La levedad del verso orticiano

Orillar la obra poética de Juan Laurentino Ortiz es aceptar el llamado a un rito de iniciación, a una nueva manera de nombrar y sentir el universo. Es tan diáfano y seductor el paisaje lírico creado por el poeta que el lector, hechizado por rosadas claridades, se vuelve leve y entra en el río de la palabra que deviene en una corriente ininterrumpida donde la barca de la metáfora va surcando olas de imágenes sensoriales y frescas sinestesias. Leer es remar en un el caudal de palabras: adjetivos, exclamaciones retóricas, repeticiones, suspensiones.

 

Por Marta Ledri

 

El verso tiene la cadencia del agua viva. No hay estanques ni ciénagas. El mundo de Ortiz huele a mundo recién creado. La noche siempre tiene estrellas y los sauces transformados en sombras no atemorizan desde la ribera. Los márgenes de silencio del poema tienen la luz de las luciérnagas.

El lector va de la mano del poeta que lo introduce en otra manera de ver las cosas. Juanele nos cambia la visión de mundo y nos vuelve exigentes con la melodía del verso. Verso libre, liberado del corset de la métrica y de las hebillas de la rima. Verso desanclado, verso a la deriva. El verso orticiano es una túnica leve de seda y agua, de brisa y nube. Siempre deshaciéndose, siempre en movimiento, en constante regeneración. El verso está habitado por el ángel.

Juan L. Ortiz fue durante mucho tiempo un poeta local, regional y conocido en pequeños círculos a nivel nacional. Respetado en las tertulias capitalinas nunca se dejó impresionar por la fama ni por la tentación de mudarse fuera del litoral. Contemporáneo de Borges, de Girondo hizo su propia poética. La amasó con los elementos sustanciales que rodeaban su cotidianidad y los atravesó hasta convertirlos en una metafísica lírica.

La obra poética de Ortiz es vaga, difusa, evanescente y al mismo tiempo compacta al momento de coagular en forma. Agua y piedra. Con estos dos elementos el poeta sopla como un dios y crea un mundo sagrado, panteísta, donde la divinidad aletea en cada palabra, en cada realidad referida.

No hay motivos para clasificarlo, aunque esta posibilidad le daría a la crítica un campo más cómodo para el análisis, Juan l. Ortiz destella simpatías simbolistas e impresionistas. Música y luz y con ellos, un mundo que se escurre y al mismo tiempo que queda en el lector bautizado por la inspiración.

Leer a Juan L. Ortiz es como ir a un río y de regreso traerlo metido dentro de uno o ya no ser uno mismo sino el río…

 

 

Fui al río

Fui al río, y lo sentía
cerca de mí, enfrente de mí.
Las ramas tenían voces
que no llegaban hasta mí.
La corriente decía
cosas que no entendía.
Me angustiaba casi.
Quería comprenderlo,
sentir qué decía el cielo vago y pálido en él
con sus primeras sílabas alargadas,
pero no podía.

 

Regresaba

-¿Era yo el que regresaba?-
en la angustia vaga
de sentirme solo entre las cosas últimas y secretas.
De pronto sentí el río en mí,
corría en mí
con sus orillas trémulas de señas,
con sus hondos reflejos apenas estrellados.
Corría el río en mí con sus ramajes.
Era yo un río en el anochecer,
y suspiraban en mí los árboles,
y el sendero y las hierbas se apagaban en mí.
Me atravesaba un río, me atravesaba un río!

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