LA BENDITA PALANCA DE LA LIBERTAD

Todos quienes ejercemos el periodismo ¿estamos realmente legitimados por nuestra preparación intelectual, grado de actualización, nivel informativo, poder de discernimiento, seriedad profesional, equilibrio reflexivo, auténtica vocación y, por sobre todo, compromiso con la verdad? Resulta un buen interrogante que tiene una sola respuesta: ¡No! Si el periodismo es indiscutiblemente una profesión difícil, compleja y riesgosa, ello no se da exclusivamente por los embates que provienen desde fuera en forma de amenazas directas o veladas, persecuciones, discriminación y descalificación de los que no aceptan las opiniones críticas.

 

Luis María Serroels
Especial para INFONER

 

Hoy el auténtico periodismo está siendo bastardeado por intrusos, mediocres e improvisados. Vulgares oportunistas que con picardía y sin responder a códigos de ética ni reglas de juego honorables, se insertan en una profesión tan digna sólo para lucrar por lo que dicen y por lo que callan. Se sospecha casi en grado de certeza quienes son, dónde pululan y de dónde proviene el dinero sucio que reciben. Todos sabemos por qué están donde están y a quiénes responden con su obsecuencia y genuflexión que se cotizan en la bolsa negra de los antivalores.

En medio de todas estas agresiones y ondas dificultades, el periodismo sano y corajudo enfrenta un montón de obstáculos, sabiendo que el verdadero periodista no se compra ni se vende. Porque ha asumido que en su cotidiana lucha por servir a la sociedad, debe renunciar al bienestar y las ventajas personales a cambio de sentir el íntimo orgullo de ser parte esencial del estado de derecho, la justicia y la libertad, escritos con la letra mayúscula con que sólo se defienden las grandes causas.

Hoy venimos a reivindicar al verdadero trabajador de prensa. Ese que no tranza con la mentira, no usa el chantaje, no se distrae cuando debe denunciar el mal que se hace y exigir el bien que no se hace, que cada vez que debe criticar no hace prevalecer intereses personales que lo alejen de su verdadero cometido ni entra en el juego de los corporativismos.

Ese que se rehúsa a coquetear con los gobernantes de turno, que cada día prologa su nuevo romance con la buena palabra y le cierra las puertas a la grosería y el agravio. Que llega al final de cada jornada seguro de que su sueño será tranquilo porque serena está su conciencia. Que se carga de satisfacción cuando dice verdades que inquietan a los poderosos. Que sufre y se emociona con el sufrimiento y la emoción ajena. Que con bolsillos flacos y uñas muy cortas, no golpea portalones para que algún cajero pague por su opinión ni por su silenciamiento. Ese que se planta ante los tiranos sin importarle si tienen botas o tienen votos porque ambos son tiranos al fin. Y que, en suma, renuncia a prebendas y privilegios porque su único privilegio es ser instrumento de la verdad.

El buen periodista debe tener también algo de docente a la hora de explicar acontecimientos y trasmitir valores que enriquezcan al lector o escucha. El prestigioso tucumano Tomás Eloy Martínez (1934-2010), escritor, periodista, guionista de cine y ensayista, sostuvo que “el periodismo no es un circo para exhibirse sino un lugar para pensar, para crear, para ayudar al hombre en su eterno combate por una vida mas digna y menos injusta”.

Hoy volvemos a decirles a aquéllos que no consienten la crítica, que viven de la alcahuetería y la delación, que nos incluyen en listas negras, que nos intervienen la línea telefónica y que nos quieren acallar por inanición a través del ayuno publicitario de nuestros espacios, que no pierdan el tiempo ni malgasten energías. Y de paso les recordamos que cuando se amordaza a un periodista, queda un sitio vacío en la gran mesa de la libertad.

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