Memoria y esperanza

Todos los 24 de marzo millones de argentinos nos reunimos, nos organizamos para movilizarnos, para reflexionar, para encontrarnos, para refundarnos. Volvemos sobre viejos dolores e injusticias, transitamos las ausencias, nos expresamos. Lo hacemos porque tenemos esperanza. Sólo porque creemos en una sociedad más justa hablamos de nuestra historia, de nuestro pasado, de los que no están y de los que estamos, y del porqué de todo eso, para encontrar coherencias, sentido, a nuestra realidad. Aprendemos de las Madres la dignidad de apretar las heridas para continuar el camino. La memoria es una acción política, urgente, para todos aquellos a los que nos duele el presente y queremos y necesitamos cambiarlo. Nada hay más alejado de la nostalgia que la memoria.

 

Por Matías Ayastuy (*)

 

Por eso, para entender estos tiempos, más que nunca es necesario reflexionar, comprender y debatir sobre la historia de nuestro país. La sociedad argentina sufrió un excepcional y profundo proceso de transformación social y cultural durante la última dictadura militar. En ese proceso no sólo se erigió una estructura ilegal de detención, secuestro y tortura con más de 500 centros clandestinos, no sólo desaparecieron 30.000 argentinos, no sólo se robaron 500 bebés a los que les sustituyeron su identidad, no sólo se destruyó la industria nacional y se promovió el endeudamiento externo inútil. Los hechos aislados, por sí mismos no nos explican el sentido que los une.

Lo que más hondamente sufrió la Argentina fue la ruptura de lazos de solidaridad e instancias de intensa vida colectiva, a nivel cotidiano. Las consecuencias fueron el debilitamiento en la capacidad de resistencia y organización, la propagación de la desconfianza en las relaciones cotidianas y de la delación como forma atroz de demostrar obediencia. En ese perverso silencio del terror se cocía, fermentaba, la sociedad neoliberal, al tiempo que se desintegraba de nuestra memoria colectiva, de nuestras prácticas, toda la experiencia histórica y cultural, que hacía a la riqueza social, a nuestra identidad como pueblo.

Los discursos negacionistas, la política vaciada y sentada en el fondo del odio, el individualismo, la brutalidad en la palabra, la jactancia de la simpleza, de la banalidad, de la desafección por el horror, la cruel celebración del dolor del otro, todo ello más allá de la indignación que nos pueda generar, debemos verlo como producto auténtico del genocidio.

Porque los genocidas soñaban intensamente con una sociedad distinta. Ellos también tenían sus utopías, incluso más ambiciosas que las utopías revolucionarias. Porque más radical que socializar lo existente es arrancarlo todo y fundar una nueva subjetividad. Cuando vemos dicho lo indecible, cuando resulta posible desde el Estado expresar desaforadamente que los derechos básicos no tienen prioridad alguna, cuando cuesta tanto dar el debate político honesto y cara a cara, cuando lo colectivo nos resulta extraño, estamos frente a destellos triunfantes de la utopía genocida.

Nuestra tarea más crítica cómo sociedad es entonces intentar dimensionar la hondura de lo que significó el proceso genocida argentino durante última dictadura militar. Hacer memoria es poder advertir las presencias del genocidio, para desarmarlas. Para reaprender y recuperar aquellas experiencias arrancadas, desde donde podamos forjar una Argentina digna y solidaria.

 

Foto: El Día

 

(*) Coordinador del Área de DDHH de la Municipalidad de Gualeguaychú

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