Gualeguaychú y el privilegio de contar con una leyenda fundacional

El escritor y periodista Fray Mocho, José Sixto Álvarez (Gualeguaychú, 1858 – Buenos Aires, 1903) de sólida ilustración, le regaló a su ciudad natal una leyenda. La publicó en El Noticiero, del periodista Inocencio Furques.

Por Marta Ledri – Profesora en Letras

De los departamentos que conforman la provincia de Entre Ríos es Gualeguaychú el único que cuenta con una leyenda fundacional que lo pone a la altura de las grandes ciudades de la antigüedad. Si esta afirmación es errónea de antemano van las disculpas pero las investigaciones arrojaron este resultado que será abordado en el siguiente artículo.

En las culturas ágrafas, primero fue el mito, una narración sagrada que bajo una investidura simbólica resguardaba un núcleo de verdad. En estas narraciones que provocaban la adhesión religiosa y se transmitían de generación en generación con el lógico resultado de la conversión y perversión de la versión original, los hombres trataban de explicar básicamente las misteriosas fuerzas del universo y su creación, la existencia de seres superiores y su relación con los mortales, el origen de ciudades o accidentes geográficos y por último los misteriosos existenciales que han anidado siempre en el espíritu humano.

Cuando aparece la escritura estos mitos además de profanarse empiezan a ser fijados en pergaminos y papiros, más tarde en papel. Es el comienzo de la leyenda cuya raíz etimológica remite a leer (legere).
Las ciudades milenarias cuentan con sus leyendas. Roma es fundada por Rómulo y Remo, hijos del dios Marte y Rea Silvia y amamantados por una loba. Tebas, la griega, fue fundada por Cadmo cuando buscaba a Europa su hermana fenicia raptada por Zeus. Obedeciendo al oráculo siguió a una vaca y donde ésta se echó, fundo la ciudad, mató al dragón que custodiaba la fuente y con sus dientes sembró la raza humana de fuerte estirpe.
Tenochtitlán fue fundada por órdenes del dios de la guerra y el sol. Los mexicas tuvieron que dejar el lugar en el que residían e iniciar una peregrinación hasta encontrar un águila devorando a una serpiente posada sobre un nopal. Al encontrar la señal fundaron el imperio más poderoso de Mesoamérica.

El escritor y periodista Fray Mocho, José Sixto Álvarez (Gualeguaychú, 1858 – Buenos Aires, 1903) de sólida ilustración le regaló a su ciudad natal una leyenda que se encuentra a la altura de las antes mencionadas. La publicó en El Noticiero del periodista Inocencio Furques. El personaje es un español-criollo Gonzalo Pérez de la Viña que como todo héroe emprende un viaje para buscar a su amada desaparecida “como por magia”. Probablemente esta expresión aluda a las cautivas blancas raptadas por indios o malhechores. Viene galopando desde el Guayquiraró con destino a Ibicuy, de norte a sur, galopa y desciende por tierras desconocidas que como el cantar de las sirenas lo subyugan por la diversidad de verdes. Cruza arroyos y ríos. Umbrales que lo irán acercando a su amor. Incierta es la fecha ya que el narrador solo se limita a un adverbio que se despoja de lo indicial y se vuelve indefinido “allá y aunque después intente precisar una fecha (1600) la indeterminación cronológica de la atmósfera ya está creada. Ocurre en un no tiempo (ucronía) como en el de las leyendas. Este comienzo equivale a la apertura de los cuentos maravillosos : “Érase una vez”, “Había una vez” o al evangélico comienzo ” En aquel tiempo…”

El héroe como corresponde a su dignidad monta un corcel y debe superar pruebas. Tiene la experiencia de la noche: la angustia por su amada que era como “un horizonte” para su vida.
El río en el que casi se ahoga es un descenso a los infiernos, cruzar a la otra orilla es como navegar por la Estigia. Del otro lado lo espera la gran prueba. Un toro cerril lo embiste y persigue. El toro no es un animal azaroso. El autor conoce la dignidad literaria y mítica de este símbolo. Zeus rapta a Europa metamorfoseado en toro, Asterión es el Minotauro de Creta, Martín Fierro es toro en su rodeo “y torazo en rodeo ajeno” (no se necesita hacer mención al toro de El Matadero de Esteban Echeverría). Signo de virilidad, soledad, empeño, dueño absoluto de su territorio.. El héroe con su astucia o “viveza criolla”(Odiseo) se tira al suelo y se hace el muerto para que el animal deje de perseguirlo pero aterrorizado observa que desde los pajonales una venenosa serpiente se yergue pronta al ataque. La serpiente, es otro animal -símbolo que carga con la semántica de la maldad, de la caída del hombre, de la tentación. El héroe ante esta disyuntiva que el narrador explica con una cita de La Odisea “entre Scylla y Caribdis” se encomienda a un ser que ha alcanzado la inmortalidad. El ámbito de esta leyenda no es pagano, no descenderán del Olimpo los dioses pero sí la protección de un Santo: San José.

La venenosa víbora inyecta el mortífero tóxico en la cabeza del toro que se desploma.
El héroe con el auxilio de su dador se salva, monta su corcel y sigue camino. Nada se cuenta sobre la ausente. Hombre de palabra y agradecido, años más tarde erige en el lugar una capilla en honor a San José. El templo es el recinto donde hombre, divinidad y ciudad triangulan en una fundación de una villa perdida entre ríos, arenas y verdes llanuras.

*Agradecimiento a la Profesora e investigadora Silvia Razzetto por el aporte histórico.

.

Comentarios

About the author  ⁄ Infoner