Latinoamérica está viva en la península del Yucatán

Multiculturalismo. Una Babel sin torre y sin la ira de los dioses emplumados que huyeron espantados ante los truenos que venían de la tierra.

 

Por Marta Ledri

 

Los venados miraron el cielo y sus ojos mansos se velaron de terror y heridos huyeron a lo más recóndito de la selva. Tepeu, desconcertado se cubrió con su armadura de relámpagos pero no disparó su serpentina azulada… La serpiente con ojos de obsidiana reptó con lujuria la piel de la tierra y se marchó con su arcana sabiduría. El maíz y los cacahuates no dejaban de nacer. Ixchel paría en medio de temblores…

Los arcabuces provocaron una huida en abanico de plumas y cantos. La humareda enturbió lo primigenio.
Rugió el jaguar, el águila sobrevoló las piedras calizas y antes de emprender su último vuelo se posó en uno de los miradores, miradores con dos ventanas por donde el sol se filtraba por uno para marcar el invierno; por el otro, para anunciar el verano…

Janaab Pakal vio caer una a una sus pirámides. Su cercado paraíso era pisoteado por hombres destellantes, malolientes, algunos con cuatro patas que hablaban una lengua desconocida. Todo lo saquearon, todo lo arrasaron.
El machete fue un péndulo filoso que tajeó la espesura. Corrieron las iguanas, chillaron los monos y en su hilaridad muchos fueron enjaulados. Irían por el mar a divertir cortesanas aburridas.

En el aire pegajoso se olía la muerte. Los patriarcas escondieron sus familias en la aguada frialdad de los cenotes. Las mujeres cargaban sus hijos a la cadera, otras los silenciaban con el pezón florecido; las vírgenes cautivas fueron violadas. No hubo manzana, ni tentación. El ángel con su espada de fuego nunca apareció y así aquel Edén quedó a merced de los otros. Esas vírgenes habían sido destinadas a ascender los 120 escalones y ofrecerse a los dioses, ahora mancilladas por el esperma avasallante serían esclavizadas como sus críos.

El hombre de hierro hacía una señal en el aire antes de matar. Primero del cielo a la tierra y luego de oriente a occidente. Fueron hogueras las chozas de caña y palmas. Resistieron, resistieron por siglos aliándose con otras tribus con las que antes comercializaban sus frutos.

Hoy Playa del Carmen, Tulum, Cancún, Cobá (agua con musgo) Cozumel (tierra de las golondrinas) a 500 años mantiene el sustrato vivo, latente, palpitante en la fisonomía de sus hombres, en la lengua coloquial usada en la intimidad de sus humildes casas. Están vivos como las aguas dulces de los Cenotes, como el rubio sargazo que espina la orilla tal vez por temor a que regrese la bota aplastante, como las golondrinas que migran cada día a sus trabajos de la Quinta avenida y regresan cada noche a comer su tortilla de maíz.

Latinoamérica está viva en la península del Yucatán. Los tres días que dura la Fiesta de difuntos salen con sus comidas y tras ella un rastro picante inunda las calles. Van a alimentar a sus muertos, a sus penates, como antes lo hicieron con su sangre a los dioses. Inmersos en una Babel posmoderna conocen todas las lenguas pero piensan y rezan en maya. Bautizan en maya. A Itzé le faltan dos meses para nacer, su nombre significa “Amanecer”. Su madre reparte sonrisas en un gran mercado de artesanías. Íntimamente sabe que su hija lleva la sangre del jaguar y la serpiente. Yatziri, mira con asombro las luces que no opacan la propia, “doncella de la luna”.

Están a la espera de la serpiente, del jaguar, del águila. Volverán sus dioses a vengarlos de tanta explotación. Mientras esperan y sufren, Lidia Verenice con sus cuatro hijos espera que se apacigüe la vida nocturna, que las luces se debiliten, que las fuentes artificiales se aquieten y revuelve tachos de residuos, se para en restaurantes y drugstores y acopia latas de cervezas y gaseosas por las que le darán algo que solo le alcanzará para comer un día. La Conquista no ha terminado. Los dioses se rearman lejanamente pero los cráneos, coronados de flores, Madame La Morte y la Bella Mujer de Juan Diego les mantienen viva la esperanza. Son los hombres de maíz, endurecidos bajo el sol y con el corazón blando. Son el oro que no pidieron fundir en lingotes y llevarlos al viejo mundo.

 

Marta Ledri

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