FRIGORÍFICO GUALEGUAYCHÚ. Relatos reveladores de sus años de esplendor

Generalmente, los artículos sobre la historia del Frigorífico Gualeguaychú comienzan con los detalles de su creación, destacándose que no se trató de un frigorífico inglés sino que nació de capitales argentinos, y concluyen con su cierre y la tristeza que eso provocó en la ciudad. Incluso, hasta hace no muchos años, también se solía destinar un párrafo a la esperanza de su reactivación. En esta oportunidad, con el recuerdo fresco de haberlo recorrido casi en su totalidad y de haber conversado con cuatro personas que trabajaron allí, en diferentes áreas y décadas, en INFONER optamos por comenzar por el ocaso y en el desarrollo hacer foco, a través de estos valiosos testimonios, en aquellos años de esplendor.

Por Sabina Melchiori



Según consta en “Introducción a la Historia del Frigorífico Gualeguaychú”, un trabajo de investigación de la profesora Nélida Veronesi, publicado en “Gualepedia” (sí, Gualeguaychú cuenta con una enciclopedia virtual), los países europeos, finalizado el periodo de posguerra, desarrollaron una política de autoabastecimiento con la creación de uniones comerciales, en las que se fomentaba fundamentalmente la producción de ganado, lo cual retrajo la demanda de nuestras carnes. Además, la gran inundación del año 1959 afectó la planta provocando su paralización y pérdidas millonarias. Se inundaron los sótanos de las cámaras frías y camaritas con una gran cantidad de productos que no pudieron ser sacados a tiempo. En aquel tiempo también se vio obstaculizada la producción por la huelga que durante un mes efectuaron los obreros de la carne.

En la década del 70 la situación continuó empeorando por falta de mercados, falta de actualización de la política exportadora y por desinteligencias de gremialistas y empresarios. El imperio económico mundial ya no daba espacios a las carnes argentinas. Tampoco había respuestas favorables de parte de las autoridades gubernamentales que permanecían indiferentes ante la delicada situación. Todas las puertas se cerraban, ya no había más créditos, lo que producía la cesación de pagos a los distintos proveedores, atraso en los sueldos y jornales del personal.
La última década de trabajo fue sumamente crítica y el frigorífico solo faenaba para consumo. A partir de 1986 no funcionó más y si bien fue arrendado a la empresa rusa «VIKTOR», la reactivación no se dio.

En 2005, por iniciativa del entonces vicegobernador de Entre Ríos y vecino de Gualeguaychú, Guillermo Guastavino, la Provincia compró el predio del ex Frigorífico que estaba por ser rematado y, años más tarde, mediante un proyecto de ley presentado por Juan José Bahillo, también gualeguaychuense, el Estado provincial le cedió al Municipio las 22 hectáreas del predio donde se encuentra el edificio.

A más de 30 años de su cierre todavía es posible encontrar entre los sucios pasillos cajas sin armar, etiquetas intactas y latas que no llegaron a usarse.

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UNA OBRA DE PIONEROS


La Sociedad de Abastecimiento Urbano Saladeril y Frigorífica de Gualeguaychú tuvo su origen en una convocatoria que hizo la sociedad Rural de Gualeguaychú el 29 de junio de 1923 con el objetivo de analizar la grave crisis ganadera y buscar soluciones. Dos años más tarde, el nombre de esa sociedad cambió al de Frigorífico Gualeguaychú S.A, dando origen a una obra de pioneros, de productores argentinos con capitales argentinos, que cambió la vida de toda una ciudad.

Hoy se lo puede ver, enorme y paralizado en la costa del río Gualeguaychú, donde finaliza la costanera sur. Lo rodea el barrio Pueblo Nuevo, que nació y creció a la par de la fábrica y donde todavía reside la mayoría de quienes fueron sus obreros.

UN GUÍA MUY ESPECIAL


En los últimos años, la Municipalidad empezó a utilizar parte del predio del ex frigorífico. Allí funcionan algunas cooperativas, se guardan las motocicletas y automóviles que son retenidos durante los controles por la Dirección de Tránsito, y en uno de los playones se toman los exámenes de manejo para otorgar la Licencia nacional de conducir.

Casualmente, allí trabaja Ricardo Denis, quien además fue uno de los últimos empleados de la fábrica. Recorrerla junto a él implica no solo un ejercicio de imaginación para ver pulcritud donde hay ruina, sino acompañarlo en la congoja.

El primer sitio adonde nos lleva es el área de menudencias, donde se procesaban las lenguas, los riñones, el mondongo… En medio de la oscuridad y valiéndose de una linterna, Ricardo señala unos caños que nacen en el piso superior y terminan a poco más de medio metro del suelo, donde antes había una mesa y una señora trabajando. “Ella lavaba lo que de allí caía y lo colocaba en un carro”, explica. Por un caño más grande caían las cabezas, que también se lavaban, se le sacaban las quijadas y, para sacar los sesos, se las colocaba en una máquina con una cuchilla que las partía. En ese sentido, Denis destaca:

“El frigorífico no tiraba nada, se usaban las pesuñas, las cerdas, los cueros, las grasas, e incluso la sangre, que servía de fertilizante”.



Allí dentro no es difícil perderse, pero Ricardo pareciera estar caminando en el pasado. Admite que recorrerlo le genera nostalgia… “nostalgia de haberlo visto trabajar y porque fue muy importante en mi vida, porque fue mi primer trabajo y porque fui tercera generación: primero trabajó mi abuelo y luego mi padre. Los dos se jubilaron acá, yo quedé truncado”.
Ya en otra dependencia, mucho más grande y luminosa que la de menudencias y detenidos justo donde era su puesto de trabajo, cuenta que su tarea era hacer “la despanzada”, y detalla:

“Tenía que tener cierta velocidad y dar los tajos justos al ritmo que te lo imponía la noria. Tenía 30 segundos para voltear el mondongo y si lo hacía en 40 venía el capataz y me preguntaba qué estaba pasando, porque uno que demoraba, demoraba toda la producción”.

Ricardo siente orgullo por el frigorífico donde trabajó, asegura que fue un frigorífico modelo que nunca bajó su calidad y que todo lo que allí se producía era aprobado por el mercado europeo: “Controlaban hasta el agua con la que se lavaban los animales”.

Antes de retirarnos le preguntamos si se acuerda de la técnica que usaba para despanzar y si hoy sería capaz de hacerlo si le dieran las herramientas, a lo que visiblemente emocionado respondió: “No tendría la velocidad que tenía a mis 28 años, pero lo sabría hacer”.

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LAS OBRERAS

“El trabajo de la mujer en la vida industrial era una característica de la sociedad moderna y su bienestar no quedaba cubierto con salarios ni jornadas mínimas sino que requería una serie de cuidados que la empresa siempre les prodigó. La acción social femenina se ocupa desde la maternidad con atenciones y tratamientos médicos para la mujer embarazada; la dietista que programaba las alimentaciones correspondientes desarrollando una atención personalizada en cada caso y circunstancia; contando con una cocina magníficamente instalada donde se impartían las enseñanzas del arte culinario. En los momentos de descanso el personal femenino se entregaba a diversos esparcimientos y se creaba un clima de franca camaradería.

La acción social femenina estaba ubicada en el pabellón más moderno del establecimiento constituyendo un departamento independizado que incluía, además de la cocina, vestuarios, baños, facilidades sanitarias, comedor, salas de descanso y de lectura, un aula, un lavadero con comodidades para planchar y secar y la oficina de la directora del departamento. Era un ambiente decorado con sobriedad y buen gusto iluminado a través de grandes ventanales. Contaba con una biblioteca dotada de excelentes libros y numerosas revistas; juegos sencillos para los ratos de esparcimiento, una discoteca que además de permitir escuchar música cumplía con una función educativa”, detalla la profesora Nélida Veronesi en el informe antes mencionado.

Prudencia Timotea, alias Estela, quien fue primero trabajadora del departamento de Menudencias y más tarde de Acción Social Femenina, lo recuerda muy bien:


“Había maestras, se enseñaba cocina, los chicos que iban a la escuela de tarde venían a hacer la tarea de mañana y se les daba el desayuno, y los que iban a la escuela de mañana iban a la tarde y merendaban. La cocina era hermosa y tenía todas las comodidades, todo, los cubiertos, pocillos, los manteles…”



Sentada en el pequeño living de su casa del barrio de Pueblo Nuevo, Prudencia mira hacia el pasado y cuenta que los salones del área de Acción Social Femenina “tenían espejos, muchos y grandes, y yo tenía que limpiarlos, por eso, cuando volvía a mi casa le decía a las visitas que las autorizaba a criticarme por la suciedad de mis espejos porque era lo que menos quería hacer”, y se ríe.

Ella entró a trabajar en el Frigorífico Gualeguaychú a sus 17 años, a la sección de Menudencias. Allí tenía que recibir (por los caños que nos mostró Ricardo) los páncreas de los animales: “Tenía que limpiarlo bien limpito, eso iba al extranjero para hacer remedios. También estaban las entrañas, riñones y la cabeza donde trabajaban los hombres”.

Respecto de la ropa que usaban, Prudencia cuenta que tenían un guardapolvo blanco o delantal, que los primeros años el calzado que usaban era propio “pero el peronismo hizo valer las leyes y empezamos a usar botas blancas. La que quería se ponía pantalón y chaqueta, y a la que no le gustaba se quedaba con el guardapolvo y las botas”.

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DEPORTES

En la misma fábrica, tanto los trabajadores como las trabajadoras, realizaban diferentes tipos de actividades deportivas y recreativas como teatro, esgrima de bastón, gimnasia rítmica, fútbol, bochas y básquet. “A las 6 de la tarde había que hacer gimnasia”, recuerda Prudencia Timotea, y agrega que a ella le encantaba, al igual que las fiestas donde bailaba el pericón.

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EL AMOR… PUERTAS AFUERA


Prudencia conoció a quien años más tarde se convertiría en su marido, en el frigorífico: “Ni bien entré lo elegí”, pero tanto puertas adentro como en inmediaciones al ingreso a la fábrica, no podían estar juntos.

“Cuando me quería decir algo me mandaba esquelitas con alguna de las chicas. Pero ni dos cuadras a la redonda podías ir con tu novio, eso era ley. A la hora del té estábamos totalmente lejos, las mujeres por un lado y los hombres por otro”.

Trabajadoras a la hora del té

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LOS OSOS POLARES


El departamento de cámara fría era un departamento especial, quienes trabajaban allí –todos hombres- pasaban horas a 26, 28 y hasta 30 grados bajo cero. Así lo afirma Ubaldo Pereyra, también vecino de Pueblo Nuevo, también un enamorado de aquel frigorífico que tanto orgullo despertó.

“Una vez que entrábamos, las puertas se cerraban y adentro era un mundo aparte, porque estábamos a 26, 28, 30 grados bajo cero, veías estrellitas que caían. Usábamos tres pares de media y bolsas de arpillera. Nos daban todo ahí salvo los pantalones (que también usábamos más de uno), pero lo más llamativo era que estabas trabajando y de repente sentías un fastidio y era el pelo duro, congelado ¡y los que tenían bigotes le quedaban blancos! Aleteábamos como las gallinas para sacarnos el frío”.



Ubaldo, gran memorioso y excelente narrador, cuenta que entrar a trabajar en el Frigorífico era asegurarse el porvenir. Será por eso quizás que recuerda la fecha en la que se convirtió en empleado de ese lugar: 23 de diciembre de 1963. Ingresó al departamento de cámara fría y ese fue su puesto durante 30 años… hasta que la fábrica cerró.

Ese sector era un departamento con tres sesiones, la de cámara de matanza, por donde ingresaban las medias reces de la playa y se separaban por categoría (vaca, novillo y grupo de carne) en distintos rieles. La otra sesión era “camaritas”, sitio donde se trabajaba con la menudencia congelada, allí se embolsaban y preparaban para la exportación. Ubaldo estaba en la planta baja:

“Cuando la carne de cámara de matanza estaba en condiciones de ser congelaba, se bajaba y se embolsaba; se congelaba, pero antes se separaba el cuarto delantero del trasero. La estibábamos y disponíamos según su destino: España, Francia o Italia. Cuando llegaba el momento de embarque se levantaba esa carne, se enganchaba en la rondaba y salía”.

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UNA ESPECIE DE FAMILIA


Claudio Nolasco Mundel entró a trabajar al taller de carpintería del Frigorífico a los 14 y allí se jubiló, luego 47 años:

“Entré siendo gurí y terminé siendo jefe de taller. Nuestra tarea era de mantenimiento, recorríamos las puertas, los corrales y las oficinas. Todos los días entraba a las 5 de la mañana y salía a las 6 de la tarde”.


Tras toda una vida vinculada a la fábrica modelo que llegó a faenar 1900 animales por día y que marcó un hito en el desarrollo de Gualeguaychú, Don Mundel, sentado en la cocina de su casa de Pueblo Nuevo al lado de su señora, recuerda el compañerismo que había, “jugábamos futbol, básquet, y los sábados se hacían reuniones con médicos que nos aconsejaban. Era una especie de familia ahí dentro”, pero por sobre todo destaca que “la mayoría entramos con primer grado y ahí nos pagaban maestros para que termináramos la escuela”.

Esgrima de bastón


Claudio, Prudencia, Ubaldo y Ricardo comparten el sentido de pertenencia al Frigorífico, los cuatro relataron su experiencia con orgullo y hasta por momentos con asombro, como si no hubieran sido ellos los protagonistas. Escucharlos resulta revelador.

Prudencia Timotea en el living de su casa
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