LULA: LA IDEA QUE NO SE ENCIERRA

“No voy a parar porque ya no soy un ser humano, soy una idea, una idea mezclada con vuestra idea”, les recordó Lula a quienes creen que encarcelarlo es clausurar la historia.

Por María Agustina Díaz (*).

Especial para INFONER

 

Brasil nos golpea como región, pero no por la excepcionalidad de los hechos que acontecen allí sino por expresar con más rudeza un estado de situación que camina el continente.

La detención de Lula da Silva en Brasil es sólo el corolario (o no) de un proceso complejo que comenzó con la destitución de Dilma Rousseff y se continuó con el recrudecimiento de las políticas económicas de corte neoliberal y el aumento de la violencia política. Los asesinatos de Marielle Franco y Carlos Alexandre Pereira y los disparos a la caravana de apoyo al ex mandatario son los ejemplos más graves.

Se trata de la llegada a la región de gobiernos de un signo distinto a los que prevalecieron por casi más de una década. En el caso argentino, la llegada del gobierno de la Alianza Cambiemos se dio en el marco de un ajustado proceso eleccionario de ballotage que, no obstante, expresó la decisión democrática de la mayoría del electorado argentino. En el caso brasilero, un “impeachment” destituyó a Dilma y llevó a la presidencia a Temer. Lo que es cierto, es que ambas gestiones actuales han constituido el retorno a un modelo económico que ya demostró fracasar no sólo para los Estados sino, fundamentalmente, para los pueblos.

Ahora bien ¿a qué se debe este retorno neo-liberal o neo-conservador? ¿Acaso los sectores concentrados de la economía fueron expropiados o las estructuras productivas de las elites destruidas y sustituidas por otras en los gobiernos anteriores?, ¿Fueron expropiadas las empresas poderosas de estos países o los latifundios sojeros?, ¿Se nacionalizaron todos los bancos? No, nada de esto pasó.

Entonces ¿a qué se debe esta poderosa embestida de las elites locales? Sólo nos aparece una respuesta y es que la generación de condiciones de igualdad para la población históricamente excluida genera la posibilidad de mayores demandas y de transformaciones más profundas. Levantar la cabeza supone poder mirar otros horizontes donde, necesariamente, algunos deben perder privilegios para que las mayorías puedan vivir más dignamente. Ese es el camino de la democratización social dentro de la democracia institucional.

El ingreso al consumo de millones de excluidos, la generación de puestos de trabajo, un sistema de previsión social inclusivo, la recuperación de la capacidad adquisitiva de los salarios, la inversión en educación pública como llave para la movilidad social ascendente, la incorporación activa y empoderada de actores políticos siempre acallados como la población afrodescendiente en Brasil o la comunidad LGBTIQ en Argentina, son alguno de esos ejemplos que nos hablan de democratizar la democracia. Ejemplos que son condición de posibilidad de otras realizaciones colectivas.

Sacar a millones de la pobreza, garantizar ingresos mínimos a las familias más vulnerables, promover derechos y apelar a convocar los sectores populares como sujeto histórico protagónico pone en jaque el poder simbólico de una elite que se ha sustentado en la exclusión, la marginación y la construcción de un sentido común conformista y meritocrático paro los sectores medios y bajos.

Aunque las elites económicas y corporativas no perdieron ni vieron atentado el capital que sostiene su poder real, han aborrecido el acceso a los derechos de los excluidos de otros tiempos. Los privilegios se tratan de eso, no sólo de tenerlos sino de justificar por qué otros no los tienen y no los merecen.

Recordemos las críticas al Programa “Conectar Igualdad” a través del cual se otorgaba una netbook a los chicos de las escuelas públicas más humildes de todo el país. “La usan para jugar”, eran algunas de las frases que se escuchaban al respecto. Porque pareciera que los únicos niños y niñas con derecho a jugar con tecnologías son aquellos de los sectores pudientes mientras que los gurises y gurisas pobres deberían conformarse con juguetes donados, palitos o barro. Así se amplía una brecha educativa que existe y que aumenta porque hoy, también, se es analfabeto tecnológico. Eso es un pensamiento de privilegios, justificar las reglas del merecimiento de un derecho para que sólo tengan la legitimidad de ejercerlo unos pocos.

Lo que está en discusión en América Latina es mucho más profundo que el cambio de signo de un gobierno, no es una cuestión de maquillaje. Se está poniendo en juego la vida y la calidad de vida de millones de personas que se caen del sistema con facilidad para engrosar las estadísticas impersonales que quita los rostros y los cuerpos que tiene la miseria. Y, a la vez que aumenta la pobreza estructural, los grupos de la economía concentrada real y financiera multiplican sus riquezas y las fugan de sus países en un sistema de endeudamiento externo que es una olla a presión.

Ningún modelo así funciona por mucho tiempo en un sincero sistema democrático por ello la criminalización de la protesta social, por eso el aumento de la violencia institucional, por eso los juegos sucios promovidos por las corporaciones dueñas de los medios de comunicación, por ello procesos judiciales irregulares y arbitraros y, por ello, la violencia que termina en muertes sin esclarecimientos.

Es por eso que se abren dos caminos: una dirigencia política que contribuya a la construcción y el fortalecimiento de la democracia popular o una dirigencia acomodaticia que se convierte en una pieza más del establishment.

Lamentablemente en ese camino se ven escabullidos muchos que hasta hace no mucho tiempo pretendían ser los portavoces de un modelo absolutamente contrario al que hoy adhieren y protegen con sus concesiones. “Dirigentes” venidos en años que forman parte de una corporación más, la política, y que en pos de la mantención de cuotas de poder se disponen a sostener exactamente lo contrario a lo que profesaron hasta hace dos elecciones atrás. Políticos que hablan a la política porque no pueden hacerlo con la gente que hoy reclama soluciones a sus problemas. Vecinos que hoy no llegan a fin de mes, que se endeudan, que bajaron su nivel de consumo. Mujeres que alzan la voz para decirle al Estado que ya no hay excusas para continuar invisibilizando cada una y todas las formas de violencia que se ejercen sobre nosotras. Ciudadanos y ciudadanas que exigen saber la verdad acerca de un modelo productivo que está atentando contra la salud y la vida de miles y que propaga agrotóxicos que comemos, olemos y padecemos.

La intervención arbitraria del Partido Justicialista Nacional sigue poniendo en alerta las garantías de la democracia argentina que ya no es la misma desde la detención de dirigentes políticos de la oposición en procesos irregulares.

Una democracia que ya no es la misma desde que nos interpela para siempre la mirada de Santiago Maldonado. Una democracia que ya no es la misma desde que los genocidas partícipes de la última dictadura militar vuelven a sus casas en vez de estar en las cárceles.

Lula es una idea que no se encierra. La cárcel no podrá extirparlo del pueblo. Esa idea es la que sigue recorriendo las calles de Brasil y de América Latina; es la idea que alimenta el esfuerzo en el merendero de un barrio de barro, en la solidaridad del vecino que comparte lo que tiene, en la honestidad del joven que se vuelca a la participación política con el corazón lleno de amor y utopías.

 

(*) Licenciada en Ciencia Política egresada de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA. Docente Universitaria. Miembro de la Fundación para la Integración Federal y de la organización de Patria Justa Gualeguaychú

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