La mujer sin miedo

Como si se tratara de una suerte de epidemia, que tuvo como disparador un grave hecho ocurrido en el exterior hace años pero revelado semanas atrás, surgieron cual marea en todo el país innumerables casos y su consiguiente y merecido repudio. 

 

Luis María Serroels
Especial para INFONER

 

Se está ante una realidad que permanecía larvada precisamente por las características altamente traumáticas de estas prácticas insanas y abominables desde donde se las observe.

A partir de allí, todos los medios gráficos, radiales y televisivos (no exentos algunos de la pésima e innecesaria costumbre de indagarles a las víctimas datos pormenorizados y truculentos de los momentos sufridos) fueron llenando sus espacios a medida que las mujeres, ayer sometidas por el machismo irracional, tomaron fuerza y decisión, dejando sobre el tapete situaciones que se suponían existentes pero que contaban con el silencio temeroso y no menos doloroso de quienes, avasallado su pudor, arrastraban un calvario imposible de dimensionar.

No debe soslayarse que mucha prensa argentina no requiere de demasiados motivos para adquirir color amarillento, que se afianza en la medida que cierta sociedad mojigata no se atreva a comprometerse ignorando situaciones descalificadoras contra la moral. Que tarda muy poco en borrar de su agenda cotidiana una premisa tan antigua como el mundo: “Hoy por tí y mañana por mí”. En buen romance: “Lo que a mis semejantes les sucede a mí también me podría ocurrir”.

Si algún organismo específico del Estado se hubiera propuesto actualizar estadísticamente los casos de abuso en su abanico de repugnantes manifestaciones, por parte de desconocidos o encumbrados en tal o cual profesión circunstancial que cual fieras al acecho persiguen a sus víctimas hasta someterlas, como respuesta afloraron por estos días situaciones que como reguero de pólvora se esparcieron por todas las latitudes generando que los miedos se dejen de lado y adquieran una proyección hasta hoy inimaginable.

El despreciable sujeto sabe qué planes pergeña contra la integridad sexual y qué elementos sorpresa les son útiles, a la vez que dan por descontado que sus inocentes destinatarias sucumbirán presas de los efectos paralizantes de tanto atropello. Es el instante elegido, es el instinto animal contra el pudor de una mujer, es la vergonzante arremetida que se vale de la disparidad de fuerzas, pero además –como un denigrante accesorio a favor-, cuentan con el silencio de las sometidas en una mezcla de estupor, dolor, vergüenza y pérdida del derecho a su autodeterminación y libertad de elegir.

Lo que para el cobarde atacante no pasa de ser sólo unos minutos de placer, para la mujer sojuzgada se convierte en un sufrimiento a partir de su voluntad aprisionada por la fuerza bruta de un degenerado. No pocas veces ello parte de personas de confianza y hasta familiares que preparan el instante oportuno meticulosamente.

Muy distinto a las fieras, porque éstas responden a instintos naturales y sus ataques son motivados por una necesidad alimentaria, la defensa de sus cachorros o de su porción territorial. La naturaleza les asignó la lucha feroz cuando dentro del reino animal estableció la cadena trófica como manera de supervivencia de las especies.

La pública confesión y denuncia con nombre y apellido contra una exitosa figura del teatro y la televisión por parte de una otrora integrante de un elenco que visitaba Nicaragua, originó en todos los ámbitos un sentimiento de asco, que se multiplicó hasta darle forma a un movimiento espontáneo en su origen pero avasallante con el correr de los días.

Impensadamente se produjo un curioso fenómeno: esta reacción permitió poner en la consideración general identidades con roles diferentes pero similares actos repudiables. Como si se tratase de un censo, fueron surgiendo nombres de abusadas y abusadores. De quienes se armaron de valentía y quienes jamás imaginaron semejante cruzada reparadora de su integridad al menos con el brazo de la justicia y la condena social aplastante y perdurable. El agresor del pudor femenino ha contado siempre con elementos favorables como garantía de impunidad: el engaño, la sorpresa, la disparidad de fuerzas físicas y silencio de quien sucumbe bajo sus asquerosas acciones.

El mundo de la farándula no es destinatario exclusivo de estos abusos. En cualquier ámbito pueden darse. Hasta en el Congreso Nacional se ha denunciado un caso y no deja de llamar la atención que mientras el acusado no se amparará en sus fueros, hay quienes se cobijan en ellos a la hora de responder por haber saqueado las arcas estatales.

Los ataques de amnesia que nunca demoran en aparecer en las mentes débiles, quizás busquen alejar de la agenda diaria este tema que ha conmovido a millones de compatriotas. Pero la valentía de las mujeres ya quedó asentada como un alerta, a lo que sucederán las previsibles condenas judiciales. La cárcel no cambia las mentalidades putrefactas pero servirá al menos para hacer desistir a los inmorales que pululan en la sociedad. La dureza judicial es un instrumento inmejorable para ello.

La mujer, en todo el maravilloso alcance del término, ha sido partícipe de la mitad de la historia de la humanidad. Y aunque la procreación es un acto compartido con el hombre, es ella la que mantiene en su seno durante nueve lunas al ser que dará a luz. Y cuidará sus vástagos con bondadosa calidez, fresco entusiasmo, genuina alegría y amor ilimitado.

A la mujer no se la somete, se la conquista, se la protege y se la respeta en sus gustos, sus deseos y su plena libertad. Ello supone además valorar sus iniciativas, sus principios y su escala de valores. Sus opciones sexuales deben aceptarse como parte de su libertad personal. Su legítimo derecho a la búsqueda de la felicidad –precepto ya incluido en el Preámbulo de la Declaración de la Independencia de los Estados Unidos en 1776- no admite obstáculos ni restricciones y jamás debe ser considerada una servidora del hombre sino un ser guiado por su propia inteligencia creadora, independencia para discernir, facultad para decidir e imaginar su destino con plena legitimidad para edificar su propio futuro. Para unirse en pareja y, si es su deseo, procrear hijos para llenar su alrededor de risas y algarabía o renunciar a ellos por propia voluntad. Su potencial instinto maternal, con todo lo que esto ha significado a través de los tiempos, es un don que por algo le fue concedido.

El ¡basta a la violencia de género! no es otra cosa que una advertencia dirigida a terminar con el maltrato y a la vez honrar el sitio que merecidamente ocupa dentro de la sociedad. Cuando dice no, es no. ¿Resulta tan difícil de entender? Ello entraña hacer respetar su libre determinación, la amplitud de sus derechos en igualdad con el hombre y su innegable percepción de la vida, del amor, de la familia y del bien ganado rol en la siempre difícil tarea de la convivencia en paz.

El dolor íntimo y callado –experiencia que las denunciantes de hoy debieron soportar y cuya dimensión no tiene forma de ser mensurada- es un elemento formidable para desentumecer a los poderes públicos, que muchas mujeres de cualquier edad sabrán agradecer para dejar de ser potenciales abusadas. Y además hacer reflexionar a los depravados seriales. Sus “hazañas” vulneran los derechos humanos y han alcanzado por estos tiempos características de pandemia. Ello se debe extirpar de raíz.

La tan anacrónica como injusta idea machista de que la mujer es una mera auxiliar del hombre se esfumó ante la verdad revelada de que es ni más ni menos que una protagonista del devenir del mundo, con sensibilidades especiales, increíble intuición e inteligencia a toda prueba. Generadora de grandes cambios en las ciencias, las artes, la política, la literatura, el deporte y mucho más, terrenos éstos en que muchas veces lo supera. La obtención del Premio Nobel no le ha sido ajena desde su creación, como asimismo otras distinciones internacionales y descubrimientos prodigiosos. Su enrolamiento en las Fuerza Armadas y de Seguridad es un hecho enormemente positivo y muchas profesiones otrora vedadas por la mezquindad y la terquedad masculina, hoy son una realidad que a nadie puede sorprender. Su condición de hacedora del milagro de la vida, su ternura innata y su valentía y sacrificio cuando se los requiera, expresan la dimensión de la mujer.

No sería justo que todos los varones entren en estado de sospecha, en cambio sí lo sería que todos los abusadores entren en estado de terror y espanto imaginando un seguro destino penitenciario.

“Ante las atrocidades tenemos que tomar partido. El silencio estimula al verdugo”, escribió el escritor estadounidense y Premio Nobel de la Paz 1986, Elie Wiesel. Y el gran escritor uruguayo Eduardo Galeano, nos dejó un pensamiento invalorable: “Al fin y al cabo, el miedo de la mujer a la violencia del hombre, es el espejo del miedo del hombre a la mujer sin miedo”.

Comentarios

About the author  ⁄ Infoner