Natalia Reynoso cumplió 118 años y los celebró comiendo lechón asado

Es sábado al mediodía y de la casa de Natalia Reynoso, en el barrio Hipódromo de Gualeguaychú, sale olorcito a asado. El lechón ya está listo pero a los pollos todavía les falta tiempo sobre las brazas. Amigos, vecinos y familiares de quien parece ser la mujer más longeva del mundo, se han reunido para celebrarlo.

 

Por Sabina Melchiori

 

Afuera de la casa donde viven Natalia y su hijo, una de sus nietas, junto a sus pequeñas hijas, coloca una bandera que abarca casi todo el frente. En letras de imprenta mayúscula, cuyo contorno alguien bordó con lentejuelas verdes y celestes, dice: «Felices 118 años, mami Naty«. La hicieron hace tres años, cuando Natalia cumplió 115, y año tras año le han ido modificando el último número de la sorprendente centena. «Para el año que viene vamos a hacer una nueva», anticipa otra nieta.

Adentro, sobre la mesa vestida con un mantel floreado, ya están distribuidas las ensaladeras colmadas hasta el tope con las guarniciones que acompañarán al lechón y a los pollos. También hay algunos cubiertos, vasos boca abajo y un par de rollos de papel de cocina. Alrededor, un par de mujeres acomodan el sencillo decorado de la fiesta y un grupito de gurisitas, primas entre ellas, miran con ojos de asombro el despliegue bochinchero de las cámaras que apuntan hacia la pequeña mujer sentada en la cabecera.

La noticia es este cumpleaños.

Natalia Reynoso nació en Médanos, un pequeño poblado del sur de Entre Ríos, el 27 de julio de 1900. Su hijo menor, que tiene 82 años, dice que fue inscrita en los registros de la época como Natalia Gutierrez. De joven domaba caballos, era puestera en la Estancia Nueva de 38 mil hectáreas de la empresa Garovaglio & Zorraquin SA, campos que hoy están sobre la RN 12. Quedó viuda a los 36 años, luego de haber parido a sus nueve hijos, de los cuales ha sobrevivido a ocho. Tiene nietos, bisnietos y choznos.

«No se queja, no tiene ningún dolor, se queda acá sentada, come de todo, es divina», dice una de las nietas que llegó para celebrar el cumpleaños de su abuela. La abraza y le da besos. Natalia escucha, comprende lo que se le dice o pregunta, pero no ve y habla con voz muy bajita y mucha dificultad. Sabe que todos están allí para festejar su centésimo décimo octavo cumpleaños, espera paciente y silenciosa que le sirvan la comida y parece sonreír cuando escucha -otra vez- la canción del feliz cumpleaños.

 

Una nieta de Natalia adornando el frente de la casa

 

 

 

 

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