyo intergeneracionales, así como la reforma jurídica y la revisión del derecho de familia.

 

El acecho de la tristeza

 

¿Generosidad? ¿Entrega? ¿Paciencia, perdón, ilusión de futuro, fidelidad, amor para toda la vida? Hablar de estos valores a un joven o a un adolescente, hoy, es asumir el riesgo del descrédito. “Viejo…, eso no existe, el mundo actual es otro”, escucharemos. Viven el inmediatismo del “me gusta”, no compatible con el compromiso a largo plazo y las empresas y aventuras que llenan el alma de pasión por la vida.

Amores y valores “líquidos”, al decir de Zygmunt Bauman. Prima un individualismo que ha conducido a las generaciones de sus padres  y los está llevando a ellos mismos (a los jóvenes) a la depresión, la ansiedad, la soledad, el abandono, la falta de esperanza. La primacía del hedonismo y de la cultura del descarte así como la experiencia de la fragilidad en las relaciones ha conducido a no creer. A la decepción. A sentirnos islas y no continentes.

El sexo se ha divorciado del amor. El amor, del compromiso, el matrimonio de tener hijos, y tener hijos de la responsabilidad de su cuidado. Así, llega el divorcio exprés, el ausentismo paternal y maternal, la consideración de los ancianos como peso y carga, el menosprecio, el consumismo, la ambición de tener por sobre la de ser, la cosificación del otro. Una mentalidad de mercado que pone precio a todo y a todos. Y pensar que ya lo había definido Kant: “las cosas tienen precio, mientras que las personas tienen dignidad, con un valor interior incomparable, incondicionado”.

Frente a esto, surge la necesidad de refugiarnos hacia adentro. Pero ello puede conducirnos a un mayor individualismo e indiferencia.

Los niños son clave de cambio. Tristemente, sufren las consecuencias de esta depresión existencial en que viven sus mayores, y experimentan la soledad, el abandono, la ausencia. Pero también… Están libres de pasado y tienen todo el futuro por delante. Se sorprenden, buscan, apuestan a la creatividad y les bastan cuatro palos y un retazo de tela para inventar una tienda, un techo, una mansión encantada. Hoy, se impone la necesidad de conciliar el tiempo de trabajo con el tiempo familiar, favorecer el retorno del padre al hogar y el compromiso de la pareja por igual con las necesidades materiales y afectivas de los hijos.

Necesitamos pacificación, compartir. Cimentar una cultura de dignidad de la persona. “La oscuridad no puede expulsar a la oscuridad – decía Martin Luther King Jr-. Solo la luz puede hacerlo. El odio no puede expulsar al odio, solo el amor puede hacerlo”.

 

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