La venganza de mi ex

Por Eugenio Jacquemain.
Historia basada en hechos reales

 

Jorge era un laburante común. Se levantaba temprano por la mañana, trabajaba durante el día y noche por medio se juntaba con sus amigos.

En junio 2014, los encuentros prometían incrementarse debido al Mundial de fútbol que se realizaba acá nomas, en Brasil. Los sueños que Jorge tenía de ir a presenciarlo se truncaron enseguida, el Real estaba caro, se necesitaba mucha plata y autorización del trabajo.

De modo que él y sus amigos se juntarían a ver por televisión todos los partidos de Argentina y de sus posibles rivales según el cuadro que le tocaba, una cábala que en 1990 dio resultado, salvo durante la final cuando el gordo Raúl se empachó con una sobreingesta de salchichas, faltó a la definición, y perdió Argentina.

La cosa venía bien aquel junio, 2 a 1 a Bosnia y 1 a 0 a Irán… Tocaba Nigeria, acá nomás: en Porto Alegre, ciudad que a Jorge no le resultaba desconocida ya que había ido junto con Roberto, su amigo dueño de una empresa de turismo, un par de veces antes.

Pero unos días antes surgió problema que llevaría a Jorge a romper la cábala. Roberto lo invitó a ver Nigeria -Argentina en Porto Alegre. “Tengo un lugar en el micro y todo allá, no tenes que poner un peso, dame los datos que los paso porque hay admisión previa en aduana” fue el claro mensaje que recibió.

Al principio encontró resistencia en la barra, mezcla de superstición por no romper la costumbre y de envidia. Se juntaron con unas pizzas y gaseosa, prohibieron ese día la cerveza para evitar que copa más copa menos, las palabras suban de tono. Era entendible, una cábala no se debe romper ni aún corriendo riesgo de divorcio.

Raúl, el gordito, fue el que marcó el debate: “Loco, es el mundial, nosotros no podemos ir pero él sí, no seamos egoístas, hacemos una bandera con los nombres de los pibes, el escudo de San Lorenzo, y que la lleve”. Y así fue como autorizaron su partida.

El sábado siguiente, Sara, la hija del afortunado viajero cumplía años. Él se encargó del asado para los amigos de la joven y también se sumó a la comida que, si bien fue moderada, el abuso de los picantes le produjo a Jorge un agudo dolor de cabeza durante la mañana del domingo. Nada que dos pastillitas no puedan arreglar, pensó.

Esa tarde, cuando Jorge volvió a encontrarse con su hija, ella le dijo: “Papi, estás un poco verde en el cuello”. Él imaginó que era producto de su hígado y dejó pasar el comentario, total, ya se iba a ir, el miércoles era el partido, e iba a poder ver el Mundial de Fútbol por primera vez en la cancha y no a través de una pantalla.

Al día siguiente, a las siete menos cuarto ya estaba en el trabajo. Nunca llegaba antes pero era tal la ansiedad de charlar sobre el viaje que iba a emprender que casi no durmió. Ni bien llegó sus compañeros exaltados le preguntaron “¿Qué te pasó? Estás verde, el cuello… las manos…”. Jorge comenzó a a asustarse y decidió ir a la emergencia, el médico mostró un gesto de extrañeza al verlo y le preguntó “Che, ¿te volviste marciano?, “Hace  urgente estos análisis, puede ser cirrosis o pancreatitis”. Jorge, preocupado, pensó en los asados donde tomaba pero nunca en exceso.

En el laboratorio lo atendió el bioquímico de siempre. Durante la extracción de sangre, charlaron sobre el inminente viaje de Jorge y el profesional le recomendó que lo anulara. Fue lapidario: “Pancreatitis. Un mes de reposo y cero comidas compuestas, ni loco hagas el viaje”. Un tanto impactado, Jorge emprendió el regreso a su oficina para esperar el resultado que estaría al mediodía. En el camino habló con su amigo, el de la empresa de Turismo, para suspender el viaje. Vanos fueron los intentos de Roberto para que su amigo postergue la decisión. “Hasta la medianoche puedo avisar que no viajas”,  le decía, sin embargo, no pudo convencerlo. Así que, chau sueño mundialista.

Llegó a la oficina, se sentó frente a su computadora y escribió en el buscador de Google los nombres de las dos enfermedades posibles. A medida que se enteraba de los síntomas que adquiriría, de una y de otra, su cabeza ya internalizaba cuánto tardaría en curarse y las prohibiciones de ahí en más en la forma de alimentarse. Sus amigos apenas lo contenían. Uno le dijo que si se bañaba, el cuerpo se refrescaría: ·El color se te pone más tenue, no es amarillo verdoso, sino más suave”. Fatal descubrimiento, eso mismo había notado la noche anterior luego de bañarse, pero al despertar estaba más verde que nunca.

Llegaron las doce y el frustrado Jorge se dirigió al laboratorio. Su conocido lo calmó: “No hay nada que indique ninguna, pero sí tenés un problema hepático”. De ahí, literalmente, voló hacia el médico que lo esperaba, sus palabras fueron tranquilizadoras: “Cuidate, no hay nada importante pero es raro el color, quizás una alergia a ropa nueva o a algo más”. Jorge lo miró y le preguntó si podía ser alguna enfermedad que viniera de un animal, ya que su perra Panda, que solía dormirse a veces a su lado, también estaba con mechones verdosos. “No creo”, fue la sintética respuesta que tampoco lo dejó tranquilo.

El trayecto hacia su casa añorando el viaje inconcluso, se hizo corto. No paraba de pensar en lo que le había dicho el médico… ropa nueva… hacía meses que no compraba… y si era por la ropa, ¿por qué Panda también tenía esa coloración azulada verdosa?

Cuando abrió la puerta de su casa, notó que la pequeña y saltarina compañera, que había quedado dentro del domicilio por el frío, había cambiado sus manchas blancas ya por un azul intenso. La cabeza trabajaba a mil, el viaje perdido, la alergia, los análisis, los médicos, el viaje perdido nuevamente, todo eso en el camino a la pieza para asegurar algo recordando las palabras del médico que resonaban en sus oídos. “Alguna ropa nueva”.

La puerta de la habitación estaba entreabierta y en la cama una especie de hundimiento semicircular, clásico donde momentos antes ha dormido un perro. Y allí, además de la prueba del delito canino estaban las sábanas nuevas, regalo reciente de su ex esposa, de un fuerte color azul que brillaba más que nunca.

Ene se momento vinieron a su memoria las clases de Plástica, en la secundaria, “azul más amarillo: verde”. Su ataque hepático se había aliado en un cruel pacto con las sábanas nuevas con el solo objetivo de impedirle ver el mundial.

 

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