Ítaca, la nostalgia del regreso

Por Marta Ledri – Profesora en Letras

 

Ítaca es la isla natal de Odiseo. Isla de tierra empobrecida donde apenas rebaños de cabras y ovejas pastan duros pastos entre las rocas. Solitaria, está del otro lado del continente. No pertenece al archipiélago del Egeo donde cortes aristocráticas pasan sus días en el convivio del banquete y dando origen a la mélica.
En Ítaca se trabaja duro. Hasta su propio rey, Odiseo, talla en una encina su lecho nupcial, lecho inamovible, arraigado al suelo, como su amor por Penélope.
Su viejo y antiguo padre cuida de los frutales, y unas pocas criadas entre las que se destaca Euriclea bastan para atender el palacio
Al ser llamado para participar de la guerra de Troya por pertenecer a la Confederación liderada por Agamenón solo aporta pocas naves. Ítaca se halla del lado de la noche. Después de que la argucia de Odiseo idea el armado del caballo, después de la caída de la Troya priámida, Odiseo regresa, su nostos será largo y plagado de peripecias. Los vientos adversos le impedirán llegar a Ítaca. Allí, Penélope asediada por pretendientes teje una mortaja para su suegro Laertes y desteje por la noche la labor del día. Su pretexto es que elegirá al futuro rey cuando termine la tarea. El ovillo rueda de día y con él los pensamientos de Penélope traman las ilusiones del arribo después de 20 años, a la noche se desarman sus esperanzas y el ovillo de la angustia vuelve a formarse con las marcas de sus entretejidos. Aguja que va y viene, como el pensamiento, como el mar que se llevó a su esposo. Agujas que no acaban la mortaja porque Laertes no puede morir sin ver llegar a su hijo.
En Ítaca se hornea el pan. Ítaca es la madre universal que se ve desde la lontananza por el humo que despide la chimenea. Ítaca es el destino del hombre que renuncia a la seducción de la inmortalidad y se elige como mortal para envejecer junto a su esposa.
Ítaca es el hijo, el heredero, Telémaco, (tele: distancia, maӽos: guerra) el que creció cuando su padre estaba en la guerra contra la murallas de Troya.
Nada hará cambiar la decisión de Odiseo de poner pie en la “rocosa Ítaca”. A diferencia de Helena, Penélope es un ejemplo de amor conyugal. Aun así pondrá a prueba a su marido antes de aceptarlo. Los veinte años transcurridos y la metamorfosis de su daimón: Palas Atenea lo han transformado para que lleve a cabo la venganza contra los que han devastado la economía de su reino. Ítaca es la casa, el arco que reconoce solo la mano de su dueño, el perro fiel que muere cuando ve llegar a su amo, la honradez de Eumeo y Euriclea. Ítaca es la llave que abre las puertas al mundo cotidiano. La que nos ha visto crecer y que seduce más que los lugares fabulosos. Es el vientre y será sepultura. Ítaca es también el destino del hombre que debe emprender el viaje, cuanto más largo mejor, para volver enriquecido al hogar. Ítaca es la añoranza de los perdidos en las grandes urbes, en los espacios del anonimato. Ítaca es el huerto, el árbol, la raíz, la matriz. Un viaje hacia el inframundo y los pecados y un ascenso victorioso para ser un héroe doméstico capaz de poner la casa en orden.
Ítaca son doce aros y una flecha en el blanco. Doce el resultado del cuatro, número terrestre porque en él están los cuatro puntos cardinales multiplicado por un número divino y trino. Ítaca asentada en la tierra con todas sus ventanas a los cuatro vientos deja entrar el aliento cósmico. Por eso cuando algún navegante, o un peregrino, o simplemente un hijo se va debemos decir como los antiguos griegos:” Que los vientos te sean propicios pero no olvides que Ítaca aunque flotante te espera con el pan recién horneado y un ovillo que teje la esperanza del regreso”.

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