Llevaron dos corzuelas del norte entrerriano a la reserva El Potrero

Son dos. Pelaje marrón oscuro ella, clarito caramelo él. Dos corzuelas de menos de un metro de alto acaban de llegar a la Reserva Natural El Potrero de Gualeguaychú para iniciar una tarea de adaptación al medio ambiente silvestre. Son la primera pareja pero vendrán otras. El objetivo de la reserva es recuperar una población estable de ciervos que fueron acabados por los depredadores y la caza clandestina.

Texto: Verónica Toller

Foto principal: Ramón Moller Jensen

Foto: Daniel Ávalo

Comen una manzana diaria cada una. También maíz, alimento balanceado y galletitas que les dan los visitantes. Tienen todos los cuidados veterinarios y en estos momentos se aprestan a practicarles un chequeo de sangre para descartar posibles enfermedades. Se encuentran en cuarentena, y están separados por un alambre tejido.
El ciervo autóctono de nuestra zona es pequeño. Se llama corzuela parda o Mazama Gouazoubira, aunque su nombre más popular es “guazuncho”. De color uniforme, se diferencia en el pelaje y la cornamenta de su pariente no nativo, el ciervo Axis. “Pretendemos conservarlos in situ, en un predio que mantiene las condiciones salvajes de la naturaleza, de modo tal que terminen asimilándose de nuevo a un sistema total natural”, dice a Infoner el capataz de la estancia El Potrero, Daniel Ávalo, encargado directo de las dos corzuelas.

Educar en un cambio de hábitos
Atinando a la terminología de la reserva, Daniel Ávalo es un “autóctono o nativo”. Toda su familia, desde antes de sus abuelos, nació y se desarrolló en este campo, El Potrero. “Sí, acá hay flora, fauna y hasta gente nativa”, bromean en la reserva. Recuerda que años atrás, se practicaba la caza y el desmonte en el lugar, “no se valoraba lo natural como ahora”, dice. “Hoy es distinto. Antes también venía gente a matar animales por diversión. Ahora, poco a poco, tanto los lugareños como los de afuera están cambiando de hábitos y comprendiendo otras formas de comportamiento. Es toda una tarea de explicar por qué hacemos lo que hacemos, cuidamos los árboles, el agua, los animales…”
Esta tarea educativa incluye salir al cruce de los cazadores furtivos, dialogar con ellos, plantearles otra visión. Para que ellos también puedan hacer una reconversión de prácticas y de objetivos.

El programa de pre-suelta

En cuanto a las corzuelas, arribaron hace apenas dos semanas. Macho y hembra. “Chiví” ella, “Memé” él, porque ella se parece a un chivito y él era tan diminuto que los chicos de la casa donde estaba querían decirle “bebé”, pero no les salía. Fueron instalados en un refugio completamente alambrado y techado, con corrales aledaños que conservan la flora silvestre, en una instancia llamada “de pre-suelta”. Cuando estén listos, dice Ávalo, los largarán al monte, probablemente con radio-collares para seguir monitoreándolas. Por ahora, se las controla personalmente y con cámaras encendidas las 24 horas.
¿Edad? Un año y medio ella, un año él. Pronto podrían llegar más ejemplares, derivados por el gobierno provincial desde Concordia, en un proceso de transcolocación, retirados de un zoo que no ha cumplido las condiciones pactadas. Al llegar a la reserva de Gualeguaychú, se les hará el mismo tratamiento que a Chiví y Memé para que vuelvan a ser libres.
“El plan prevé un control de este tipo durante 3 a 4 años. Cuando constatemos que ya están aclimatadas al terreno y pueden vivir sin ayuda, no harán falta más los radio-collares ni el monitoreo”, asegura Ávalo. “Con las cámaras controlamos especialmente qué hace de noche, si comen, toman agua o no, si entran perros, qué las afecta, cuál es el comportamiento tienen entre ambas”.

Foto: Daniel Ávalo

Proteger a la naturaleza

La reserva natural El Potrero, situada a pocos kilómetros de Gualeguaychú junto a la ruta internacional 136, es un espacio abierto a la comunidad para proteger, reinsertar especies, monitorear, hacer investigación y compartir un estilo de vida. Con 18 mil hectáreas dedicadas exclusivamente al cuidado activo de la naturaleza, es la reserva natural más grande de la provincia de Entre Ríos, y se caracteriza en especial por su protección de las aves. Tiene el doble de territorio que el Parque Nacional El Palmar, de 8.800 has. La estancia El Potrero es más amplia que la reserva, y dedica un 40% del campo a actividades productivas y económicas: área agrícola, forestal, apicultura y ganadería. La quinta área es la reserva. Tener la mayor parte del territorio dedicado a cuidado del medio ambiente sin fines de lucro es una decisión que responde a la filosofía de vida de sus dueños, Azul García Uriburu y Marcos Pereda. De hecho, la producción debe convivir y respetar el cuidado natural. La reserva atraviesa a las demás actividades sin oponerse ni estorbarse mutuamente, algo que Azul y Marcos pretenden que se convierta en un modelo de enlace, de interacción entre en foques económicos y conservacionistas, donde debe primar lo sustentable y amigable con el ambiente.

El matrimonio adquiere la estancia El Potrero en 2007. En aquel momento, Azul (la defensora primera y apóstol del amor por la naturaleza) logró que se destinaran mil hectáreas a crear una reserva incipiente. “Cuando comenzó nuestro proyecto en 2007, era solamente productivo –dice Marcos Pereda-. Poquito a poquito, la genética de Azul fue percolando las entrañas y nos dimos cuenta de que, por sus virtudes naturales, el lugar era mucho más que productivo”. Hoy, diez años después, el área de reserva pasó a 18 mil hectáreas, el 60% de la estancia. El hecho de que el equipo completo con sus cinco áreas abrace la filosofía de la reserva, “da una espiritualidad nueva a todo el proyecto”, sostienen sus dueños.

La reserva contiene 283 especies de aves autóctonas, y hasta 600 de otros animales. Tiene bosques de barrancos, monte espinal, arenales, montes en galería, esteros, humedales, varios cursos de agua, que conforman un corredor biológico y patrimonio natural único. Para convivir con él, los Pereda trazaron una regla innegociable, según dicen: proteger la vida, producir utilizando técnicas que no agredan o erosionen y productos amigables con el ambiente.
“La parte productiva del campo es el cuerpo. Pero el alma, definitivamente –dice Marcos Pereda- está en la reserva”.

 

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