Las palabras no son inocentes ni impunes

La construcción de realidades durante el conflicto por la pastera Botnia.

 


Por Verónica Toller

 

La palabra es la resistencia contra los depredadores del alma y del pensamiento. Ejercer la palabra es luchar contra la jibarización del pensamiento. Quitarnos la palabra es acortarnos el territorio del alma, la superficie del ser, del qué y quiénes somos. Sabina Melchiori habla de eso y de mucho más en su primer libro, “Babel”, alusión a la metáfora bíblica de la confusión de voces y conceptos, justamente entre quienes construían una gran torre. Tan alta como la chimenea de Botnia. Tan atomizadora como la planta industrial de la pastera. Es que las palabras no son inocentes ni impunes, diría Saramago. Y los periodistas lo sabemos. Los periodistas, que de un lado y otro del río Uruguay, pintamos la misma realidad desde una dicotomía, por mucho tiempo, irreconciliable.

Año: 2007. Fecha: tres últimos meses. Lugar: la orilla oriental y occidental del río Uruguay. Conflicto: la instalación de una planta pastera de dimensiones únicas junto a dos ciudades, Fray Bentos y Gualeguaychú. En dos países distintos pero casi iguales. Con dos poblaciones hermanas que se volvieron enemigas. Con un mismo objetivo: defender lo propio, pero que desde cada orilla se leía de un modo absolutamente opuesto.

Sabina Melchiori es una periodista de raza, no sólo de profesión. Acaba de publicar “Babel” y pone la lupa allí en ese conflicto y ese lugar, en esa fecha. Su análisis es puntual: disecciona hechos y momentos desde las palabras. Es que –aunque parezca extraño dicho de esta forma-, los seres humanos construimos todo desde las palabras. Porque antes de la palabra está el concepto (más extenso que la palabra que lo suplanta en el habla cotidiana), y antes del concepto está la idea (que trabajó hasta llegar al concepto). Y antes de la idea está la búsqueda, la pregunta, los porqués, el perseguir el ser de las cosas, bucear, querer saber, preguntar, reconocer lo que es, lo que ES, más allá de nosotros mismos o de lo que queremos o creemos ver.

Entonces, si digo “piquetero” o digo “vecino”, estoy representando un concepto, una idea, una búsqueda, una concepción del mundo cercano y de los seres que veo circulando en él. Si digo “ambientalista” y “asambleísta” o si digo “activista”, estoy pintando mundos. Que son mundos diferentes, aunque se refieran exactamente al mismo objeto. Esto fue lo que pasó durante diez años o más en la frontera uruguayo-argentina a raíz del conflicto por la instalación de la pastera Botnia. Y antes que esta, por la primera pastera que no llegó a radicarse pero que hizo lo suyo abonando el conflicto, ENCE, la española.

El conflicto se globalizó de tal modo que hubo un rey que ofició de mediador, una frontera –insospechada- que fue militarizada temiendo que el diferendo llegue a la violencia armada, una ruta cortada en suma por más de cuatro años –el mayor tiempo de interrupción de una vía de comunicación que se registra en el mundo-; hubo negociaciones en cancillerías, legislativos, en la ONU, en la banca internacional, en Finlandia, en España, en Uruguay, en Países Bajos, en estados Unidos, en Uruguay, en Argentina, en Chile; marchas de hasta 130 mil personas por un tema ambiental –no hay parangón en la historia de las luchas ambientales-, un juicio en una corte internacional. Y hubo más, cien veces más. Hubo personas. Gente involucrada, destinos amenazados, trabajos perdidos, fuentes laborales cerradas, contaminación. Hubo enojo, acusaciones mutuas. Todo ello, retratado por los periodistas.
Nosotros.

“El libro es un ensayo que surge de mi tesina de Periodismo, la cual consistió en un análisis del contenido de las noticias publicadas en un diario de Gualeguaychú y otro de Fray Bentos”, explica Sabina. “Encontré que cada orilla usó palabras antagónicas para describir lo mismo. Como si te dijera que ambos, ahora, miramos una casa que tenemos ante las narices, pero vos decís es roja y yo sostengo que es azul. La casa sigue siendo la misma. ¿Será que tiene habitaciones rojas y habitaciones azules? ¿Será que de día se ve de un color y la noche la torna oscura? Porque es la misma. ¿Cómo es posible verla de dos formas tan opuestas? Es lo que sucedió con el conflicto”.
Para los periodistas de la orilla occidental, los gualeguaychenses eran “vecinos”, “asambleístas”, “ambientalistas”, gente comprometida con una “lucha por la vida”, por el medio ambiente, por la calidad de una comunidad. Y para los periodistas de la orilla oriental, eran “piqueteros”, “activistas”, gente violenta que venía a amenazarlos y a entrometerse en terreno y decisiones ajenas. Unos reflejaban al gobierno uruguayo como violador de tratados; los otros, como defensor de la libre decisión de su pueblo. Se hablaba de “resistencia civil pacífica” de un lado, y de “violentos peligrosos” del otro. “De “corte de ruta, trinchera de Arroyo Verde” o de “piquete”.

Y la gente, los lectores, consumían una u otra mirada, y confiaban en los emisores.

¿Qué hacíamos los emisores? El libro de Sabina Melchiori lo analiza. Es un libro fluido, ameno, documentado. Tienen calidad narrativa además de profundidad de análisis. ¿Cuál fue la relación entre realidad y narración? ¿Los periodistas se movieron por motivaciones éticas, por razones territoriales, por objetividad, subjetividad? ¿Qué pasó con el relato de las investigaciones? ¿La palabra estuvo condicionada por el poder?

El deber del periodista es informar. Informar de manera que se ayude a la humanidad, decía Kapuscinsky. Y es que un mundo diferente no puede ser construido por personas indiferentes. “El periodismo es un instrumento para pensar, para crear, para ayudar al hombre en su eterno combate por una vida más digna y menos injusta –escribió una vez el gran periodista argentino Tomás Eloy Martínez-. Afirmemos, entonces, nuestro derecho a reclamar un mundo que no se parezca a ningún otro y pongamos nuestra palabra de pie para crearlo”. Pero en esa creación, en esa construcción con palabras, los periodistas debemos atenernos a la realidad, a la investigación. A reflejar lo que vemos y opimos y desentrañamos aunque no se vea ni se oiga.

En mi caso (y Sabina lo incluye en su libro), me correspondió la tarea de narrar el conflicto, reflejar lo que sucedía para dos públicos diferentes: el público local desde las páginas de El Día de Gualeguaychú, y el público nacional e internacional desde diario Clarín. Durante 12 años cubrí este conflicto, desde su inicio (recibí a los dos primeros andantes del tema, Pedro Pavón y Alejandro Gahan, y a las dos primeras uruguayas preocupadas por ENCE, Julia Cóccaro y Delia Villalba). Leo “Babel” y vuelvo a andar por la ruta, vuelvo a estar en el Teatro Gualeguaychú, en Fray Bentos, en el parque verde de ENCE o en aquella Botnia que recién comenzaba a levantarse; vuelvo al noveno piso de la empresa en Helsinki y oigo a Eriki Varis cuando me dijo “El gobierno uruguayo jamás pidió que detengamos la obra”. Vuelvo a estar con el Rey Juan Carlos y a decirle “Vengo de la ciudad por la cual usted va a iniciar ahora una mediación”. Veo los cortes de Colón, Concordia, las marchas en lancha, el puerto de Ontur y la enorme militarización anti terrorismo. Recuerdo usar las palabras que menciona Sabina. Recuerdo, también entre las palabras, las cadenas de anónimos que ensuciaron más las relaciones mutuas. Recuerdo la primera entrevista a Carlos Faroppa, el ingeniero que lideró la primera etapa de la instalación de Botnia, y aquella respuesta en la sala del diario El Día: “Sí, Botnia va a contaminar… un poco…”.

Creo mucho en lo que afirmaba nuestro maestro de periodistas, el gran Kapuscinsky, en su libro “Los cínicos no sirven para este oficio”: “La noticia debe servir para aumentar el conocimiento del otro, el respeto del otro. Las guerras siempre empiezan mucho antes de que se oiga el primer disparo, comienzan con un cambio del vocabulario en los medios (…) Creo que para ejercer el periodismo, ante todo, hay que ser un buen hombre, o una buena mujer: buenos seres humanos. Las malas personas no pueden ser buenos periodistas. Si se es una buena persona se puede intentar comprender a los demás, sus intenciones, su fe, sus intereses, sus dificultades, sus tragedias. Y convertirse, inmediatamente, desde el primer momento, en parte de su destino. Es una cualidad que en psicología se denomina «empatía». Mediante la empatía, se puede comprender el carácter del propio interlocutor y compartir de forma natural y sincera el destino y los problemas de los demás”.

“Las palabras no son inocentes ni impunes”, dijo José Saramago en 2004.
¿Qué pasó en este conflicto? Ja. Dejen que sea Sabina quien se los cuente. No voy a revelar el libro acá.
Pero les aseguro que vale la pena.

 

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