Je suis Mimí

Je suis Mimí es el segundo libro de la periodista Sabina Melchiori, la autobiografía –ficcionada pero posible- de Noemí Díaz Urrutibéhéty; una mujer que vivió 90 años y fue testigo de los momentos más aciagos de las últimas décadas del siglo pasado. 

 

La protagonista de la historia fue una gran mujer. Pilar de una familia golpeada de lleno por la dictadura del ‘76, madre superpoderosa, dulce, portadora de una elegancia cautivadora. Por su entrega apasionada a la difusión y conservación de la cultura francesa, fue condecorada con las Palmas Académicas. Mujer generosa y católica de fe profunda. Quienes la conocieron la recuerdan por su rostro despojado de rencores, por su caminar erguido y por la inconmensurable admiración que despertaba.

Mimí creció junto a su madre, una hermana, y dos hermanos en una escuela de Seguí, en la década del ’30; quedó huérfana siendo todavía menor de edad y por tal motivo se mudó a Paraná, a la casa de sus tíos Margot y Coty, quienes no tenían hijos. Allí, mientras cursaba el profesorado de Matemática, trabajó como taquígrafa en la Legislatura y fue entonces que se enamoró de quien años más tarde se convertiría en su marido: un hombre 20 años mayor, gualeguaychuense, legislador, peronista de la primera hora: Esteban Guastavino.

Juntos tuvieron siete hijos. Mimí sobrevivió a tres. El mayor, Enrique, se encuentra desaparecido desde febrero de 1976; y a Patricia la asesinaron las Fueras Conjuntas en diciembre de ese mismo año, en una esquina de La Plata donde estudiaba Bioquímica y Farmacia. Mimí fue a buscar el cuerpo de su hija a la morgue y la veló acompañada por unos pocos vecinos y amigos en el living de su casa, mientras merodeaban militares por el barrio. Entre tanto dolor, también debió soportar la incomunicación absoluta durante los tres primeros años que Pemo, otro de sus hijos, estuvo preso en Coronda y viajar luego por las diferentes cárceles del país para tener contacto con él. Los tres hijos más chicos (Andrea, Iaia y Martín) qué por aquellos años todavía eran niños, la mantuvieron en pie. Aferrada a su fe, se mantuvo en pie.

Fue una abuela y bisabuela amorosa, que le gustaba pasear, tomar helado, comer tortas y comprarse saquitos. Todos los días leía los dos diarios que se imprimen en Gualeguaychú y tomaba mate de té con azúcar a las 5 de la tarde.

 

Mimí

 

Este libro, recientemente editado por la Editorial de la Universidad de Concepción del Uruguay, es un ejemplo del género de no ficción, o periodismo narrativo, pues su autora –Sabina Melchiori- se vale de los elementos de la literatura para narrar en primera persona los hechos reales y documentados de la vida de la protagonista.

 

 

 

El prólogo, por Pedro Guillermo Guastavino

Termino de leer la historia de Mimí y escribo este prólogo intensamente conmovido. Tuve la buena suerte de disfrutar muchos años de vida con Mimí, ya grande, a la vuelta de todo. Fue una mujer de fe, alegre, madre amorosa de muchos hijos; una luchadora que se encontró sin querer entreverada con la política por causa del amor a su marido y a sus hijos. Pero ante todo, una mujer que enfrentó con integridad la injusticia y la muerte.

Mientras hilvana los recuerdos de Mimí de un modo entrañable, Sabina Melchiori compone en cada párrafo mucho más que la memoria de mi madre. El relato de Mimí que construye Sabina es íntimo y único. Pero es –a la vez– una historia sobre la desesperación, la incertidumbre, el miedo y también la fortaleza y la esperanza inquebrantable que miles de madres argentinas vivieron durante la última dictadura. A través de la singular reconstrucción de la historia de mi familia, este texto revive las emociones profundas que atraviesan la memoria de nuestro país y su incomprensible tragedia. Con ella, afloran las heridas abiertas de lo que no se olvida ni se perdona, y que necesita ser contado.

Duele mirar atrás, pero todo está ahí, guardado en la memoria. Ahí es donde están las explicaciones que buscamos. Como dice Mimí a través de Sabina, nos sucedieron cosas terribles en muy poco tiempo. Ocurrieron en nuestra familia y ocurrieron en el país. Hablar de lo que nos pasó no es fácil, ni es cómodo, pero casi siempre es reparador y necesario. Hay muchas historias como esta, pero animarse a contarlas, es una aventura a la que no muchos se animan. Durante muchos años rondó por mi cabeza la idea de contar yo mismo la historia de mi familia, para que no fuera devorada por el tiempo y el olvido. Finalmente, decidí que necesitaba la ayuda de alguien más y fue entonces que Sabina se metió en la piel de mi madre. Y durante más de un año trabajamos juntos para enlazar recuerdos y emociones dispersas. Quedó mucho en el camino, que seguramente en otro momento encontrará la manera de ser dicho.

Le agradezco especialmente a la autora la imagen que recrea de cuando al rompecabezas todavía no le faltaban piezas, cuando todavía estábamos todos y podíamos abrazarnos; las secuencias de nuestra infancia, la memoria de mi padre, de mis queridos hermanos. Le agradezco porque estos recuerdos reviven las voces, las sonrisas y los porqués de aquellos que nos faltan. La memoria de Mimí es también un legado necesario para los hijos y los nietos de estas mujeres, las generaciones que nacieron en democracia y que apenas pueden entrever la barbarie que sucedió detrás de tantos muros despiadadamente custodiados, pero a la vista de todos. Y para mis hijos, nietos especialmente, que sabrán que no hay sólo dolorosos recuerdos en la memoria de nuestra familia sino también, una gran fortaleza. Y muchísimos motivos para seguir viviendo, como lo hizo Mimí.

 

La autora junto a los hijos de Mimí la noche de la presentación del libro en Gualeguaychú

 

Aclaración de la autora, Sabina Melchiori

No tuve la suerte de conocer personalmente a Mimí. De modo que para ponerme en su lugar y hacer uso de la primera persona hizo falta ─primero y fundamentalmente─ la confianza de sus hijos. Ellos abrieron su corazón y compartieron conmigo no solo los recuerdos más lindos de su vida, sino también detalles que no siempre resulta cómodo sacar a la luz. También me dieron la libertad absoluta de poder entrevistar a quien creyera conveniente a fin de poder recabar la mayor cantidad de datos que me ayudaran a reconstruir la vida de Mimí. La veracidad de los hechos narrados se sustenta, además, en los documentos, archivos periodísticos, históricos, e incluso en las cartas y fotos que la propia Mimí conservaba. Al resto, valiéndome de la confianza que se me fuera otorgada, simplemente lo imaginé.

 

Sabina Melchiori durante la presentación del libro

 

 

El primer capítulo, una declaración de principios

Je suis Mimí. Mi nombre es Matilde Noemí Díaz Urrutibéhéty. Algunos, al referirse a mí, aclaran que soy la viuda de Guastavino; son aquellos que cuando todavía vivía Esteban solían llamarme Noemí Díaz, la señora de Guastavino; pero si hoy tuviera que elegir cómo presentarme, preferiría Mimí… Yo soy Mimí, que suena mejor en francés, como todo.

Dios ha querido que viva mucho. Nací en 1926, el 5 de abril. Hemos cambiado de siglo hace más de una década y yo sigo aquí, pisando esta tierra. No sé si eso es una dicha o una pena. Quienes tienen mi edad conocen el sinsabor que causa darse cuenta de que ya no nos queda demasiado por hacer, que aunque nos propusiéramos ir detrás de un objetivo, el cuerpo y la mente no nos responderían como antes, y que los días han ido convirtiéndose poco a poco en una espera aletargada de algo que preferimos creer que será mejor.

En el largo camino que me ha tocado recorrer hay historias variopintas, pero reconozco que son las más estremecedoras las que cautivan la atención de la mayoría. Quienes me conocen, aunque de modo superficial, y saben cuáles han sido algunas de mis desgracias, me miran con compasión.

En los últimos años no han sido pocos los que se han acercado a adular mi fortaleza, pero yo no sabría si definirme como una mujer fuerte; si lo hiciera, sería consecuencia de la cantidad de veces que los demás han dicho eso de mí. Yo, sinceramente, creo que no he tenido más opción. Confieso que hubo momentos en los que sentí que el dolor iba a consumirme y, creyéndome incapaz de seguir soportándolo, quise morir; pero también hubo circunstancias en las que agradecí intensamente estar en este mundo, porque la vida me ha dado muchos motivos para sonreír y esa es una buena razón para justificar que siempre que pude lo hice con la boca bien abierta, mostrando desfachatadamente mis dientes.

Este relato, que supongo irá tomando un estilo autobiográfico, está siendo escrito en mis pensamientos. Aquí no hay papeles ni mucho menos una computadora, estoy solamente yo con mis recuerdos y lo que pueda llegar a reconstruir con ellos. Es una especie de juego que me he propuesto para entretenerme en mis momentos de ocio, porque siempre me gustó tener alguna ocupación, pero ya son pocas las que puedo asumir. De todos modos, procuro atender esta tarea con la misma responsabilidad que lo haría si se tratase de un trabajo. Eso sí, permítaseme exculparme de las reiteraciones que pueda cometer. Llevo viviendo 89 años y es probable que los recuerdos, que a mi edad son muchos, se presenten repentinamente durante el desarrollo de la narración y enreden el hilo conductor.

También puede que llore, porque ya no le huyo a las lágrimas. Pasé mucho tiempo ocultando mis tristezas delante de los demás, principalmente de mis hijos, pero ahora que vivo sola lloro cada vez que quiero. Me gustaría escribir sobre un papel bonito, bien blanco, y con alguno de esos estilógrafos que se usaban en la Legislatura, por cuya punta la tinta fluía con generosidad, pero no tengo el ánimo ni las fuerzas suficientes. Mi pulso se ha puesto tembloroso, la última vez que tomé un bolígrafo entre mis manos me disgustó ver el trazo desgarbado en el que terminó convirtiéndose aquella caligrafía prolija que había adquirido, siendo todavía una niña, como fruto de la constancia de pasarme tardes enteras practicando la inclinación justa de cada letra e imitando las mayúsculas pomposas que venían impresas al comienzo de los renglones. No era lo que más me gustaba hacer, lo hacía por cumplir la consigna. Sinceramente, siempre me sentí más cómoda entre los números, no solo por la simpleza de sus formas, sino por lo fascinante que es el camino hacia el resultado. En aquellos años, cuando mi madre enseñaba a sus alumnos a escribir, leer y hacer cálculos matemáticos, yo aprendía a la par de ellos, a pesar de ser dos o tres años menor. No porque fuera una niña prodigio sino porque ¡mi casa era una escuela!, estaba muy estimulada.

Si hoy me pusiera a escribir demoraría lo mismo que la primera vez que lo hice.

He envejecido. Todo en mí ha envejecido, menos la capacidad de razonar y recordar, lo cual me ayudará a no resignarme ante este desafío autoimpuesto de escribir mi vida sobre páginas imaginarias.

La idea surgió anoche, azarosamente, mientras caminaba desde la cocina a mi habitación con el vaso de agua que siempre dejo sobre la mesa de luz por si los sueños me secan la boca. Aunque con muy poco apetito, un rato antes había logrado terminar el plato de verduras al vapor que cocinó Rita, una mujer amorosa y responsable que mis hijos contrataron para cuidarme. No tenía demasiado sueño, sin embargo, como una autómata, seguí el ritual de cada noche después de la cena: tomé la jarra de vidrio que estaba sobre la mesa, volqué adentro de un vaso ─también de vidrio─, toda el agua que le quedaba y caminé hacia mi cuarto.

Esta vez no dejé que Rita me ayudara. No soy de esas señoras necias que no aceptan sus limitaciones, pero el orgullo, que no envejece, hace que en ocasiones quiera corroborar que todavía hay momentos en los que puedo valerme por mí misma. A decir verdad, estaba plenamente segura que tenía las fuerzas que se necesitan para recorrer con un vaso en la mano los escasos metros que hay entre la cocina y mi dormitorio. Lo sabía porque durante estos 89 años, entre otras cosas, también aprendí a conocerme.

Antes de adentrarme en la narración, quiero aclarar que no contaría mi vida si ésta fuera solo un cúmulo de penurias. Afortunadamente tengo recuerdos hermosos de momentos felices y anécdotas dignas de musicalizarse con las estentóreas carcajadas que soltaba tía Margot cuando le hacía una broma al tío Coty, o con las vocecitas de mis nietos y bisnietos, brillantes como el sol a esta hora en el patio.

Empezaré por poner la fecha: sábado 5 de diciembre de 2015.

 

 

Foto de portada: Mauricio Ríos

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