Hazaña acuática

Por Eugenio Jacquemain

 

La costanera de Gualeguaychú es muy particular, una amplia avenida surcada al medio por pérgolas que suelen poblarse de enredaderas en el verano, extensos veredones que albergan a cientos de personas los fines de semana, que no distinguen al local del turista y permiten ser surcados por ambos apaciblemente, sin ninguna queja. A su lado, un suave recorrido de espejos baña su flanco, en épocas de creciente, ese andar se transforma, golpea fuertemente los gruesos murallones que resisten heroicamente desde hace muchísimos años.

Los obeliscos, paisaje obligado en el centro del paseo, se mantienen firmes con el paso del tiempo. Donde otrora moraba la figura de Francisco Ramírez, ahora vemos un pequeño camino que oficia de puente para acercarnos a un sitio panorámico y disfrutar un café. Hoy de la imagen corpórea y metalizada de Pancho se desconoce su paradero y muchos ya lo recordamos vagamente, quizás se encuentre durmiendo con aquellas imágenes de las dos pequeñas torres que se erigían a su lado, pero que para nosotros, púberes de tan solo 10 años, parecían más altas que el viejo ciprés del cementerio.

Allá lejos, al final del recorrido, se erige triunfante el viejo pero remodelado puente naranja, pocos recuerdan su real nombre, quizás por esa vieja costumbre pueblerina de cotidianizar los rótulos ostentosos con que se bautizan las obras en cada inauguración, Sobre ese puente se tejen mil y una historias, no faltan las de ahogados o pruebas de valor lanzándose al río, tampoco los candados que entrelazan corazones oxidándose en sus barandales o aquella vez de la asonada militar donde se amenazó con volarlo para evitar el paso rebelde.

Pero ese día era diferente, era nuestra prueba, nos sentíamos nadadores olímpicos disputando una final. No pasábamos los ocho o nueve años ninguno de los cinco que teníamos que demostrar, en tan solo cien metros, lo que durante dos meses habíamos aprendido.

“No puede ser que tengas un río al lado y no sepas nadar” me repetía una y otra vez mi padre, orgulloso de su trabajo en los Ferryboat que trasladaban los trenes por donde hoy se unen en un abrazo de cemento, Entre Ríos y Buenos Aires.

Y había que darle el gusto al viejo, el no estaba en la ciudad pero cuando volviera tendría la noticia tan esperada desde mamá “Tu hijo ya sabe nadar, tu hijo cruzó el río, desde el balneario hasta el Neptunia” y yo me iba a hacer el desentendido, minimizando la hazaña como cuando le mostraba el boletín de la escuela, en el cual nunca habitó un diez pero tampoco un cuatro.

Y sí, ese día era especial, para mí y para él, capaz también para la vieja, pero ella ocultaba sus emociones diariamente, daba clases de mañana y de noche, por ese entonces, la plata no alcanzaba. Ella volvía cansada al igual que los siete días que el viejo desembarcaba, cansados los dos, pero orgullosos de traer lo necesario al hogar.
Pero estamos perdiendo el hilo de lo que hablábamos, mi familia era una más de tantas de una pequeña ciudad. Lo que iba a contarles era otra cosa, era la hazaña de alguien, que con tan solo nueve años cruzaría el río a nado. Para alguien que solo intentaba, para aquel entonces, el básquet, era toda una epopeya, no por algo mis amigos me decían ojota, refiriéndose a que no servía para ningún deporte.

Y llegó el ansiado día, el frío del agua era solo una anécdota, nuestros cuerpos estaban dispuestos al sacrificio. El profesor, estricto y duro por el lapso de instrucción, no movía un músculo de la cara, su mirada estaba rígida en nosotros. No se veían gestos de aprobación o desaprobación, sus manos callosas y firmes sostenían los remos de la vieja canoa despintada. “Ahora al agua y a nadar, en línea, un metro entre uno y otro, al agua ya” se escuchó con voz firme y fuerte y ahí fuimos, en un pequeño espacio cinco corazones comenzaron a bracear para llegar a la meta.

Los gritos por el megáfono de latón nos guiaban desde la embarcación. El río era nuestro cómplice manteniendo una superficie lisa y llana para aliviar el desafío, se encontraba despoblado de otras embarcaciones. Ese era el momento para la hazaña, los planetas se alineaban a nuestro favor y no lo íbamos a desaprovechar.

Juan fue el primero en decir a mitad de camino “profe, no doy más” y ese fue el primer golpe. Juancito era el más resistente de nosotros, quizás un mal día o la chocolatada que se tomó antes de meterse al agua lo había complicado, pero…. Si él no llegaba…los demás podríamos?

No sé quien le siguió pero la frase la volví a escuchar segundos después, por unos minutos imaginé que llegaba solo y el resto en la canoa. Son esos momentos que tenemos los argentinos, aun chiquitos, de creernos superhéroes individuales, esos famosos cinco minutos de fama que nos caracterizan, convirtiéndonos en seres cuasi egoístas que especulamos con los errores del otro. No, no estoy siendo duro, así somos y así nos ven, ¿por qué un niño de 9 años sería diferente al resto? Otra vez me estoy yendo del tema, quizás sea intencional para evitar recordar el final y poder viajar en una máquina del tiempo y alterarlo.

Quedamos en que escuché por segunda vez la frase desesperanzada de agotamiento y fue instantáneo. Como si careciera absolutamente de personalidad, de un segundo a otro me sentí cansado, saqué mi cabeza del agua no solo para respirar, mire hacia adelante buscando la costa tan ansiada y aun faltaba un tercio del camino. Ahí miré a los costados, me sentí más solo que Sampaoli festejando un gol en Rusia 2018, el resto del grupo estaba abrazado a la canoa.

Ver esa triste imagen con los ojos de un niño es doloroso, mis lágrimas se diluían en el curso del río perdiendo importancia, las caras de mis compañeros denotaban sentimientos encontrados, trataban de darme fuerzas a la vez que expresaban una sana envidia, si es que puede existir eso.

No podía más, no iba a llegar ninguno si yo abandonaba, pensé en mis padres y en los de los demás. Lo habíamos charlado y les pedimos que no estén, que no nos vieran, queríamos darles la noticia de haber cruzado el río y ahora no podríamos. Levanté nuevamente la cabeza, pensé por un instante que nadaba al revés, creí ver aún más lejos que antes la costa a alcanzar y comencé a pensar en las excusas al llegar a casa.

No tardé mucho en tomar con mis pequeñas manos el borde de la embarcación, ya estábamos todos sostenidos de esas viejas maderas cual sobrevivientes de un naufragio. El profesor arriba, sin un gesto de desaprobación o reto, pero ya los iba a tener, habíamos fracasado.

Remó hasta la otra costa con el lastre que significábamos todos los expedicionarios sostenidos de la canoa. Cuando llegamos y nuestros pequeños pies tocaron la arena, nos miró, colocó los remos dentro con mucha paciencia como lo caracterizaba y nos dijo, exactamente con la misma voz firme que nos echó al agua y que nos alentaba cada brazada. “Llegaron, cumplieron, avisen en sus casas que lo lograron. No van a mentir, llegaron desde que se decidieron a intentarlo, desde que pensaron que podían, esto es un logro, no un fracaso”. De esta manera recibía una de las lecciones de vida más importantes.

Hace un par de años falleció mi viejo, mamá aún vive, nunca supieron la realidad. No he vuelto a ver a mis compañeros de aquella época y solo recuerdo el nombre de Juan. No sé si habrán dicho o no la verdad, para mí este era, antes de contarles, uno de los secretos mejor guardados del mundo, quizás porque me convencí que la verdad era que sí habíamos logrado nuestra meta, ¿el trecho que faltaba? Eso sí es anecdótico, no importaba ni va a importar.

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