Miedo, compañerismo y rezos en silencio: la larga noche que pasó la comitiva presidencial en la montaña

“Cuando los vimos aparecer como una rayita en el horizonte, como hormiguitas, salimos todos del helicóptero y empecé a correr hacia ellos entre las piedras, con mis zapatos de oficina, mi corbata y saco, sobre una cresta de montaña. Corrí como podía, porque me faltaba oxígeno y me apunaba. Cuando ellos me vieron, se frenaron y gritaron todos a la vez: “¡Viva la patria!”. Fue increíble. Un orgullo total. Nos abrazamos todos como locos”.

 

Por Verónica Toller

 

Eduardo Plasencia lo cuenta ahora con lujo de detalles. Antes, cuando el helicóptero había buscado por dos veces aterrizar sin éxito y había enfilado recto hacia la cordillera, fue quizá el más consciente entre los pasajeros de la gravedad de lo que ocurría. Porque con sus 28 años y su título de Ingeniero Civil (UBA), trabaja como Coordinador de Gestión de Vialidad Nacional. “Iba siguiendo todo con mi GPS. Dentro de un helicóptero militar no se puede hablar, hay mucho ruido. Así que veíamos todo sin cruzar palabras. Cuando observo la maniobra del piloto que da la vuelta y se manda como flecha hacia la codillera, siendo de Vialidad como soy y conociendo la geografía, pensé que estaría buscando aterrizar más alto que las nubes. Pero me dije: ¡noooo, no puede estar pasando esto! Y sí. Pasó. Ahí estaba la montaña debajo de nosotros. El piloto aterrizó la aeronave como se pudo, con 20 grados de inclinación y justo a tiempo: quedaban apenas 10 minutos de combustible. Todo alrededor era 360° de nubes heladas. No había más tierra que esa, un pico en medio de un océano de blancura. De Córdoba hacia el Norte, todo eran nubes. Unos minutos más y nos estrellábamos”.

………….

Maratón de reuniones. Eduardo Plasencia, al igual que el resto del equipo presidencial, venía de largas jornadas con equipos de las provincias del norte argentino. Y de anunciar ante representantes del turismo del NOA que, por primera vez, Vialidad Nacional va a pavimentar el tramo más nórdico argentino de la mítica Ruta 40.

Eso fue el jueves.

El viernes, despachó su mochila y valija con la comitiva presidencial, y llevó consigo el celular, el cargador y la billetera. Por lo demás, iba con sus zapatos de oficina, pantalón de gabardina, camisa, corbata, saco. Para volar de Cachi a Termas de Río Hondo no hacía falta otra cosa.

 

De pronto, el hielo

“Todo helicóptero debe tener, por norma, combustible de reserva para llegar a un segundo aeropuerto alternativo en caso de necesitarlo. Este también tenía. Ese segundo aeropuerto era Santiago del Estero –relata-. Al despegar, se le informó al piloto que las condiciones de clima y aterrizaje eran buenas. Sorpresivamente, durante el vuelo, se presenta un frente helado que es el mismo que está ahora afectando a todo el NO del país, y complicó repentinamente al aeropuerto de Termas. Se formaron nubes heladas por debajo del helicóptero, por lo cual, cuando este ingresa a ellas como se le indica desde la torre de control, se junta hielo en las aspas. El efecto del hielo es que la hélice ya no puede levantar la máquina y esta cae como piedra”.

El piloto notó inmediato el mal funcionamiento de la hélice, por lo que elevó la nave para zafar de las nubes. “Y se dirigió al aeropuerto alternativo en Santiago del Estero”. Al llegar, la situación allí era idéntica a la que acababan de dejar atrás. Con la diferencia de que ya no quedaba casi combustible extra. “La reacción del piloto Hernán Bornices y la tripulación fue de primera: dirigirse al pedazo de tierra más cercano, que tuviera una altura mayor a la de las nubes. Pensó en las montañas de la cadena del Aconquija, en Tucumán. Como un rayo, volvió el helicóptero hacia ese destino. De pronto, todo era un océano de nubes. Nada. Nadie hablaba. Yo seguía todo con mi GPS”, dice. Por fin, como una visión, apareció la montaña, una mancha emergiendo entre extensiones blancas. “Imposible seguir hasta Andalgalá, cerca de los valles Calchaquíes. Era entonces o nunca. Y vimos que el helicóptero comenzaba a dar vueltas alrededor del pico hasta aterrizar. Allí llegó el miedo”.

 

El lugar del aterrizaje, rodeado de nubes

 

Vivos, pero hasta cuándo

“¡Estábamos vivos, no se cayó el helicóptero! Pero ahora qué”, fue la cuestión. Había que pasar la noche allí, sin abrigo, sin comida, ni agua, sin señal de celulares.

“Muchachos, tuvimos un imprevisto y nos quedamos sin combustible”. La voz del piloto era calma. “El comandante vino hasta nosotros y nos dijo con mucho ánimo –cuenta Plasencia-: ‘lo único que pudimos hacer fue aterrizar por fuera de la tormenta. La verdad es que llegamos gracias a la Virgen María. Vamos a organizarnos, conserven el calor, pónganse mucha ropa y tranquilos, ya están todos avisados y, cuando mucho, mañana nos rescatarán”.

Diez minutos más, y el helicóptero caía, les describió Bornices. Hubiera intentado aterrizar igual, pero a riesgo total de estrellarse. “Se la jugó para llegar a tierra antes. Y lo logró”, subraya el funcionario de Vialidad, quien se reconoce ahora admirador 100% de las FFAA argentinas. “Tanto el piloto como su tripulación nos dijeron que jamás habían tenido una situación así. Y, sin embargo, actuaron como titanes, con una pericia tal que parecía que lo hacían todos los días. Nos decían: uno siempre se queja de tanto entrenamiento, piensa que nunca va a pasar algo… Y si no fuera por ese entrenamiento, hoy no la contábamos, nos matamos todos”.

Igual, con los grupos de rescatistas. “Por la mala comunicación, que nos llegaba en el teléfono satelital y sonaba tipo Walkie Talkie descompuesto, habíamos entendido que vendrían por nosotros algo así como dos baquianos a caballo. Y que llegarían a las 6 de la mañana. Pero pasaban las horas y no había noticias. A eso de las 11 de la mañana, nos preparábamos para bajar solos o para salir a cazar algún venado o cabrito con el arma de Schneider, cuando vemos llegar al grupo en el horizonte. El primero, porque fueron tres grupos distintos los que salieron al rescate”.

El piloto con un paquete de chocolates, del kit de emergencia. Foto: Eduardo Plasencia

 

De la incertidumbre a la explosión 

Un sentimiento de seguridad reemplazó a la incertidumbre de las horas anteriores. Habían atravesado por todo: miedo a la caída, desconcierto en la noche, incertidumbre de no saber si serían rescatados, locura con la llegada de los rescatistas de la División de Operaciones Especiales Kuntur. “Y todavía no caigo del todo. Estoy en un hotel, calefaccionado, bien desayunado, muy tranquilo, mientras que anoche estuve a casi 4 mil metros de altura con peligro de no volver”, dice Plasencia. “En esos momentos, es imposible no acudir a la fe. Ahí sale lo más genuino del hombre, y es genuino en el ser humano creer en la ayuda divina y entender el sentido de las cosas por encima de lo coyuntural y de lo que está pasando –dice-. A todos nos brotó rezar y contar anécdotas de ayudas que recibimos de Dios y de la Virgen María en otras circunstancias”.

Concentrados en pelear contra el frío, “no hubo rosarios ni cosa así. Cada uno rezó por dentro. Teníamos que hacer fuerza con los músculos para luchar contra lo helado, cubrirnos el cuerpo por partes: si se te iba congelando un pie, te lo tapabas; luego, el otro; luego, el brazo derecho; después, la espalda…”

Rescatados. Foto: Eduardo Plasencia

 

Kit de emergencia

Es que casi no tenían abrigo. Ropa formal de oficina, con eso estaban. Una vez más, la tripulación vino al rescate: sacaron de sus equipajes pulóveres y medias para todos. Pero no había mantas. Solo era posible sentarse en los tres bancos de pasajeros de la nave, porque bajar al piso o acostarse allí era congelarse.

En cuanto a comida y agua, igual. Los pasajeros, nada. La tripulación había comprado algunos paquetes de galletitas Diversión y Terrabussi, y tres litros de agua en total. Y tenían sus kit de emergencia reglamentarios: dos paquetes cada tripulante, tamaño ladrillo cada uno, con barritas de cereales y cuadraditos de proteínas hipersintéticas, más algunos chocolates. “Tomamos de a un sorbo de agua y cuarta galletita cada tanto per cápita. A las 11 del día siguiente ya no quedaba más que medio litro de agua y pocas galletitas. “Con el frío, temblás y eso te quita muchísima energía –narra Plasencia-. A eso sumale la oscuridad total de la noche. Había dos de esas barritas iluminadoras tipo películas; las colgaron del techo y al menos no nos chocábamos a los codazos entre nosotros. Pero luego salió la luna…”

El fotógrafo presidencial salió entonces del helicóptero. Se congeló, pero tomó las fotos más inesperadas de su vida. Todo era un baño nácar de luz silenciosa y helada.

Hasta la salida del sol.

 

Liderazgos de acá y allá

Dentro del helicóptero, “todos éramos un solo equipo –dice-. Los trece compartimos comida, agua, suéteres… No hubo ni crisis de temor ni actitudes de mando sobre otros”. Sin embargo, había liderazgos. “Claramente, Iván Pavlovsky, el vocero presidencial, era el que más preguntaba cómo estábamos todos. Al abrir los paquetitos de noche y hacer una cena simbólica, Iván pronunció un breve discurso de agradecimiento al piloto y la tripulación en nombre de todos. Luego, el teniente Alejandro Schneider, un hombre de la Policía Federal, tenía todos los contactos necesarios, el teléfono satelital, hasta un arma… Y el liderazgo del piloto”, resume.

La llegada de los rescatistas cambió la óptica: “ellos tomaron el liderazgo y control total de la situación. Eran cinco tipos superequipados con mochilas, camperas, bolsas de dormir, termos, café, mate, que hicieron fuego, nos controlaron la presión, temperatura y nos dieron toda la seguridad del mundo. Nos anunciaron que si para las 12 y media no llegaba el helicóptero, bajaríamos a pie. Estábamos todos dispuestos: confiábamos en ellos totalmente”.

 

El último tramo

A las 12 y media, el helicóptero presidencial no había podido llegar. Así que tomaron todo lo que podían de adentro del MI-17 y comenzaron el descenso. “En ese instante, aparecieron dos rescatistas bomberos, helados, de los que habían sido atrapados por la tormenta. Nos quedamos media hora más para que se recuperaran y tomaran bebidas calientes. A la 1 en punto, los 20 emprendimos la marcha”.

Caminaron una hora y media y bajaron más de 400 metros, recuerda Plasencia. El dato tal vez no sea exacto; es el dato que las sensaciones y la mirada cansada permitieron tomar. “Muy escarpado… Pero teníamos toda la confianza en los rescatistas. Hasta que, de pronto, escuchamos el sonido de un helicóptero. Apareció por atrás de la montaña, tremendo; eran como as 2 y media de la tarde, se había despejado el clima y llegaba a buscarnos. Pero estábamos en un punto de difícil aterrizaje. Por tres o cuatro veces se acercó tanto a la montaña que parecía que se iba a reventar contra ella. Tanto, que pensé: Houston, tenemos un segundo problema. Pero no. Otra vez, la tremenda pericia de un piloto que hizo malabarismos y aterrizó en una cornisa imposible”.

Dice entonces que subieron los 7 funcionarios al helicóptero de rescate “porque no entraban ni 13 ni 20. Nosotros éramos los menos aptos: el resto tenía entrenamiento, botas de cuero…”. Los rescatistas explicaron que con el calzado que tenían, no hubieran legado a destino. Y que carecían los 7 de entrenamiento para semejante bajada, a diferencia de la tripulación, bomberos y Kundur.

 

“Gracias, gracias, gracias”

Lo destaca varias veces. El profesionalismo y destreza del piloto y su tripulación. La garra y excelencia de los rescatistas. Busca los nombres, los pasa a La Nación, “hay que dar gracias”, dice.

Gracias al piloto y comandante del helicóptero MI-17, Capitán Hernán Bornices; 1er Teniente Alejandro Schneider; Suboficial Principal Barrera; Suboficial Principal Aragón; Suboficial Ayudante Comelli; Cabo Principal Aquino.

Gracias a los rescatistas de la División de Operaciones Especiales Kuntur, Comisario Marcos Herrera; Operador Principal Juan Soria; Oficial Inspector Diego Brahamonde; Oficial Subinspector Juan Córdoba; Sargento 1ero Jesús Maza. “Y a los bomberos rescatistas que quedaron atrapados en la tormenta de nieve. Gracias, a todos”.

Eduardo Plasencia, ya rescatado (Foto: Télam)

 

Lo que queda

“Admiración –dice-. Hacia los rescatistas, su fortaleza y ánimo para caminar cuesta arriba en la tormenta de noche casi 4 mil metros para buscarnos. Y hacia el piloto y su tripulación, increíbles. Admiración o agradecimiento a la organización –dice Plasencia-. Porque allí se manifestó lo mejor de la civilización humana. Fueron hasta el último punto del mapa para rescatarnos. Una sociedad organizada que puso todos los medios, helicópteros, seres humanos, logística… A las 11 de la mañana de ayer, nos quedaban solamente medio litro de agua, un paquete de galletitas y cero combustible para calefaccionarnos. Una noche más hubiera sido tal vez una tragedia para algunos, sobre todo, los mayores”.

Plasencia viajó el sábado de noche a Salta. Este lunes 4 de junio debe seguir allí con reuniones por temas del Corredor Bioceánico Brasil-Chile que pasará por el norte argentino.

Pero hoy… Hoy es momento de respirar un poco.

El helicóptero que quedó atrás

 

 

 

Fuente: La Nación

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