Luis Luján: se nos fue el mago el poeta… pero seguirán los pájaros, cantando

Se nos ha ido un amigo. Todavía lo veo subido a su monociclo, haciendo equilibrio en la única rueda mientras tocaba la guitarra y pedaleaba con destreza, y cantaba o hacía magia (¡magia, sí, era mago!), despertando asombro, risas de chicos, aplausos de todos.

Por Verónica Toller

Luis Luján se nos fue. Poeta, escritor (¡qué cuentos!), artista por todos lados, musiquero, errante de la vida, viajero, bibliotecario (te llora el Magnasco y se preguntan los libros por qué quedaron los pájaros cantando y por qué quedó tu huerto con su verde árbol y su pozo blanco…). Recuerdo un cierre de la Fiesta Provincial de la Poesía. Estábamos en la primera fila del Teatro Gualeguaychú: Olga Lonardi, Roberto Romani y otros amigos. Varios poetas subían a recitar alguna de sus obras. Subió Luis. De pronto, finalizando su poema, dice: «…hay una mujer que detiene la lluvia. / La estoy mirando», y clava los ojos en la primera fila. Entonces, le pedí que me lo escriba, y lo conservo, con aquel último verso improvisado. Es que era así, loco, tremendo poeta, nochero, el hombre de la Casa de la Cultura tantos años.

Recuerdo tus actos de magia que encantaban a grandes y a chicos.
«Mi equipaje o equipo de magia cabe en dos valijas antiguas que llevo cada vez que me invitan – escribiste en tu blog-. Mis valijas son muy atractivas, no porque sean lindas sino porque dentro de ellas caben todas mis ilusiones y las ilusiones de quien las imagine. Me gusta realizar mis actos mágicos en barrios apartados o en lugares donde los chicos no tienen oportunidad de ver un «mago» de cerca. Luego de concluida la función siempre se me acercan algunos personajes para que les explique algunos secretos de mi magia o como es que hice esto o aquello.
Cierta vez, cuando ordenaba mis aparatos para retirarme se me acerca un nene y me pregunta:
-Mago… ¿tiene hijos usted…?
-Sí… -le contesto… – y el nene me dice:
-¡Qué suerte deben tener sus hijos…!»

Los últimos tiempos se te veía con la voz más baja y los ojos cansados. Y ya no estás. Y se quedarán tus pájaros, cantando.
No vamos a decir adiós. «Esa palabra huyó / sendero adentro del pensamiento», escribiste.
«Era una palabra verde,
un vocablo inmaduro
ahora lejos.
Mejor que se fue.
No me gustan las palabras cobardes o suicidas,
las que escapan en medio de un poema
o desde la punta de la lengua
saltan al vacío.
No buscaré esa palabra,
mejor que derrumbe su cansancio prófugo
en los pies de una idea
vacía de signos.
Inútil raíz en el silencio».

Dale, que se vayan las palabras cobardes o suicidas. Que queden las otras, las de tu luz.

«He visto una mujer que detiene la lluvia,
desarma cada gota con golpes de belleza.
La lluvia nunca supo que existía,
por eso cae como cae,
con signos de extremo polvo detenido.
Pero es en su presencia que la lluvia se aquieta
y vuelve por sus fueros de agua arrepentida
a los ojos de Dios.
He visto una mujer que detiene la lluvia.
La estoy mirando». (Luis Luján)

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