Mundial 2030: un evento modernizado

Las calles estaban despobladas, un extraño silencio reinaba en cada rincón de la Argentina. Las modernas pantallas digitales con imágenes 4D, se habían vendido como nunca. A los clásicos visores individuales de cinco años atrás, se les habían agregado pequeños rociadores, que diseminaban agua en micro partículas sobre los televidentes cada vez que un jugador era enfocado por las cámaras robóticas mientras se esforzaba en una jugada.

 

Autores:  Eugenio Jacquemain, Joquin Villanova y Agustin Juriol

 

Se disputa la final del mundial 2030, organizado en conjunto por argentinos y uruguayos, equipos que justamente han ganado sus semifinales. Los orientales clasificaron en el último minuto frente a Nueva Guinea, su número nueve, aplicando la clásica garra charrúa y viendo que se pasaba, se arquea en el aire y golpea el balón con su cara, más precisamente con el tabique nasal, mandando la pelota a la red y su nariz al médico. Por nuestro lado, luego de errar un penal, que nos hubiera depositado más descansados en el último partido, luego del alargue en el cual nos hicieron temblar tres veces el travesaño, ganamos en definición de doce pasos. Fue un partido difícil, Madagascar es una de las nuevas potencias futbolísticas.

De este lado del charco estamos preparando los memes, si llegamos a perder la final, le recordaríamos a Cáceres, el actual 10 de la selección y del Real Madrid, que nunca va a llegar a ser Maradona o Messi. También los que dicen que somos mejores del mundo y gastando a los uruguayos con imágenes del Pepe Mujica tomando mate con cannabis, los que usaríamos en caso de ganar.

Aquel lejano 2018, cuando se produjo la crisis futbolística más grande de la historia del futbol argentino que se recuerde, ya quedaba atrás. El intento de crucificar a Sampaoli fue detenido por la policía aeronáutica en Ezeiza. Luego, se realizó una colecta popular que recaudó lo necesario para rescindir su contrato, luego de lo cual el ex técse nico, asentó en Chile y se dedicó a representar a artistas de rock.

A la final llegaron, tal como hace cien años, Uruguay y Argentina. El viejo clásico rioplatense se reeditaba, pero con una cláusula que estaba en el reglamento “si los dos países organizadores llegaban al partido final, el mismo no sería ni en Montevideo ni en Buenos Aires sino en la isla de Pascua”.

El estadio era moderno y climatizado, cada butaca tenía pequeños auriculares inalámbricos donde podías seleccionar el idioma de la transmisión. Los moái, otrora guardianes de la historia de largas orejas y característicos de la isla, ostentan hoy orgullosos propagandas digitales multicolores de Coca Cola y Nike.

Desde las butacas el césped no se apreciaba, el rectángulo de juego estaba cubierto por un techo traslúcido que apenas permitía apreciar formas o bultos de jugadores. El partido se seguía por enormes pantallas japonesas colocadas por encima de la cubierta que se erigía donde se desarrollaba el encuentro. El capitán de cada equipo disponía de un pulsador para solicitar el VAR cuatro veces por encuentro y era automático.

La escuadra argentina confiaba en ganar la copa que le era esquiva desde el 86. La AFA, hoy dirigida por Roberto Grondona Gómez, tataranieto de Don Humberto, dirigente de San Pedro, un club de Chiquitapia que es pueblito del norte había llegado a la Isla diez días antes, ni bien se supo de la final, para reconocer el contexto donde se jugaría. Junto con la comitiva invitada de 104 dirigentes, inspeccionó todas las playas y lugares nocturnos de la isla para asegurarse, que estuvieran lejos del lugar donde descansaría la elección el par de días previos al partido.

Y la hora había llegado, comenzó el encuentro luego de sincronizar los horarios entre las cadenas televisivas norteamericanos con la asunción presidencial del hijo de John Travolta, y las brasileras, con el final de la última novela. El juez del encuentro, asistido por tres computadoras, que incluyen sensores en puntos estratégicos del rectángulo de juego, da el pitazo inicial.

La pelota comienza a correr y los espectadores siguen el derrotero, incluso anticipando digitalmente su trayectoria en las gigantescas pantallas. Hoy el futbol está completamente informatizado desde la irrupción del primigenio VAR en 2018. Muchos dicen que así no es atractivo, que atenta contra la viveza criolla que era parte del juego, pero ya no hay excusas y se saben hasta algunos goles segundos antes de que el balón toque la red, para ello se usa una rara ecuación polinómica que incluye las estadísticas de peso, velocidad y reacción de los arqueros y balón, incluyendo la resistencia del viento en ese instante.

Llegando al final del mismo, el partido está muy controlado por los dos equipos, los asesores técnicos de cada entrenador, que habían trabajado estos diez días previos, realizaron una excelente labor. Cada ataque estaba previsto por ambas defensas, estadísticamente se sabía previamente cada jugada de ataque del contrario.

Ataca argentina por la derecha, el cronómetro de tiempo neto marcaba cuarenta y cuatro y medio, en treinta segundos si o si terminaba en empate e iba a penales. El delantero llega al final y larga el centro casi sobre la hora y cae llovida sobre el área de los charrúas, solo, en el medio del área, casi desapercibido esta el más petiso de todos los argentinos, Pipita Igualterro, el 9. Cuando la defensa lo percibe, el balón estaba casi tocando su frente, el cabezazo era inevitable, solo, cómodo, impacta y da dirección al esférico hacia el rincón, allá arriba, al ángulo, inatajable aún para diez arqueros. El guardameta se tira sabiendo que era solo para la foto, que no llegaba. Faltando sólo tres segundos el balón se estrella en el travesaño y comienza a descender, veintidós jugadores, árbitros, entrenadores y hasta un gato siamés, que seguramente alguien llevó de cábala, miran de reojo el reloj, y de frente, la trayectoria de la pelota que parece caer en cámara lenta. El número 2 del cuadro celeste sin querer tapa al juez que se desesperaba por ver la resolución, el 8 albiceleste en su desesperación por ver el resultado del tiro se coloca entre el línesman y la línea de gol obstaculizando su apreciación. Once jugadores soplan con fuerza para que el balón cruce la meta y otros once aspiran para contrarrestar ese movimiento ciclónico pulmonar que se apreciaba. Al momento justo que el balón tocaba el suelo, una gran descarga eléctrica surca el cielo y cae sobre el tablero principal del estadio, produciendo un cortocircuito en el sistema.

El público, atónito, ve como se obscurecen en milésimas de segundo las gigantescas pantallas, solo se escucha un grito de “Gooooooolllll” superpuesto con otro que pregonaba “No entró!!!!!!” desde el cuadrilátero cubierto. El juez del encuentro esquivando al 2 charrúa trata de ver a su línea quien gesticula desde detrás del 8 argentino, al instante gira su cabeza y observa al encargado general de la cibernética del lugar quien estaba al borde de un ataque de pánico. La discusión comienza al mismo tiempo que los hinchas albicelestes facebookean el grito de gol y sus pares orientales twittean empate en sus smartphones 7G, mientras ambos permanecen en absoluto silencio.
Luego de deliberar con las autoridades de la FIFA y de la ONU, hoy una corporación comercial y uno de los sponsors del evento, deciden que el tema sea resuelto en el Tribunal Internacional de La Haya, y que el fallo será respetado por las dos asociaciones.

Mientras tanto, fuera del estadio, un lugareño, vendedor de artesanías, ya enterado de la noticia piensa “Mucha tecnología, demasiada para un juego, pero con la naturaleza no se puede”.

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