Llegando a Laos

La ruta pasa entre las montañas y solo me faltan 40 kilómetros para llegar a Dien Bien Phu, mi última parada en Vietnam, antes de cruzar a Laos. Hay muy poco tránsito y llevo un auricular por el que suena John Coltrane. Sin que todavía lo sepa, un kilómetro más adelante, me esperan dos agentes de la policía vietnamita, el terror para los que viajamos en moto por el país.

Martín Davico


Al verlos, a unos cien metros, desacelero la moto y pienso fugazmente en dar la vuelta para evitarlos. Un ilusorio sentimiento de confianza me hace suponer que no me van a parar, y sigo hacia adelante. Cuando me voy acercando, uno de los agentes se para en el medio de la ruta y me hace señas para que me detenga.

Parado frente a ellos, me quito el casco y se quedan sorprendidos al descubrir que soy un extranjero. Intentamos hablar, pero por la barrera del idioma es imposible comprendernos. Uno de los agentes se aparta para hacer un llamado telefónico. El otro, me muestra una fotografía hecha por la cámara de un radar: aparezco yo, manejando la moto, y al pie de la imagen el número 74, la velocidad a la que iba en el momento de la instantánea. El agente me dice en un inglés muy atravesado: “Exceso de velocidad”. Cuando el otro se acerca, comienzan a hablar entre ellos en un tono cómplice ¿Planean de qué manera sacarme dinero? Me dicen inesperadamente: “Ya puedes irte”. He cometido una infracción y todavía no sé por qué motivo me dicen que me vaya. Les digo en mi vietnamita más elemental: “¡Camón camón!” (¡Gracias gracias!). Y sigo mi camino sin atreverme a mirar atrás…


Llego a Dien Bien Phu, ciudad famosa por haber sido el escenario de la derrota definitiva de Francia, en su tentativa por recuperar sus colonias en Indochina. En la primera mañana llevo la moto al taller para hacerle un ‘service’. El mecánico, un hombre de unos 70 años, maneja las herramientas con una precisión y soltura que me despiertan admiración. Le cambia la bujía, el aceite y una pieza de los frenos. Por la noche salgo a caminar para estirar un poco las piernas. Subo unas escaleras hasta el Monumento de la Victoria y me quedo contemplando las vistas de la ciudad. Al día siguiente visito el Cementerio Militar en donde descansan los caídos en la histórica batalla.


Mi visado en Vietnam caduca mañana y decido viajar a Laos hoy. Voy a la frontera en Tay Trang, a 30 kilómetros de Dien Bien Phu. Al llegar me dan la sorpresa: “Por esta aduana los extranjeros no pueden pasar en moto”. Me lo dicen con tanta convicción que solo atino a preguntarles: “¿Por cuál frontera podría pasar?” Me responden: “Puedes intentar por el cruce de Na Meo. Queda a más de 500 kilómetros. Pero no te podemos asegurar nada”.

Lleno el tanque de combustible y salgo disparado hacia Na Meo. Atravesar 500 kilómetros por las rutas vietnamitas no son pocas horas de viaje. Me detengo a pasar la noche en una ciudad que encuentro en el camino. Ceno en un pequeño restaurante un arroz con tofu en salsa de tomate. La incertidumbre de si podré pasar la moto a Laos no me dejan disfrutar de la comida. En eso, un joven vietnamita se acerca para preguntarme de dónde soy. Cuando le digo que soy de Argentina, me dice con entusiasmo: “¡Oh, Soy fan del Che Guevara! ”. Charlamos unos minutos y al despedirse me dice: “Si me permites me gustaría pagar tu cena”.

Al día siguiente viajo diez largas horas y por fin llego a Na Meo. Mientras hago los trámites para salir de Vietnam, el funcionario que sella mi pasaporte, un clásico viejo zorro de aduana, me pide los datos de la moto y me dice mintiendo: “Para pasar la moto a Laos tienes que pagar doscientos mil dongs”.

Llego a la frontera de Laos. El encargado de migraciones, vestido con ropa deportiva, me cobra por el visado casi el doble de lo que corresponde. Mi agotamiento físico y mental juegan a favor del pequeño tirano. Le pago sin decir nada y por fin entro al país. Con el sol cayendo salgo en busca de algún lugar en donde pasar la noche. Sigo la única ruta que hay, es de ripio, con charcos y pozos. Poco a poco la oscuridad se va adueñando de todo. Atravieso pueblos con casitas de madera que revelan la pobreza estructural del país. Le pregunto a un laosiano por algún lugar en donde dormir: “Por aquí nada. Encontrarás algo a cincuenta kilómetros de aquí, en Vieng Xai”. Viajo más de una hora en plena noche cerrada. Llego a Vieng Xai, un pueblo del que nunca había escuchado hablar, pero que es un símbolo de resistencia en la historia de Laos. Me meto en el primer hostal que encuentro, me ducho y doy por terminada mi odisea.

Mañana comenzaré a explorar este país de junglas, arrozales y montañas. Un país todavía herido por los más de dos millones de toneladas de bombas que Estados Unidos le arrojó durante la guerra de Vietnam. Y yo, a medida que avanza mi viaje, voy aprendiendo a relativizar mis desgracias.

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