Nevando alegría

Entre Ríos ha tomado por asalto el carnaval que otrora ostentaba orgullosa y reinante su vecina Corrientes. Bajando por el Uruguay, desde Concordia hasta Gualeguaychú, y luego recorriendo la costa del Paraná desde la bella Gualeguay, las plumas y los tambores cosquillean nuestros corazones al ritmo carnavalero. Diferentes festejos en forma de carnestolendas a lo largo y ancho de la provincia, cambiando estilos y contextos pero con una misma raíz, nutren fuertemente la oferta turística entrerriana en los meses de verano.

 

Por Eugenio Jacquemain (*)

Es febrero en Entre Ríos, pleno litoral argentino. Su clima cálido y húmedo, debido al gran abrazo de agua que marca los límites mesopotámicos, nos preanuncia un sábado con más de 30 grados. Costeando el río homónimo, nos recibe Gualeguay, “Capital de la cordialidad” y “Cuna de la Cultura Entrerriana”, otra de las ciudades donde se respira Carnaval.

La temperatura ya en horas de la tarde desmentía claramente lo que se comentaba, “en los corsos de Gualeguay nieva”. El calor reinante confirmaba que esa expresión era un mito, sin embargo, algunos lugareños seguían insistiendo en ello, convencidos que en horas de la noche, en el corsódromo local, se produciría el milagro que se repite cada sábado a comienzos de año.

En la ciudad no se notaba mucho movimiento. Su bella costanera, refugiaba bajo la sombra de grandes árboles a quienes se atrevían a desafiar la temperatura, que pese a la hora no se daba por vencida. En cómodos sillones playeros encontramos a un grupo de amigas muy locuaces, que no dudaron en contarnos decenas de anécdotas de la fiesta local. “Lo de la nieve se van a dar cuenta solos esta noche, eso hay que vivirlo, no sirve contarlo” expresaba Betty tomando la palabra y agregaba: “No hay duda que son los corsos más divertidos del país, no hay tiempo para aburrirse, música, comparsas y espuma, son la combinación perfecta para esta noche gualeya que no se la van a olvidar mas”.

Allí interviene otra de ellas, de largo pelo castaño y ojos oscuros “esto lo van a ver con sus propios ojos, nosotros estamos en una mesa casi en el centro, frente al palco oficial, es el mejor lugar, tamaña cola nos tuvimos que hacer para comprarla”. Esto despertó nuestra curiosidad y avidez por más información. Nos relataban que se forman largas colas antes de la temporada de carnaval para adquirir los lugares, ya que las entradas se venden por semana unos días antes. Y en ese preciso momento empezaron las curiosas anécdotas de la fiesta. Nos enteramos que, desafiando los sabuesos fiscales y las crisis de las diferentes épocas del país, se ha desarrollado un trabajo informal que es la figura del “colero”. Personajes voluntarios que, por una módica retribución, se ofrecen a permanecer horas y horas en la cola para comprar ubicaciones, hasta que el interesado ocupa dicho lugar.

En algunos casos amigos cumplen ese rol gratuitamente o a cambio de un par de cervezas que son bebidas luego de lograr el objetivo, también parejas o familias con infaltable mate en mano que se van turnando en la espera hasta la apertura de las boleterías de ventas.

Cuenta un viejo mito urbano local, que un día un grupo de amigos, profesores ellos, concurrió a la cola casi 48 horas antes del horario de comienzo de las ventas, pero que no dejaron detalle librado al azar, concurrieron al sector acompañados de un clásico “chulengo” especie de parrilla portátil, un par de heladeras y sillones de playa. Munidos de tal arsenal, y ayudados por un servicio de cadetería, esperaron pacientemente rodeados de chorizos, muslos de pollo y bebidas que le permitieron sortear la espera de casi dos días, hasta lograr aquel año, comprar las primeras mesas puestas a disposición del público.

 

El Corsódromo

Las primeras gotas de oscuridad nocturna comenzaban a caer sobre nosotros, el grupo de amigas ya se iba a preparar para la fiesta, nosotros, luego de ver un hermoso anochecer a la vera del río, nos dirigimos al corsódromo, para apreciar lo que tanto había sido elogiado minutos antes.

El predio está ubicado en lo que antiguamente, hasta los ’90, era la estación de trenes, es una hermosa y larga pasarela, custodiada a ambos lados por sillas y tribunas. En el centro está ubicado el lugar de invitados u oficial. Un gran sector escalonado cubierto de mesas y sillas, frente a ellas, en el lado opuesto de la pasarela, una gran tribuna que linda con el frente de un boliche o confitería -como los nombrábamos antiguamente-, sector donde los adolescentes, y otros no tanto, se encargan de mantener vivía la algarabía y diversión de la fiesta.

Como es clásico en los carnavales entrerrianos, sin ningún tipo de envidia a los cordobeses, el fernet ocupa un lugar prioritario en la venta de bebidas, compitiendo con la cerveza por el primer lugar, es elegido por jóvenes y no tan jóvenes para acompañar la noche. Tampoco están ausentes las hamburguesas o el clásico choripán, que se puede degustar dentro o fuera del circuito, antes, durante o luego del espectáculo, muchas veces prolongando hasta el amanecer, largas tertulias de amigos o parejas en algunos de los lugares frente al predio.

Al ingresar a nuestros lugares nos cruzamos con vendedores de espumas, packs milagrosamente apilados en carritos de supermercado, que iban y venían por los lugares de paso entre tribunas y mesas, algunos se atrevían a circular por la pasarela ante la ausencia de las comparsas que aun no comenzaban a desfilar, Con sorpresa vimos que la mayoría optaba por “la oferta” de comprar varias latas, pensando, desde nuestra inocencia, que reservaban “poder de fuego” para futuras noches, pero, cuán lejos estábamos de la realidad.

Ingenuamente, creímos que si en nuestro poder no había armas carnavaleras no seríamos atacados, pero ese precepto era vapuleado a los minutos de sentarnos cómodamente a un costado de la pasarela. La recomendación “lleven una toallita” cobraba validez en este momento, nuestra ropa ya empezaba a mostrar signos de humedad, ya que con ella, tratábamos de retirar la nieve que crueles aerosoles habían colocado sobre nuestros rostros y cabello. No nos quedaba alternativa, ni bien vimos el próximo carrito recurrimos a nuestra billetera y no dudamos en obtener lo necesario para la defensa propia ante futuros ataques.

El espectáculo estaba por comenzar y ya veíamos los anticipos de lo que sería la noche, un grupo musical animaba la previa mientras el juego de espuma se estaba haciendo sentir. Vale, una de las del grupo que vimos en el parque se acercaba a la mesa dispuesta a saludarnos, nos preparamos para ello pero al momento de llegar, arteramente saca de su cartera un tarro de espuma y nuevamente quedamos como la cima del Everest, nuestra amiga se había recorrido muchos metros para tan solo dejarnos blancos de nieve artificial, quizás allí fue donde empezamos a ver el espíritu de la fiesta que no se fija en edades ni clases sociales, fiesta donde no hay títulos nobiliarios para la diversión o la alegría, tanto es así, que debajo de una abundante capa de espuma, cuando se quitó los anteojos y parecíamos estar frente a un mapache albino, divisamos la figura del Intendente de la ciudad, uno más entre la gente con su tarro espumoso en la mano dispuesto a defenderse.

Tres comparsas nutren a esta fiesta de brillo y color, Sí-Sí , recordando sus 40 años de historia, mostrando su título de la comparsa entrerriana más antigua, K´Rumbay y Samba Verá, cada una de ellas cuenta con más de 150 integrantes que bailan a lo largo de los 450 metros del circuito.

El “Gualeguay te espera”, la marca de la ciudad, se encarna en el paso de cada una de ellas, que abrazan majestuosamente con brillo, color y alegría al visitante.

Nuestra provisión espumosa estaba tocando a su fin, ahora entendíamos la compra al por mayor de la cual fuimos testigos al principio. Los gualeyos, porque esta fiesta se nutre mayoritariamente de gente local, nos hacían sentir como en casa, Debajo del baño de espuma, la dirección del documento era invisible, la ciudadanía del carnaval nos fue otorgada de inmediato, pero aún faltaba conocerlo mejor. Si Si, con el tema “Brille la luz, sube el telón”, festeja sus 40 años de historia este año, repleta de plumas y con majestuosas, carrozas levanta al público a su paso. K´Rumbay no se queda atrás y con su característica explosión de espuma, nos hace saltar de nuestros lugares para disfrutar al ritmo de sus parches y bailarines. La tercera en competencia es Samba Verá, la última campeona, que repleta de plumas y lentejuelas, acompañadas por una hermosa música, desplego su grandeza frente a los espectadores.

El bello espectáculo del brillo, color y baile de las comparsas, impregnado de una hermosa música que cada banda nos brinda, no es impedimento para el juego con nieve, pero hay un momento, un instante en el tiempo, que los dedos cesan de oprimir los picos de los tarros. Ese momento es cuando todo el corsódromo se prepara cual si fuera un mágico rito, ese momento es respetado hasta por el último espectador. Solo se escucha la voz del locutor de la comparsa que está desfilando frente al palco, con voz suave que se contrapone con la que segundos antes anunciaba las escuadras de plumas y color prepara el momento, los dedos del público sobre el pulsador de cada recipiente níveo, las piernas preparadas para saltar o bailar y segundos después, cuando esa voz toma cuerpo y llega el momento el corsódromo parece explotar, vivimos algo similar a la calma que antecede la tempestad, pasamos de una quietud infinita a la erupción de un volcán, por momentos, una especie de nube blanca cubría el cielo, miles de tarros de espuma lanzaban su contenido al cielo ocultando el mismo con un manto blanco.

No es descabellado decir que incluso pierdes de vista a quienes están cerca, las pequeñas partículas de nieve caen sobre los espectadores y artistas de manera infinita. La piel se eriza desde el primer minuto, los corazones estallan al ritmo de la música y ese momento es toda alegría, el circuito pierde sus límites e imaginariamente se convierte en una gran pasarela, los artistas de plumas y caireles pasan a ser uno más dentro del espectáculo junto a quienes minutos antes los observaban, y es allí, donde uno se siente como los protagonistas de esas navidades blancas que nos muestran las películas, lo prometido había llegado, no nos habían mentido, estaba nevando en verano, estaba nevando un febrero en Gualeguay.

Hacia un lado y hacia otro del circuito solo se veía blanco, los hasta hace un momento espectadores simulaban ser en su mayoría, vivaces muñecos de nieve. En nuestras retinas aún latían las imágenes de la nevada de segundos antes. Minutos más tarde, seguían cayendo del cielo pequeños copos de espuma, el último aliento de los ya agotados tarros, no alcanzaba medio metro. Los acordes de la banda aún seguían marcando el ritmo de la gente que bailaba en cada lugar, en su butaca, en las tribunas o junto a las mesas.

Las tres comparsas habían brillado por igual mas allá de las preferencias de los locales. Banderas y colores identificatorios, obviamente acompañados de un apasionamiento característico, permitían individualizar los fanáticos de cada una de ellas que convivían con observadores cuasi imparciales, “amantes del carnaval” como nos decía July que estaba en una butaca de las más cercanas agregando “Yo soy fan de la espuma, de la alegría, del carnaval mas allá de que comparsa me guste más. Hace años estoy radicada en Buenos Aires pero cada verano vuelvo a mi Gualeguay cada noche de corso, trato de no perderme ni una” nos contaba aún cubierta de blanca espuma.

El espectáculo de los “Corsos más divertidos del país” como los han bautizado, había finalizado y el día que un teclado pueda transmitir emociones, quizás contemos nuevamente esta historia de alegría y diversión. Quizás hablemos nuevamente del milagro veraniego gualeyo, si, porque en verano, en pleno enero o febrero litoraleño, en Gualeguay, las noches sabatinas se cubren de nieve, alegría y color. Solo basta venirse y comprobarlo, no es muy difícil.

(*) Eugenio Jacquemain
Estudiante TPD- Ext. Gchú
Fac. Periodismo – UNLP

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