Legitimando lo inhabitual

El 15 de agosto de 2018 publicábamos en este sitio una columna donde celebrábamos el rechazo legislativo al proyecto de declarar la legalidad del aborto. Es poco habitual reiterar una nota, de allí que nos limitaremos a ciertos párrafos que afianzan la justicia de aquella sabia decisión. ¿Porqué nuestra insistencia? Simplemente porque a propósito de una nueva celebración del Día Internacional de la Mujer, las organizaciones feministas han insertado entre justas y legítimas demandas reivindicativas, la legalización del aborto libre y gratuito. No bastaron las razones contundentes llevadas a las bancas, que no han cambiado sino que cobran mayor fortaleza.

 

Luis María Serroels
Especial para INFONER

 

La celebración de marras siempre ha sido propicia para la reflexión y el balance sobre distintos logros, que no hacen más que aumentar la trascendencia alcanzada en el desarrollo de la historia universal y en todos los órdenes. La mujer ha sido copartícipe con el hombre en prodigiosos avances a través de todos los tiempos y de todas las actividades humanas. Que sus dirigentes consideren llegado “el momento de afianzar la lucha por sus derechos”, es tan justo y respetable como lamentable que a esta altura se deba seguir insistiendo.

Hoy asistimos a un aumento de femicidios (40 en lo que va de 2019) y ataques violentos que sobresaltan a la sociedad y exigen políticas más férreas. Es ridículo que a los golpeadores se les impongan medidas restrictivas para no acercarse a sus víctimas, pero no se apostan guardias que garanticen su protección. Se trata de cuidar a una mujer golpeada, no a un depósito de quesos. En vísperas de una nueva celebración, se instala el replanteo de un tema que hace un año, tras ruidosas movilizaciones y largos debates entres ambas posturas, desembocó en el rechazo a una cuestión imprudentemente lanzada por el presidente Mauricio Macri. Una pretensión ciertamente extraña en tanto se enfrenta un año en que la lucha electoral calienta los motores de la dirigencia y la sociedad para otros andares. Una nueva lucha entre pañuelos verdes y celestes, no sería una buena decisión.

 

Estos párrafos derivaron de aquella histórica sesión:

La sensatez consagró el triunfo de la vida

 

(Ago 15, 2018) – Si la sociedad argentina se hubiera resignado a aceptar pasivamente como normal que grupos de mujeres organicen ruidosas concentraciones en demanda de la legalización de la eliminación de inocentes niños por nacer, se habría convalidado la pena de muerte. Pero también se habría incurrido -los legisladores responsables en primer término- en desobediencia al texto constitucional y a pactos internacionales que privilegian la vida del nonato que ya goza de todos los derechos en cuanto es persona desde el instante mismo de la concepción.

Hay que dejarse de groseros eufemismos. Interrupción voluntaria del embarazo equivale lisa y llanamente al cese de una vida en gestación y eso es el peor de los homicidios porque la víctima no tiene la más mínima posibilidad de defenderse.

Nuestra Ley Suprema es clara y terminante en su artículo 75: no aconseja, no sugiere sino que ordena preservar el desarrollo del niño desde la concepción. Quienes pedían aborto legal, seguro y gratuíto, lo hacían nada menos que exigiendo que la ley les otorgue potestad para tronchar una existencia (es decir, impedir que algo se haga o desarrolle) sin reproche alguno. Hablamos de un ser humano desprovisto de toda posibilidad de evitarlo.

 

Fuente de foto: Revista cactus

 

En la otra vereda, voces que celebraban las dos vidas: madre y vástago, aguardando el milagro de las nueve lunas. Dos caras de una moneda acuñada por políticos que extraviaron toda noción del valor del ser humano (pleno y con todas sus facultades que quiere salir al mundo) y cuya otra cara muestra un principio que todas las naciones ubican en primer lugar: el derecho a la vida. Colisionaron las aviesas interpretaciones de un falso y no concedido derecho y la rotunda e irrebatible certeza –científicamente respaldada- de que hay vida desde el inicio mismo del embarazo. El haber integrado a las marcha a niñas menores de 15 años no fue una idea acertada.

¿Seguirán atacando a la Iglesia Católica quienes sostienen que defender tan sagrada causa es cosa de los curas? ¿Tomaron nota de que creyentes de otros signos religiosos también desbordaron calles y plazas del país exigiendo que se preserve la vida como bien divino en tanto creación de Dios?

El sacerdote Fabricio Melchiori nos acercó algunos aspectos de la visión antropológica del aborto del filósofo Julián Marías, quien se aferró a un juicio muy simple: “Ni hace falta apelar a lo religioso tratándose de un tema tan elemental de la condición humana”. Y añadió que “en todos lados, en la isla remota y en el centro de Manhattan; en la selva y en Buenos Aires, el hombre distingue entre qué y quién; entre algo y alguien; entre nada y nadie”. Y remató reflexionando que “con esta distinción, el hijo no es una cosa de sus padres, no es un qué, sino es un quién, alguien al que se puede nombrar, decirle tú y que pasado el tiempo podrá decir de sí mismo yo (…) el feto no pertenece a la madre, está encajado en el vientre de la madre, pero una mujer nunca dirá <mi cuerpo está embarazado>, sino estoy (yo, personalmente) embarazada; <voy a tener un niño> y no “tengo un tumor”.

Llamar al aborto “interrupción voluntaria del embarazo” hizo que Marías sugiriera llamar al ahorcamiento “interrupción voluntaria de la respiración”. Su cierre resultó irrefutable al sostener que cuando se aborta o ahorca a alguien “no se interrumpe el embarazo o la respiración, en ambos casos se mata a alguien”. Resulta imprescindible aclararles a ciertos desvariados, que puede justificarse su escaso conocimiento de los documentos de “la Iglesia de los curas” en defensa de la preservación de la vida humana como el más bien más preciado. Pero no se comprende su ignorancia supina de las leyes que vedan la pena de muerte (el aborto lo es).

Un médico relató que ante el pedido de una mujer de que le elimine el feto que llevaba en su seno porque ya tenía muchos hijos para mantener y escasos recursos, le respondió que si ella aceptaba se podría eliminar al mayor que ya ha andado por el mundo y demanda mayores erogaciones y darle al futuro vástago la oportunidad de conocer ese mundo. La señora encinta reaccionó diciendo que ¡eso sería un homicidio!, a lo que el facultativo le respondió: ¡lo que usted me pide también lo es, señora!

Es muy cuestionable que mujeres que llenan plazas en una cruzada legítima contra la violencia de género, paralelamente reclamen el derecho a extinguir la vida del niño que se desarrolla en su seno. Si la sociedad y las leyes condenan a los padres que ejercen violencia contra sus hijos, mal puede pretenderse legalizar el acto de darles muerte antes de nacer.

 

“Rechazar la vida que empezó su camino es signo de una cultura del descarte”, dijeron los obispos del Litoral, pero aparte del documento de los prelados, más de un millar de prestigiosos juristas alegaron la inconstitucionalidad del aborto en un mensaje directo a los miembros del Senado nacional.

Quienes ya hablan de un eventual referendo se equivocan, porque ninguna consulta popular está habilitada para modificar preceptos constitucionales (en nuestra Carta Magna la defensa de la vida está taxativamente expresada y por ello el Ejecutivo no posee facultades para convocar a semejante vulneración). Las potestades de una Convención reformadora sólo se ejercen en base a asuntos previamente incluidos en la ley de convocatoria (art. 30 de nuestra Carta Magna). Tampoco procedería usar las eventuales reformas al Código Penal, porque también colisionarían con la Ley Suprema. En nuestro país se impuso la racionalidad y el derecho de nacer sigue siendo sagrado, sin la menor posibilidad de violarlo. Dar autorización a seres humanos para matar a otros seres humanos, no tiene ninguna justificación ni perdón, máxime cuando se sacrifican vidas inocentes. En la madrugada del 9 de agosto ¡ganó la vida!

Lo acaba de reafirmar el Papa Francisco: “El aborto es como contratar un sicario para resolver un problema”

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