Kuala Lumpur y un toque argentino

El humo de los puestos de comida es una neblina densa que se pierde por las laberínticas calles de los barrios. El asfalto mojado por la lluvia refleja a los modernos edificios que iluminan y embellecen el paisaje nocturno. En Kuala Lumpur, la capital de Malasia, hay un aire a ciudad futurista como las que se veían en las películas de los años 80.

Por Martín Davico

El colapso del tránsito en las avenidas no es distinto a los que se ven en las grandes urbes del mundo, como tampoco el automatismo y la indiferencia con la que se mueven los transeúntes.

El emblema de esta metrópoli mira desde arriba a los rascacielos como si fueran sus socios menores, son las Torres Petronas, las torres gemelas más altas del mundo. Con estilo islámico posmoderno, y diseñadas por César Pelli, un arquitecto argentino nacido en San Miguel de Tucumán, estas gigantes construcciones con más de 450 metros de altura son la principal atracción para congregar turistas, y motivo de toda clase de suvenirs que los visitantes se llevan como recuerdo.

Torres Petronas



Es de mañana temprano y la omnipresente resolana desdibuja los contornos de los templos musulmanes. Me dirijo hacia un gran pulmón verde que son los Jardines Botánicos de Perdana, un oasis de calma, aire puro y frescor. Una yunta de corceles negros son montados por dos policías que patrullan los parques como en un desfile de equitación. En un rincón lleno de flores, una placa de mármol explica que para simbolizar su soberanía el gobierno malayo eligió como Flor Nacional a la Bunga Raya, conocida en Sudamérica como rosa china.



Entre lagos con lirios, peces de colores, cantos de aves e iguanas que descansan a la fresca, un conjunto de gallineros circulares (y llenos de pequeñas gallinas) hacen a la vez de atractivo y ornamento. En el mismo recinto una inscripción en el Monumento Nacional homenajea a los que dieron su vida por la independencia de Malasia: “Que las bendiciones de Alá estén sobre ellos”.

Es temporada del durian, el fruto rey del sudeste asiático, y sus devotos se amontonan en los mercados para comprarlo. Del tamaño de un melón grande y cubierto de una cáscara verde con espinas, este controvertido y carísimo fruto aparece en los carteles de restricción en el transporte púbico: “Prohibido fumar”, “Prohibido comer y beber”, y “Prohibido transportar durian” ¿La causa? Su olor dulzón, perceptible a la distancia con tendencia a perdurar, que según las distintas susceptibilidades despierta todo tipo de sensaciones hasta llegar a calificarse como nauseabundo. Sin embargo, su sabor y textura explican sus también famosas cualidades afrodisíacas.



Son las 8.30 de la mañana del jueves 20 de junio y busco en Kuala Lumpur un bar para ver el partido de la Copa América entre Argentina y Paraguay. Han caído unas gotas de lluvia que han creado una atmósfera de vapor, y una cincuentena de personas hacen cola en un templo hinduista donde sirven desayunos gratis. Como no hallo lugar donde ver el encuentro decido regresar al hostal y escucharlo por radio. El partido es malo y los comentaristas se ensañan con los jugadores. Un hombre de Yemen que comparte mi cuarto me confiesa con culpa no saber ni en qué parte del mundo está Argentina. Para que sepa que no está solo y que todos vivimos en una burbuja le digo: “Ni la mayoría de personas que conozco, ni yo, sabemos donde queda Yemen”.

El partido termina en empate y los periodistas acribillan sin piedad. Un rechazo a la indignación que emiten esas voces me hace apagar la radio e inesperadamente decido dejar la ciudad. Armo la ligera mochila en dos minutos y salgo hacia la terminal de autobuses. Un par de horas más tarde, sin haberlo imaginado, estaré viajando hacia Malacca, otro centro histórico de Malasia.

Con el retraso que lleva el mundo, enfadarse por el fútbol es algo que debería esperar.

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