La mentira política

La modernidad (s. XV – XVIII) nos reconoció como individuos racionales y libres que contratamos para vivir seguros en sociedad bajo el poder de un Estado basado en la Ley. En este esquema, lo ilógico, lo arbitrario, lo absurdo, la mentira, no es admitida. Pues no contribuye a la paz social.

Por Fabián Otarán


En su deber ser, el sistema democrático impone una lucha leal entre los competidores basada en la verdad de las consignas y en la congruencia entre la conducta pública y privada de los postulantes. Pero la experiencia nos revela que algunos políticos tratan de imponer su discurso “per fas et nefas”, de modo licito o ilícito. Y si la democracia es aceptar a todos y cada uno, es obvio que también hay que tolerar al mentiroso.

Duele constatar en nuestra vida social y política, polarizada entre la última mayoría (51,40%) y la primera minoría (48,60%, 2015), que la violencia física, verbal y la burda mentira se consideren herramientas válidas para disputar la preferencia electoral. Desde cortes de calles hasta operaciones de prensa, hay todo un abanico de conductas no solo inmorales, sino ilícitas. Lo ilícito se combate con la justicia. Pero lo inmoral es responsabilidad nuestra rechazarlo.

El periodista Hernán Brienza justificó la corrupción como modo de conseguir fondos para que los no pudientes puedan hacer política; un ex ministro anuló las estadísticas y dijo que en Argentina había menos pobres que en Alemania; la ex presidente truchó los zócalos de una publicación y acusó a cuatro periodistas de organizar una marcha en su contra; ahora se descubrió que hay un ejército de trolls (provocador de Internet) preparados para lanzar una embestida contra el gobierno nacional con la etiqueta “#ElFracasoDeMacri”.

Pareciera que se pude decir cualquier cosa, y “El discurso -como decía Rousseau-, termina convirtiéndose en vehículo de engaño para impresionar la conciencia de los ingenuos, teniendo en cuenta que la ingenuidad no es privativa de alguna clase social en particular. Son estas características las que instalan definitivamente la incertidumbre en el juego democrático. Y es con ella con la que, en el fondo, debemos lidiar”.

La mentira como herramienta política ya la había empleado el ministro de propaganda nazi Joseph Goebbels, que decía: “Miente, miente, que algo quedará”. Entre nosotros, el ex presidente Menem reconoció que “Si les decía la verdad, no me votaban”; y Navarro en C5N, dijo que “Ganó Scioli”. Y hay muchas otras mentiras que son repetidas a diario por otros caciquejos políticos, por ejemplo, “Macri es mi límite”, dijo un político radical entrerriano y al otro día que ganó Macri asumió como funcionario suyo. Muchas de estas farsas darían risa si no fueran la expresión de una voluntad antidemocrática que menosprecia la capacidad de comprensión de la gente.

Abrham Lincoln nos previno: “Se puede engañar a todo el mundo algún tiempo… se puede engañar a algunos todo el tiempo… pero no se puede engañar a todo el mundo todo el tiempo”. En definitiva, la mentira no se sostiene y termina por rendirse a la realidad. Pero para comprobarlo hay que tener paciencia …

El desafío es no desfallecer, y frente a la problemática de la falsedad, profundizar la actividad política. Comprometerse con la verdad y dar el propio testimonio. Saber que la política transcurre dentro de los partidos políticos, que ellos tienen un cuerpo doctrinario, el ejemplo de sus líderes y la actividad de sus militantes; que allí se cumple con una formación personal y con trabajo social, auscultando la sociedad y debatiendo con otras fuerzas políticas las mejores propuestas para el bien común. Todo lo que así maravillosamente sintetizó el Dr. Moisés Lebensohn: “Doctrina para que nos entiendan, conducta para que nos crean”.

La mentira política es el huevo de la serpiente que inevitablemente incuba la democracia en nombre de la igualdad y pluralidad. Pero que haya que convivir con ella, no quiere decir rendirse. La verdad debe ser alcanzada por la seguridad que nos da lo cierto. Por la estabilidad de lo verdadero. Porque los conductores honestos y responsables deben ser distinguidos de los profetas falsos. Porque hay una verdad última que buscan los filósofos; otra que buscan los científicos en los departamentos de investigación universitarios; y una más pequeña, pero igual de valiosa, la verdad tuya y mía, y la de todos los que creen en esta empecinada convicción de la existencia. Esa verdad que nos motiva y nos alimenta, que cada día guía nuestros actos y alienta nuestro esfuerzo y nuestro corazón, que repudia lo falso en cualquiera de sus manifestaciones. Fundamentalmente, repudia la mentira política porque daña la paz social y es fuente de frustraciones para el pueblo.

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