La iglesia católica y un ineludible mea culpa

Una de las cosas que le ha faltado a la bimilenaria Iglesia Católica desde sus albores, es que no siempre se mostró permeable a una sana autocrítica para ocultar desvíos y disimular errores que, al fin y al cabo, son producto de la propia imperfección humana. Nadie ha dicho que los pastores de Cristo –desde las altas jerarquías hacia abajo- no estén expuestos al equívoco. Pero ese no es el problema, sino los esfuerzos que a veces se realizan para ocultar la verdad. Y esa verdad tarde o temprano, sale a la luz cruda, acusadora y contundente.

 

Luis María Serroels
(Especial para INFONER)

 

Hoy la crisis alcanza su mayor dimensión y el original e inquebrantable compromiso para con las sagradas leyes de Dios, se exhibe quebradizo, las dudas asoman y –es fácil advertirlo- los templos muestran demasiados bancos vacíos.
Impensadamente para muchos, en los últimos años surgió en el ámbito internacional por dificultad de ocultamiento, un fenómeno que viene sacudiendo al Vaticano: la pedofilia ejercida por consagrados al servicio de un culto que, como lo sentenció Jesucristo, sitúa en lo más alto la protección de los niños con las más severas advertencias para los agresores. Si se admite que la carne es débil y los propios pastores proclives a caer en la tentación, ello no es un atenuante para que se guarden bajo siete llaves los hechos más repugnantes, más aún cuando se cometen en un ámbito religioso. Sacerdotes, obispos y hasta cardenales han caído en prácticas que echan al lodo los postulados de la doctrina católica.

Tanto el silencio encubridor como el ataque calumnioso externo que busca minar las bases doctrinales y verdades evangélicas de la Iglesia Católica, llevan a una ostensible declinación, no de su férrea fe cristiana, sino de la confianza ciega depositada en ciertos estamentos de la estructura eclesial.

Como un Géiser, esa fe recibida al nacer sigue brotando para calentar las creencias ancestrales, pero ello no exime de cuestionar a aquellos que cultivan la triste sentencia de “haz lo que digo y no lo que hago”.

No existe en el mundo ninguna institución que pueda ocultar sus secretos eternamente. En el ámbito político los gobiernos optan periódicamente por liberar información clasificada, pero en Roma, el Estado Vaticano sólo reacciona cuando sus fallas internas no se pueden disimular (que es lo ocurrido en Entre Ríos cuando el periodismo reveló hechos que generan rechazo y repugnancia). Esa fuerza centrípeta que en 20 siglos acerca gran parte de la humanidad hacia el mensaje de Cristo y se transforma en centrífuga al momento de misionar, no puede admitir agentes que desvirtúan el sentido de esa doctrina y su opción preferencial por los pobres.

No son sólo los quiebres morales la causa del desprestigio, sino el esfuerzo que se pone en proteger a sus responsables. El éxodo de curas hastiados de estas acciones es una realidad, cuando por el contrario son los abusadores quienes deben ser segregados. Una carta remitida en 2012 al Nuncio Apostólico radicado en nuestro país por parte de un grupo de sacerdotes indignados por el abandono de la superioridad, nunca fue respondida. Pésima
política.

La postura actual del Vaticano muestra al Papa Francisco decidido a orientar líneas de conducta y procedimiento, aunque la convocatoria a los obispos del mundo para febrero de 2019, en opinión de muchos debería adelantarse. Sobre esta temática, acaba de salir a la luz una guía que con propósitos de prevención del abuso sexual en perjuicio de menores y adultos vulnerables propició la Curia paranaense. La pedofilia en el seno de la Iglesia Católica, viene de lejos y hoy ya no deja resquicio alguno para negarlo y menos para eludir su traslado a los tribunales ordinarios de cada país. La cantidad de hechos y la alta jerarquía de algunos de los imputados, en muchos casos han demandado enormes sumas de dinero de las arcas de la Santa Sede como reparación a las víctimas.

Asumir el escándalo en pos de la verdad, es un acto al que ninguna autoridad eclesiástica debe renunciar. Quién se roba la inocencia de los niños no sólo incumple claros preceptos religiosos sino que comete el peor de los delitos. El fotógrafo estadounidense Jock Sturges, dijo que “lo que los pederastas pierden de vista a un grado devastador, es que sus víctimas son personas que sufrirán por siempre los abusos perpetrados en ellos”.

¿Alguien se ha planteado el grave problema del progresivo alejamiento de niños y jóvenes de los oficios religiosos? ¿Quién lo hizo? ¿Hay un seguimiento de la Curia sobre el creciente desinterés de muchos a poco de su primera Comunión? ¿Se está yendo desaprensivamente hacia una futura Iglesia Católica Apostólica y Geriátrica?
El regocijo que generan las celebraciones fundamentales de la doctrina, debería contagiar a niños para que su alianza con Dios sea sólida y cargada de perseverancia en la fe. Ese entusiasmo actúa como savia que sostenga el gran compromiso.

Hemos leído palabras atribuidas al Papa Emérito Benedicto XVI (antecesor de Francisco) apuntando a que “los ataques al Papa y a Iglesia no sólo vienen de afuera (de los enemigos externos) sino que los sufrimientos de la Iglesia proceden precisamente de dentro de la Iglesia, del pecado que hay en la Iglesia”. Sus dichos se orientaban hacia los casos de abusos sexuales cometidos por miembros de la Iglesia. Seis meses después de que Benedicto le cediera el Trono de San Pedro a Jorge Bergoglio, estallaba el escándalo sobre abusos en el Seminario Menor de Paraná, cuyo acusado, el Prefecto Justo José Ilarraz, terminó condenado a 25 años de prisión aún no firme. La jerarquía eclesiástica lo había resguardado del brazo de la ley, manteniendo silencio hasta que el semanario ANALISIS de la Actualidad reveló detalles espeluznantes de sus aberrantes prácticas.

Monseñor Georg Gänswein –Prefecto de la Casa Pontificia y Secretario Personal del ex Pontícipe-, abordó descarnadamente esta crisis con palabras muy duras: “¡Cuánta suciedad en la Iglesia y entre los que, por su sacerdocio, deberían estar completamente entregados a él! ¡Cuánta soberbia! ¡Cuánta autosuficiencia!”. Otra frase muy significativa advirtió que “la Iglesia Madre nuestra, no se aparta espantada cuando las manos muy sucias de sus hijos la tocan ni cuando la incomprensión y malicia tratan de dañarla”.

No se es algo practicante. La fe y el compromiso bautismal no se fraccionan, como tampoco la entrega que debe ser total. Porque el amor de Dios es pleno e inagotable.

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