Lo cerrado y lo abierto: un nuevo territorio corporal de Gualeguaychú

El espacio de la estación de Gualeguaychú no se convirtió en un cuadrado de olvido sino que se aprovechó para atraer a turistas y construir un corsódromo. En tiempos en que en las grandes ciudades cierran las plazas que son de todos, Gualeguaychú derriba el muro para unificar “la civilización y la barbarie.

 

Por Marta Ledri – Profesora en Letras

“Llegamos a un puente de poca altura y como viene un tren decidimos
verlo pasar desde abajo. Descendemos la pequeña cuesta y nos
ubicamos a un costado del puente. Oímos el bramido del tren que se
acerca y luego un ruido infernal que hace trepidar toda la tablazón.
Las vías parecen curvarse bajo las ruedas. Un pandemonio de vapor,
chispas, truenos y aullidos que nos sacude hasta las entrañas. La
verdad, sentimos un poco de miedo y deseamos que venga otro tren
para reivindicarnos”

EL CIELO ENTRELOS DURMIENTES, Humberto Costantini

 

Era la estación y las vías el metálico límite entre “Civilización y Barbarie”. Hacia el norte la vida de los del centro, de los profesionales, de los colegios, de las instituciones, de las clínicas; cruzando el umbral empezaba la barbarie que no era otra cosa que la zona de casas bajas y dispersas, la zona fabril: el molino harinero, la arrocera, la aceitera y el mítico frigorífico. Barbarie de trabajadores, de hombres madrugadores que se adelantaban al primer gallo. La estación para los que vivían del lado del sur tenía un encanto especial. Era el paseo de los domingos. A la vera de los rieles, se remontaban barriletes o a horcajadas los niños giraban en el molinete de madera de lapacho que estaba en uno de los extremos para impedir que los animales entraran a las vías.
Si alguien se paraba de cara al oeste podía ver la caída del sol y si alargaba la mirada entrar a campo abierto, perderse en el horizonte, ir hacia la infinitud…

“Según va anocheciendo
vuelve a ser campo el pueblo.
El poniente que no se cicatriza
aún le duele a la tarde”

Campos atardecidos, Jorge Luis Borges.

Era peligroso caminar por las vías, pero seducía jugar a hacer equilibrio. No caerse de esas infinitas paralelas que llevaban destinos, vidas , ilusiones hacia Palavecino, Parera y a la gran central, Basavilbaso donde se hacían los trasbordos hacia el norte.
Carbón y piedras a un lado, matorrales , zanjones y desde un vagón a través de una ventanilla de madera, los campos azules de lino, un mar florecido.
Tenía un encanto especial la estación. .. lugar de la espera, del regreso, de las despedidas. Las chicas abrazaban a sus novios que partían hacia el servicio militar y la Virgen que muchas décadas después desapareció era visitada. Se ponía en sus manos el rumbo de los viajeros.
Queda en la memoria de quien escribe la humareda del dragón metálico, caliente de fauces rojas , la zorra que iba adelante, los faroles de la noche que señalaban la proximidad del andén, los banderines rojos y verdes…
La estación era un mundo con su casa amarilla donde vivía el jefe, era otro mundo. En el jardín de la casa amarilla florecían los lirios y siempre había ropa tendida…

Nadie ignora que el Sur empieza del otro lado de Rivadavia. Dahlmann solía repetir que ello no es una convención y que quien atraviesa esa calle entra en un mundo más antiguo y más firme”

El Sur, Jorge Luis Borges

Como Dahlmann el personaje del cuento de Borges citado más arriba, nadie ignoraba que cruzar las vías era entrar en un mundo detenido en el pasado.
Las vías arrancadas fueron un símbolo que no develaré. Con ellas se fueron restos de historias íntimas y de otro modelo de país…
El espacio de la estación de Gualeguaychú no se convirtió en un cuadrado de olvido sino que se aprovechó para atraer a turistas y construir un corsódromo. En tiempos en que en las grandes ciudades cierran las plazas que son de todos, Gualeguaychú derriba el muro para unificar “la civilización y la barbarie». Gualeguaychú ciudad de espacios abiertos se brinda, se abre, se expande, apuesta a la familia y a los lugares de encuentros. Caen fronteras que dividen, que crean prejuicios inútiles y obsoletos. El muro y el enrejado que daba a la calle Tala han desaparecido… Se desueldan las diferencias, se incorpora el sur al cuerpo o territorio de la ciudad. Una plaza llama a la vida saludable, organiza círculos democráticos alrededor de las mesas que convocan a la charla y al mate. Una nueva geometría del pensamiento popular contra la geometría cerrada del elitismo. Parque de la estación, Plaza del Molino, Corsódromo, Museo ferroviario, Centro de convenciones. Todo habita en el cuerpo de la vieja estación.
Ella está diseminado por la ciudad… durmientes, columnas, adoquines… La estación ya no tiene trenes pero invita al viaje de la memoria y a la amistad, al cuidado del patrimonio y a sentir orgullo por una ciudad que crece.

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