“Llegó el momento de conocer la cara de mi hermano enemigo”

Carlos Mosto tenía 23 años. Acababa de terminar la colimba en la Brigada Mecanizada X con prórroga: estudiaba Medicina en La Plata. Era rubio, alto, de ojos verdes y sonrisa fácil. Decidió ir a la guerra de Malvinas como voluntario, en lugar de otro recluta de 18 años que pidió quedarse.

Por Verónica Toller*
mvtoller@gmail.com

 

“Te paso a contar, o mejor dicho a confesar, que yo no tenía que estar aquí. Cuando me presenté ya estaban cubiertos todos los lugares. Pero pedí suplantar a un soldado”, me contó en una carta. “Nunca sentiré odio hacia el inglés, ni hacia ningún hombre de esta tierra. Varios me han pedido charlar, transmitirles esto que llevo dentro. Es hermoso servir a un hermano. Y ver que en momentos jodidos, todos tienen un Rosario, una virgencita, un crucifijo entre las manos”.

Hoy, una calle, una escuela y un aula llevan su nombre en Gualeguaychú. Su historia fue publicada en Clarín, TN, en relatos que van desde narraciones en carne viva de sus compañeros de pozo en las islas hasta reportajes de Jorge Lanata. Es una de las veinte historias del libro Malvinas 20 Años, 20 Héroes, un trabajo de la Biblioteca Soldados del Ejército, que recorre en 360 páginas las historias de veinte hombres caídos en la guerra.

Para hablar de Carlos Mosto habría que tomar aquel poema de Alejandra Pizarnik de solo dos versos: “Un agujero en la noche / súbitamente invadido por un ángel”.

Es que Carlitos era así. Ya hay quienes lo llaman “el ángel de las trincheras”, porque confortó, escuchó, protegió a sus compañeros en medio del infierno. Pidió a su familia que le enviaran un Evangelio, y le mandaron uno y también una Biblia. “Muchos me han pedido que les lea el Evangelio”, contaba en sus cartas. Se los leía reunidos en los pozos de zorro (cavados en barro y piedra, ensopados de lluvia y nieve, sucios, helados).

Antes de que ustedes, amigos, sigan leyendo, quiero decirles que he publicado la historia de Carlitos muchas veces. Tal vez, al ir avanzando en la lectura, sientan que ya han visto esto antes. Sí. No quiero engañarlos. Ya lo he publicado en otros tiempos y otros medios. No es esta una nota breve ni es original, ni pretende serlo. A Sabina Melchiori, directora de Infoner, y a mí no nos interesa hoy, 2 de abril de 2017, un artículo original. Nos interesa solamente darles de primera mano este testimonio de hechos reales, sobre gente muy real, muy gualeguaychuense, muy llena de entrega.

 

 

“Dios me está pidiendo algo”

 

Antes de presentarse en el Regimiento de Infantería Mecanizada X de La Plata, Carlitos le dijo a su hermana Elsa: “Hay algo que me está pidiendo Dios. No sé qué es, pero tengo algo acá adentro que me dice que Dios quiere pedirme…”. Y agregó: “si tengo que ir y morir allá, que sea Su voluntad”. El 7 de junio de 1982 llamó por teléfono a su familia desde el cuartel de Mody Brook donde estaba: “no pudimos hablar mucho porque estaba debajo de un escritorio, en pleno bombardeo”, recuerda su hermana. Fue la última vez que lo escuchó.

Para Blanca, su madre, “solamente el que va a Malvinas entiende lo que nuestros chicos pasaron”. Ella viajó dos veces, la última en noviembre de 1998. Al regreso, contó: “En Malvinas, al llegar, nos congelamos. Eran las 6 de la tarde”. El cementerio de Darwin estaba lleno de flores amarillas y decenas de cruces blancas alineadas sobre la tierra verde y cruzadas por el viento.

“Nuestros hijos están allí para mantener viva la memoria –afirmó Blanca, una madre herida sobreviviente de la guerra-. Cuando entramos al cementerio, sentí que todos nuestros chicos salían a recibirnos, y nos abrazaban”.

 

Cartas desde la trinchera

 

“Es jueves 15 de abril, llegamos a la tarde a las islas. Previo haber estado unos días preparándonos en La Plata. Estamos en la ciudad Puerto Rivero, ex Stanley. Resulta que el Comandante de donde yo estoy es el jefe de todo el Teatro de Operaciones (TOAS 5) (…) NO te das una idea de lo que es esto. Preparativos más preparativos. Han instalado armas y siguen haciéndolo por todos lados. Vos sabés la lástima que me dio ver a los soldados cavar pozos., con el frío y el viento que hay aquí, aparte de llover por lo menos dos veces al día. (…) Los suboficiales que nos tocaron como jefes de grupo son una barbaridad. Nos tratan muy bien”.

Recibí esa y muchas otras, muy largas, escritas en el papel liviano de avión que les repartía el Ejército. “Muchos tendrían que ver lo que es esto para darse cuenta de la realidad, de lo que significa una guerra, las tensiones, las angustias, la soledad, la amistad, el compañerismo, que gracias a Dios es bastante grande en el grupo que me tocó. Es una experiencia grande y rica, más si la miramos como cristianos. (…) Esta mañana es muy linda, hay un hermoso sol y el cielo está limpio, se puede apreciar muy bien el paisaje y la ciudad, realmente es hermoso. Pero el tiempo es muy cambiante, enseguida se puede nublar, llover y al rato puede haber un viento fuertísimo (…) “Estamos frente a la iglesia, en donde está el monseñor que lo veo a cada rato, pero no podemos andar afuera. Está prohibido, te llevan preso. Tampoco se puede comprar nada.”

En abril de 1982, contó: “Vos sabés que de noche nos tiraban piedras los mismos tipos de aquí. Nunca pudimos localizarlos (…) Aquí lo que se hace es esperar el ataque, se cree que estas 24 ó 48 hs son decisivas. Acá se duerme en pozos. Cada dos o tres soldados, un pozo (…) Me pasó a buscar Lucca, él está aquí al lado arriba de un cerro y baja casi todos los días. Y hoy conseguí para que pueda venir a bañarse, puesto que ellos nos pueden bajar a hacerlo. Me dio mucha alegría cuando lo vi, igual que a él. (…) Nevó un día, pero dicen que dentro de poquito va a comenzar más. Se nota por el frío. Es cada vez más intenso. Siempre está nublado, llueve, viento”.

 

Acción heroica bajo fuego

Estudiante de 4to año de Medicina, aprovechó esos conocimientos en medio de un bombardeo. Por ello, fue destacado por “acciones heroicas” realizadas los días 8, 9 y 10 de mayo: bajo fuego enemigo, rescató a compañeros heridos y los curó a cielo abierto. Este hecho quedó registrado en un video que filmó el camarógrafo Rotondo con entrevista de Kasanzew, si no me equivoco, y se presentó años después en un programa de Jorge Lanata. Luego, en Clarín, el ex combatiente Fabián Fellner habló de este hecho donde Carlitos rescató al soldado Guillermo Díaz Rolón. “¿No tuviste miedo?”, le pregunta el periodista a Carlitos en el video filmado en 1982. “No, no, no”, fue la respuesta.

 

 

“Rezo por el inglés que voy a enfrentar”

Su última carta data del 1ero de junio. Después, sólo alcanzó a hacer un llamado a su casa el día 7, donde habló con sus padres y hermanos. Por mi parte, recibí un telegrama, pero me guardo lo que decía. En su carta del día 1, sabía lo que pasaría:
“Esto llega al final. Los tipos están a 10 km y se preparan. Nosotros también. Quizás sea la hora en que llegue a conocer la cara de mi hermano enemigo. Nunca sentí odio hacia ellos. Quiero que sepas también que rezo por ese inglés que quizás algún día se encuentre frente a mí. (…) Me pregunto por qué, por qué. Sé la respuesta, pero igual. Y sigo rezando para que mis fuerzas no se agoten”.
La preocupación por sus compañeros de guerra surgía a cada rato en sus líneas. “Cuando les puedo conseguir algo, cigarrillos, comida, les doy, porque ellos no tienen oportunidad de hacerlo. Yo mucho tampoco, pero les repartimos a los que la están pasando más fea –contaba en una carta del 14 de mayo-. Muchos tendrían que ver lo que es esto para darse cuenta de la realidad, lo que significa una guerra, las tensiones, las angustias, la soledad, la amistad, el compañerismo (…) Desde que vinimos comimos dos veces comida caliente. Y les faltan medios de movilidad. (…) Espero que estés rezando más de la cuenta en estos momentos; muchos tal vez den sus vidas por una guerra que no pidieron”.

 

Estrictamente personal

Nunca puedo ser objetiva cuando hablo o escribo sobre Carlitos. Ni quiero. Aunque a veces, reconozco, trato de despegarme de la historia y contarla desde la vereda de enfrente. Pero… no me sale muy bien.
Carlitos estaba lleno de vida, de fuerza, se reía mucho, quería servir. Cuando murió, estaba en el cuartel en medio del bombardeo, preparando café para sus compañeros. Sabía que debía protegerse en un pozo, pero ya el bombardeo era incesante, daba lo mismo estar en cualquier lado y prefirió, según cuentan sus compañeros, preparar bebida caliente para ellos. Su familia, todos nosotros, no supimos de su muerte sino hasta después, hasta el 21 de junio, cuando un grupo fue a buscarlo a La Plata pensando que llegaría junto con el resto de los soldados “repatriados” (mala palabra: nunca habían salido de la Patria. Solamente habían ido hasta la hermanita perdida a tratar de rescatarla).

Pero Carlitos no estaba. Uno a uno, vieron bajar del ómnibus (lavados, bien vestidos, limpiados por el Ejército Argentino) a los muchachos que volvían de las islas. Hasta que uno se acercó: “Carlitos murió. ¿No lo sabían? Cayó el 11 de junio. Esta campera era suya: me la había dado porque yo sentía frío”. Mucho frío. Igual que él.

No había notificado el Ejército a su familia. Los últimos días, la acción fue incesante, avasalladora, sin respiro, sin organización, sin comunicaciones. El 7 de junio, Carlitos alcanzó a llamar por teléfono a su casa y mandar un telegrama: “Te quiero”. Nada más.

El Ejército no había comunicado su muerte. En realidad, se entiende: todo era caos. Murió el 11, la capitulación fue el 14, la acción era continua, sin organización, sin comunicaciones.

Saber de su muerte fue la puerta abierta a un largo peregrinaje de sus padres en busca de la verdad. Cuándo, dónde, cómo había muerto. ¿No estaría herido, amnésico en algún hospital? ¿No seguiría prisionero de guerra? Al final, los testimonios de sus compañeros y del padre Dante Vega, venido desde el sur solamente a contarles a Blanca y Héctor cómo había dado la extremaunción a Carlitos, les trajo la respuesta. El cura, capellán durante la guerra, había tenido la inteligencia de anotar en una libretita nombre y día de cada sacramento final que daba, para poder informar luego a los padres de los soldados muertos.

También vinieron a Gualeguaychú a hablar con los familiares los dos compañeros que rescataron su cuerpo de los escombros luego de la bomba: Carlos Armayo y José Luis Andino. Y vinieron sus jefes, oficiales del Ejército. Es que todos trataban de suavizar (“Tanto dolor se agrupa en mi costado, / que por doler me duele hasta el aliento”, escribió una vez Miguel Hernández).

En una de sus cartas, escribió: “Amor mío: dirás que estoy loco, pero estoy tranquilo. Estoy aquí, luchando junto a mis compañeros. Y por algo que significa mucho para el país. No te imaginás lo que siento al ver flamear la bandera argentina. (…) Y rezo por los ingleses: ellos también son nuestros hermanos”.

Mi hermano Fernando escribió una vez: “Carlitos murió por elegir ir a Malvinas y pedir al superior suplantar a un compañero que tenía miedo; y murió por no dejar su puesto de ayuda en medio de un alerta gris, cuando un avión inglés que rodeaba el Monte Kent tira una bomba al lado del ex Cuartel de los Royal Marines, donde él estaba”, preparando café.

Han pasado 35 años. Su historia es sólo una más de cientos de historias de jóvenes argentinos que dieron su vida por la Patria, hace tan poco tiempo y tanto a la vez. La distancia siempre tiene ese poder reparador: separa la paja y nos deja, casi siempre, el trigo. El calor, la memoria buena.
Decía Roberto Juarroz que “Más tarde o más temprano / hay que poner la mano sobre el fuego. / (…) tal vez puedan la mano y la llama / resolverse en los átomos ya libres / de una distinta claridad. / O quizá simplemente / calentar un poco más el universo”.

 

*La autora y Carlos Mosto se conocieron en 1982.

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