Manejando bajo la lluvia de Camboya

Por fin he cruzado la frontera desde Vietnam a Camboya. Los presagios que me hicieron, de tener que pagar sobornos para pasar con una moto vietnamita no se cumplieron. Pagué el visado y le sonreí al policía que selló mi pasaporte cuando me dijo: “Messi Messi”.

Por Martín Davico


Apenas hago los primeros kilómetros, empiezo a ver indicios de los problemas sociales y estructurales que tiene el país: el pobre estado de los caminos, la precariedad de las viviendas y las ropas gastadas con las que se viste la gente.

La temporada de lluvias ha reverdecido el paisaje y, al contrario de lo que sucede en Vietnam, las carreteras son dominadas por los coches más que por las motos. Como figura novedosa hay cebúes por todas partes. En general son de color blanco grisáceo. Se los ve pastoreando por los campos en pequeñas manadas, tirando de los carros o revolviendo basurales en busca de algún alimento.

Paso los primeros días en Kampot, una ciudad con edificios de arquitectura europea que son resabios de cuando Camboya fue colonia francesa. Una rotonda coronada por un monumento al rey de los frutos del sudeste asiático, el durián, es mi lugar favorito para los picnics nocturnos que improviso con un poco de ensalada, carne de cerdo asada y alguna cerveza.

Visito un templo budista y converso con unos monjes que están en la puerta. Nos sacamos una foto. Entro al templo y observo las paredes adornadas con relieves que representan algunos episodios de la vida de Buda: cuando fue un joven y rico príncipe, cuando fue un asceta, cuando se iluminó para transformarse en Buda, cuando predicó ante sus discípulos y cuando yació reclinado antes de morir. “El dolor es inevitable pero el sufrimiento es opcional” enseñó Buda.

Llego a Sihanoukville, una ciudad costera en el Golfo de Tailandia, famosa por sus numerosos casinos y la vida nocturna que los rodea. Es de noche y cae una llovizna espesa que ha dejado las calles de tierra hechas un lodazal. Los charcos esconden temibles pozos y el atasco de autos y camiones convierten a la ciudad en un caos.

“Nuestro afán por la riqueza ha creado este mundo escalofriante” afirma Wong, un joven malayo que vive en Camboya y que gentilmente me acompaña a hacer ver mi teléfono que ha dejado de funcionar.

Se refiere a las decenas de edificios en construcción, que dan al lugar el aspecto de haber sido bombardeado, y que se convertirán en nuevos casinos, casas de juego y hoteles de lujo. “Son inversiones que vienen desde China, pero mira en la miseria en la que viven la mayoría de los camboyanos” dice señalando unas pobres casitas de madera en donde viven hacinadas familias enteras. Y agrega sin gravedad: “Nuestra indiferencia nos hace cómplices y, por lo tanto, responsables. Sin excepción”.

Para ganar tiempo emprendo una travesía de 250 kilómetros a la capital del país, Phonm Penh. Aunque la carretera está atestada de camiones, la primera parte del trayecto transcurre sin problemas. A mitad de camino se larga un chaparrón que luego se transforma en una llovizna constante, y que en 24 horas me dejará con fiebre tirado en una cama. Al otro día, con los primeros síntomas de la gripe, visito el Museo de los Crímenes Genocidas Tuol Sleng …

En 1975 cuando terminó la guerra de Vietnam, un grupo guerrillero comunista, Los Jemeres Rojos, se hizo del poder en Camboya. Para implementar un comunismo agrario, obligó a todo el mundo a abandonar las ciudades y los envío al campo a cultivar arroz y a realizar trabajos forzados. La idea de purificar al individuo y empezar un ‘nuevo modelo’ significó hacer una purga que se llevó entre dos y tres millones de vidas. Ser religioso, tener una profesión o incluso utilizar anteojos de graduación, considerado un signo de intelectualidad, eran motivos suficientes para terminar enterrado en las fosas comunes. En 1979 el ejército de Vietnam derrocó a este gobierno. El genocidio de Camboya fue uno de los más atroces del siglo XX.

Y mientras convalezco en Phnom Penh, en un hostal llamado The Happy House , pienso inútilmente en que si hubiese hecho este último tramo en dos días diferentes, hubiese evitado la lluvia y hoy no estaría enfermo. Pero tal vez, como decimos buscando consuelo ante los contratiempos inesperados, estas cosas pasan por algo.

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