Laos: viviendo cuentos chinos

                                                       

Estoy en el living de un hostel en Luang Prabang, la ciudad más pintoresca de Laos. Acabo de visitar las Cataratas de Kuang Si, un espectáculo de la naturaleza tan perfecto, que parece una escenografía construida por el hombre. Frente a mí, sentado en una silla, hay un chino que fuma como un escuerzo y bebe cerveza natural. Toma la iniciativa para conversar y me pregunta de dónde soy. Al contestarle, reacciona de la misma manera que lo hacen la mayoría de los asiáticos: “¡Oh Argentina, Messi Messi!”.


Por Martín Davico

A pesar de nuestro espeso inglés, logramos tener una comunicación fluida. Se presenta como Tao y me cuenta que es de Pekín, economista, y que está de vacaciones por unos días. Tenemos una conversación azarosa que toca superficialmente los temas por los que vamos pasando. “China ha crecido vertiginosamente en las últimas décadas, y en diez años superará a Estados Unidos” dice el joven pekinés. Se olvida en el cenicero el cigarrillo que está fumando, enciende otro, y sigue hablando: “Tengo treinta años y no sé lo que es votar, en China no tenemos elecciones. Siempre está el mismo gobierno”. Le contesto: “Lo único positivo en eso es que se ahorran las campañas electorales. Se han vuelto un tedio para la gente”. Termina la botella de cerveza y destapa otra haciendo palanca con sus muelas. Sin aclararle que soy dentista, le advierto: “Por hacer eso una amiga mía terminó con más de una muela rota ”. Hace oídos sordos a mi comentario y sigue: “Como la economía va bien, la mayoría de la gente apenas se interesa por los asuntos de la política”. En eso, se acerca otro chino, intercambia unas palabras con Tao, y sin siquiera mirarme, se queda inmerso en el mundo de su teléfono. Continúo la charla con mi interlocutor que ahora me cuenta: “China nunca necesitó tener colonias para valerse por si misma. En cambio, las grandes potencias han tenido colonias a las que les han saqueado, como por ejemplo Inglaterra en la India o Francia en Indochina”.

Tao tiene ahora una tos persistente y seca. “No lo sé”, le digo, “pero tal vez China vaya colonizando de otra manera. En mi ciudad natal, por ejemplo, los chinos han abierto supermercados por todas partes. Les va muy bien porque son muy baratos, muy eficientes, y están siempre abiertos. Por desgracia, los pequeños almacenes de toda la vida no soportan esa competencia y ya son una especie en extinción”. Y agrego bromeando: “No sería descabellado imaginar que acaben comprando viejas fábricas para transformarlas en templos budistas. La tendencia a que todo el mundo practique yoga puede hacer de Buda un gran negocio”. Tao me contesta sonriendo: “En la vida todo es posible. Los chinos sabemos de eso”.


A la mañana siguiente preparo mi mochila para partir hacia Vang Vieng, ciudad en donde pasaré una noche, antes de viajar a Vientiane, la capital de Laos. Tomo el desayuno mientras calculo los kilómetros que separan una ciudad de la otra. En eso, aparece Tao con cara de dormido y me dice: “Fue interesante la conversación de anoche”. “¿Por qué no me dejas tu contacto?” le digo “¿Tienes Instagram o Facebook?”. “No, no” me dice “en China están prohibidas esas cosas. Te puedo dejar mi correo electrónico…”
Viajo atravesando un paisaje montañoso, y sigo descubriendo que esta parte de Laos apenas tiene llanuras. Las laderas de las montañas está cubiertas de maizales, y de plantaciones de arroz que se están poniendo amarillas. Hay árboles que sobresalen como altos edificios y todo se ve de color verde, muy verde.


Un repentino e inesperado chaparrón me obliga a parar durante una hora en un precario puesto de comidas. Me siento en un banquito con unos laosianos que toman cerveza (siempre caliente) alrededor de un pequeño brasero. Me ofrecen un trozo de carne asada que ya está fría y que prefiero no aceptar. Apenas podemos intercambiar unas palabras por la barrera del idioma. La lluvia termina y retomo el camino.


Sigo el viaje entre camiones que ralentizan el tráfico y que me hacen tragar tierra. A mitad de camino, en plena montaña, la rueda trasera de la moto queda repentinamente bloqueada y no puedo continuar. Algo se ha recalentado en el sistema de los frenos y no sé qué hacer. Levanto la mirada y, por gracia divina más que por azar, a unos cien metros, hay dos camiones de carga estacionados en la banquina. Me acerco a pedir ayuda. Se trata de dos camioneros chinos que han parado a comer. No nos entendemos una sola palabra y hablamos a través de señas. Uno de ellos trae su caja de herramientas y luego de varios martillazos logra desbloquear la rueda. Cuando me despido les doy las gracias, me persigo ante ellos y señalo al cielo. Uno de los camioneros se ríe y hace el mismo gesto como diciendo: “Ahora reza para que la rueda siga funcionando”. Retomo mi camino siendo consciente de la suerte (toco madera) que voy teniendo en estos cinco meses de viaje por el sudeste asiático. Esta vez fueron dos chinos los que me sacaron las papas del fuego.

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