La casa trágica. De Atilio Soria a Raimundo Peralta, el Chivo

Hay una memoria involuntaria, la que se desata a través de las sensaciones. Es la llamada memoria proustiana. El adjetivo hace referencia a Marcel Proust y a su obra extensísima “En busca del tiempo perdido”, en la cual el narrador comienza a rememorar su infancia después de mojar una magdalena en el té con leche.

Por Marta Ledri – Profesora en Letras

 

Un aroma, un sabor, una melodía desata el torrente de recuerdos que creíamos sepultados. Hace unos días el sonido de cerrojos, de llaves, pasadores, travesaños hirieron mis oídos. Ese metálico ruido me trajo una sensación de asfixia. Era la primera vez en 50 años que entraba a la Penitenciaría de Gualeguaychú con el objeto de hacer una investigación. La memoria involuntaria me sumergió en las experiencias de personajes con los que sufrí a través de la literatura. Eran sus miedos, sus recuerdos que volvían a revivirse en mí. Sentí la altivez de Raskolnikov en Siberia, donde finalmente encontraría la paz interior y la redención después de su Crimen y Castigo. Recordé al huérfano mayor de Martín Fierro acusado injustamente y condenado por el juez a ser encerrado por un crimen que no cometió:

“El porqué tiene ese nombre
Naides me lo dijo a mí,
Mas yo me lo esplico ansí:
Le dirán Penitenciaria
Por la penitencia diaria
Que se sufre estando allí”

Canto XII, 2ª Parte

Pero sobre todo recordé el ingreso a esa misma penitenciaría de Atilio Soria, el personaje de La casa trágica de Mario César Gras, un abogado del foro entrerriano que actuó como fiscal en un proceso levantado contra el director del penal U2 –hoy sé que el apellido del desalmado funcionario era Hermelo- por los malos tratos y actos de tropelías contra los internos.

En esa novela que leí por primera vez a los nueve años, releí a los quince y ahora pasando los cincuenta, nuevos detalles se me revelan, más significativa se vuelve la obra, es-sin perder de vista la intencionalidad literaria- un documento valiosísimo. Por desgracia son pocos los ejemplares. Según se dice, en la ciudad de Gualeguaychú hay cuatro. La penitenciaría tiene una copia, no un original.. Mi padre me dejó entre tantas cosas la historia de Atilio Soria y su caída injusta en ese lúgubre lugar donde un joven pletórico de vida es acusado injustamente de un crimen y condenado a doce años de prisión que no alcanza a cumplir porque muere contagiado de tuberculosis. Cuando en la novela Atilio es sentenciado se lo traslada esposado a Gualeguaychú:

“Habían llegado a un nuevo portón de hierro. El sargento tocó un silbato y apareció tras la reja un hombre bajo, canoso, uniformado que traía un manojo de llaves. Era el celador de servicio.(…). Atilio sintió que aquel ruido de cerrojos le golpeaba el alma. Pág, 25. Ed. Buenos Aires, 1927

Eran las llaves que escuchó Atilio Soria la que escucharon mis oídos. Aunque la investigación quedó estancada en trámites burocráticos yo había obtenido lo que buscaba, la experiencia de la prisión.
La penitenciaría viniendo desde el centro era junto a las vías del ferrocarril, el límite que se debía cruzar para entrar a un Pueblo Nuevo fabril, levantado alrededor del frigorífico. Nada tenía que ver con esa inmensa construcción que fue edificada hacia 1889. Las altas murallas que me recordaban las de Troya tenían cuatro almenas que hasta hoy coronan los muros perimetrales del edificio. Desde allí se ejercía el panoptismo. Los reclusos se sabían controlados. Pocos funcionarios bastaban para ejercer poder y disciplina. Murallas infranqueables a simple vista se pueden ver si la observamos desde atrás, si rodeamos el edificio.. Hoy se encuentran deterioradas, húmedas. Desde su construcción nunca fueron reparadas. Adelante, el penal muestra una apariencia edénica. Rosales y una fuente. Dos rostros, dos perspectivas. Luces y sombras.

De niña en mis desvelos escuchaba los silbatos de las imaginarias, veía las banderas que los internos colgaban en las ventanas de sus celdas cuando se enfrentaban dos equipos de fútbol en un clásico; ya crecida me asustaron sus gritos de lujuria.
Entre los mitos carcelarios creo que el más atrapante es el de Raimundo Adrián Peralta, alias el Chivo. Datos dispersos obstaculizan la labor de investigadores locales. Pero el Chivo Peralta a muchos años de su muerte es un símbolo que debemos conservar y desempolvar. Su nombre no era desconocido para la población de Gualeguaychú y logró granjearse el respeto gracias a sus heroicas evasiones. Se dice que escapaba trepando la altísima muralla o que burlaba la vigilancia con ardides sin violencias. También a su favor están los que aseguran que fue injustamente apresado, es más, que él mismo se inculpó de un crimen para proteger quién sabe a quién. Hombre de honor y de palabra. Palabras que iría tejiendo en poemas de triste lirismo y que fueron rescatados y publicados por un sobrino en un poemario. Lo cierto es que la debilidad del Chivo era su madre y era para su cumpleaños, o para el Dia de la Madre o solo por añoranza que se escapaba. Después de estar con ella se refugiaba en los montes. Aspiraba la frescura del aire, se bañaba en arroyos, se embelesaba con los espinillos, y acumulaba toda la libertad de la naturaleza para regresar a la prisión. Era un forajido, el gaucho malo de Sarmiento, el matrero de Fray Mocho, el desertor Martín Fierro. Una especie de hombre actualmente extinguida. Algo tenía este preso que causaba más admiración que temor: tenía honor.

Atilio Soria es un personaje que no escapa a los influjos del romanticismo todavía vivo a principios de siglo. Avasallado por la fatalidad muere pero antes y aún con el riego de contagiarse, su amor platónico Mecha, le deposita un beso en los labios. El chivo murió después de haber saldado su deuda, envejecido, enfermo. Desconozco si tomó conciencia de su popularidad o no. Es un patrimonio de la ciudad, un nombre que nos pertenece, la cifra de una época que goza de libertad en los dichos, anécdotas, que rozan la leyenda. Tenía muy pocos años cuando lo vi. Pasó por mi casa saludando a los vecinos, Se había fugado pero su paso casino no demostraba apuro alguno.

La Unidad Penal 2, de Gualeguaychú, alberga en la actualidad a 180 internos. Las causas delictivas han cambiado. Pocas veces ingresa un inocente, o un hombre que cometió un crimen por honor, hoy la mayoría son ladrones que delinquen por su adicción a las drogas. Además se ha agregado un tercer pabellón y los internos se destinan según las reglas de convivencia.
Para mí la Penitenciaría será siempre La casa trágica.

 

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