Jorge Luis Borges. La hora agónica, la leyenda, el coraje, el cuchillo.

La obra de Jorge Luis Borges sigue seduciendo a la crítica. Tiene ese universo literario tantos pasadizos, tantas galerías, tantas puertas de entrada que siempre se está descubriendo un nuevo intersticio para entrar en él. Salir es imposible. Una vez dentro el crítico queda suspendido ante enigmas y guardianes que custodian el sentido total de esa existencia plasmada en tinta y papel. Sus citas verdaderas y apócrifas nos confunden, sus hipertextos nos obligan a buscar el hipotexto recreado, su audacia para reescribir lo ya escrito nos deslumbra. Es entonces la detención de todo juicio y un volver sobre los pasos dados para recorrer con mayor lucidez esa trampa estética.

 

Por Marta Ledri

Poeta, narrador y ensayista es el heredero de los tópicos de los escritores que lo precedieron. Huellas de Sarmiento, de Hernández, de Echeverría como un palimpsesto pueden advertirse bajo la superficie de la escritura borgeseana.
No tiene sentido leer “Biografía de Tadeo Isidoro Cruz” o “El fin” si antes no se ha leído el Poema épico de Hernández Martín Fierro. Tampoco hallaríamos coherencia en “Diálogos de muertos” si los orígenes del romanticismo literario rioplatense nos fueran ajenos. ¿Quién sino Borges puede referirse a Rosas como “la recóndita araña de Palermo “en el poema “La tentación” o usar el símil “como la estaca pampa bien metida en la pampa” en “El general Quiroga va en coche al muere” ‘? Solo él es capaz de plasmar estos recursos inspirados en Facundo de Sarmiento.

La llanura, la hora agónica con los que tantos poemas de nuestra literatura comienzan también entran en su repertorio.

“Era la tarde, y la hora
en que el sol la cresta dora
de los Andes. El Desierto
inconmensurable, abierto,
y misterioso a sus pies
se extiende; triste el semblante,
solitario y taciturno
como el mar, cuando un instante
al crepúsculo nocturno,
pone rienda a su altivez.”

Echeverría, Esteban, La Cautiva, C. I

 

 

“Y en esa hora de la tarde
En que tuito se adormese
Que el mundo dentrar parece
A vivir en pura calma-
Con las tristezas de su alma
Al pajonal enderiese.”

Hernández, José, Martín Fierro, C. IX, I P.

 

“Cuando la tarde se inclina
sollozando al occidente,
corre una sombra doliente
sobre la pampa argentina”

Obligado, Rafael, Santos Vega. C. I

 

Son suficientes las citas anteriores para sostener que Borges ha sido antes lector que escritor, como debe ser por otra parte, y que sintió no solo la fascinación de un tiempo que vivió su estirpe, sus ancestros sino también la responsabilidad tal vez inconsciente de seguir transitando por ese territorio semántico trabajado no solo en sus cuentos sino también en la poesía.

Ya en su primer libro Fervor de Buenos Aires podemos leer en “Campos atardecidos

“El poniente de pie como un Arcángel
tiranizó el camino.”

 

Atardeceres

“En el incierto ocaso
la tarde mutilada
fue unos pobres colores.”

 

El fin

“(…) Hay una hora de la tarde en que la llanura está por decir algo; nunca lo dice o tal vez lo dice infinitamente y no lo entendemos, o lo entendemos pero es intraducible como una música…” en Ficcciones, 1944.

 

Borges lleva la melancolía de los románticos y el artificio modernista que tanto había criticado en sus inicios. Es un esteta pero no por eso insensible. Siente la patria en la literatura y traslada los temas que le dieron identidad a su aquí y ahora con extraordinaria perfección formal, con originalidad y belleza.

Borges ha llevado a la inmortalidad a Juan Muraña, al Corralero, al surero, a Jacinto Chiclana, compadritos de principio de siglo. Dueños de un territorio y sus mujeres, hábiles con el facón y con muertes a cielo abierto. Hombres de su tiempo que no temían morir de “ una larga y tendida puñalada” En ellos ve Borges el honor de los caballeros medievales y la evolución del gaucho. La esquina rosada, que alguna vez fue punzó es una ambigüedad para situar una época: la tiranía de Rosas en la cual el país vuelve a desangrase pero ya entre hermanos. De la estirpe de los unitarios no puede ocultar su admiración por los federales, por las montoneras, por la inconsciente bravura de gauchos con facón y fusiles.

Se siente empequeñecido moralmente ante tantos anónimos y por eso los rescata y los convierte en cifra de un tiempo histórico al que él vuelve legendario.

“Un almacén rosado como revés de naipe
brilló y en la trastienda conversaron un truco;
el almacén rosado floreció en un compadre,
ya patrón de la esquina, ya resentido y duro.
A mí se me hace cuento que empezó Buenos Aires:
La juzgo tan eterna como el agua y el aire”

Fundación mítica de Buenos Aires

 

El yo del “Poema conjetural” puede ser el de Francisco Narciso Laprida, pero puede ser también un secreto deseo del Borges hombre, su yo único, íntimo.

“Yo que anhelé ser otro, ser un hombre
de sentencias, de libros, de dictámenes,
a cielo abierto yaceré entre ciénagas;
pero me endiosa el pecho inexplicable
un júbilo secreto. Al fin me encuentro
con mi destino sudamericano.”

Quiso la trama azarosa que tejen los astros que siguiera siendo un hombre de palabras y libros. No pudo ser Juan Dahlmann, personaje de “El Sur”. La vida no le brindó la posibilidad de tener un facón y solo los vio en antiguas vitrinas de estancia…

Lo vi un año antes de morir rodeado de sus tomos de la Enciclopedia británica. En un departamento de dos ambientes ubicado en la calle Maipú. Cuando mi mano tomó la fría y frágil mano de ese anciano que yo había idealizado, sentí además de mi admiración una profunda pena. Le faltaban pocos meses para cumplir 86 años y con su voz venida de tiempos remotos, balbuceante conversó conmigo durante más de tres horas. Afuera, desde un rectángulo que se filtraba por la ventana Buenos Aires entraba en la hora agónica. Tuvo tiempo de publicar Los conjurados y en él reconciliar la lucha interna de Dahlmann ( dejo al lector que tras esta sugerencia busque el cuento donde los opuestos se unen). Dos meses después partió a Ginebra. Creo que murió en paz y que como Pedro Damiano tuvo la oportunidad de ser un hombre de coraje: vio que su pluma relumbraba como un cuchillo y hería el papel. Así entró en la gloria. Él quería ser sepultado en Recoleta. Algún día volverá como Rosas a Buenos Aires. Es una deuda para todos los argentinos.

“A mí se me hace cuento que estuve con el grande”

 

Jorge Luis Borges y Marta Ledri. 1986

Anagnórisis

(A Jorge Luis Borges)

La misteriosa trama que han urdido
las manos caprichosa de algún numen
nos acercó un instante en el recodo
de este río de horas que es el tiempo.

Y ahora, a la distancia, es incierto
si vi tu ancianidad, tus ojos ciegos,
el bastón inseguro entre tus manos,
la temblorosa voz que dice un verso.

En este laberinto de reflejos
donde nada es real y todo es sueño
volverán a cruzarse los senderos…

La rosa, el tigre, el incesante espejo
me aguardan en el ciclo que retorna,
tal vez no me conozcan, ya soy otra…

Marta Ledri.

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