La feria (texto inspirado en la Feria de Pueblo Belgrano)

Entrar a una feria implica un pacto. Trasponemos el tiempo profano y comenzamos a transitar una ucronía. La feria es un mundo dentro del mundo. Una ciudad multicolor donde la privacidad no existe y todo se expone.

 

Por Marta Ledri – profesora en Letras

 

Luces intermitentes cuelgan en cada puesto y no hay un orden temático. Al contrario, la variedad y los contrastes hacen que el visitante se detenga en cada sitio o vuelva hacia atrás para volver a mirar lo que le llamó la atención. Sobre los toldos, el gran toldo de la noche… Un lugar a cielo abierto donde las jerarquías sociales se disuelven y todos nos convertimos en peregrinos sin meta. La gran fogata preside la fiesta. La llama continuamente avivada se desfleca según el capricho del viento. El fuego destruye los prejuicios y purifica la esencia de los hombres. Es una pascua redentora pero sin ayuno ya que los olores a comida se esparcen por algunos sectores y tientan a los hambrientos a sentarse para degustar alguna comida tradicional. Los feriantes son una cofradía y se alegran con la venta del otro. Hay respeto y admiración. Capaces de soportar horas parados, sonríen y generosos, dejan que sus artesanías sean tocadas.
Los colgantes de fiesta conviven con los santos y los mandalas. La Virgen de los cristianos se encuentra junto al gauchito Gil. Dogma y superstición en un mismo estante. Enfrente, los atrapasueños se mecen y en sus hilos quedan las miradas de todos los peregrinos. La feria es el lugar de las parcas hilanderas que por una noche se permiten ser bondadosas y se muestran en hilos bordados, tejidos, cruzados, trenzados.
La vestimenta tradicional cuelga de caballetes: sombreros, rebenques, rastras con hebillas relucientes son ofrecidas por los dueños que se han vestido de gauchos y chinas. Infaltable son algunos versos de José Hernández, mientras que al lado una onda oriental ofrece sahumerios y aromas que favorecen la meditación. Piedras con poderes curativos y semillas exóticas.
Una magia inexplicable donde lo caótico se vuelve bello. La feria tiene su propio canon de belleza.
La ucronía nos traslada al Medioevo, al tiempo del trueque, al mercado en la plaza del feudo adonde los nómades juglares concurrían para ofrecer sus cantares de gesta o los gitanos adivinaban la suerte por las líneas de las manos. La feria es fugaz. Se apagará con la mañana. Sobre ese espacio desalojado el indiscreto sol pondrá en evidencia los residuos que quedaron de los paseantes descuidados. El fuego será rescoldo humeante y un círculo de cenizas. La mercadería regresará casi intacta pero al mismo tiempo distinta porque la mirada de todos la han cambiado.
Agotados, los feriantes dejarán de sonreír y contarán los escasos billetes mientras el dolor de las piernas les hará tomar conciencia del tiempo que estuvieron parados.
Regresar al tiempo real, volver a la rutina, pensar en las deudas que aún no han pagado y albergar la esperanza de que tal vez en la próxima feria la venta sea mayor.

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