No calumniemos al VAR

Cuando una determinada tecnología, por más asombrosa y revolucionaria que fuere, es manipulada indebidamente con intenciones aviesas, no sólo pierde su genuina función sino que se la expone injustamente a la crítica más dura. Si el sistema denominado VAR (sigla de Video Assistant Referee en inglés) es tramposamente aplicado, la falla no es del aparto sino del afán fraudulento que suele anidar en los seres humanos. Si un desfribilador externo automático, instrumento portátil aliado de la medicina cardiovascular, no se utiliza en el momento preciso y oportuno, la falla no es de la bíoingeniería sino del profesional actuante. Durante la reciente disputa de la Copa América en Brasil, lo que se presumía como valioso auxiliar de los árbitros al momento de confirmar una falta, derivó en un escándalo que echó sombras sobre el fair play (juego limpio) generando desconfianza y sembrando dudas sobre un sistema que no debería exhibir fisuras de ninguna índole.

 

Luis María Serroels
Especial para INFONER

 

Una parte de la organización de la Copa América jugada en Brasil, quedó incursa en la antítesis del fair play. Los manejos que se hicieron al momento de garantizarle justicia y ecuanimidad a los fallos de los silbatos de turno, no siempre demostraron un real propósito de acertar en la interpretación del Reglamento.

Si un individuo es acusado de tomar dinero ajeno y se niega a vaciar sus bolsillos, está claro que no es inocente. Si quienes manejan el VAR se niegan a verificar una jugada dudosa, (peor aún si lo hacen pero se lo ocultan a la autoridad del encuentro) significa que detrás de su reticencia existe una planificada trampa por pasividad reprobable, porque en vez de actuar como sostén de la tarea del “pitero” y sus auxiliares, dejan al descubierto que las reglas imperantes se borraron con el codo.

Si Messi no debió recibir tarjeta roja, se cometió una injusticia doblemente potenciada porque sus enojos frente a las cámaras de la TV mundial le acarrearán fuertes agravantes a las eventuales sanciones. Las particulares normas que rigen el balompié continental y la extraña prudencia de cierta conducción en algunos casos vitalicia, anticipan agudas migrañas para la dirigencia argentina que precisamente no goza de mucha simpatía.

No faltan ciertos inescrupolosos que añorando otras épocas, reflexionan que si hoy viviese Julio Grondona estas cosas no ocurrirían. Probablemente, pero hubieran seguido pasando otras de mucha más gravedad que pusieron a altos dirigentes en la mira de la justicia.

En el fútbol, la pena máxima con la pelota en juego es el penal. En la conducción institucional del fútbol, la pena máxima es el procesamiento por cometer delitos con o sin la pelota en juego.

Convengamos que la hiper saturación del fútbol cotidiano, por lejos archi superadora de cualquier otro deporte con alcance mundial, hace tiempo que empezó a exhibir síntomas de agotamiento del gusto popular. Encima de ello, el virtuosismo y la exquisitez que llenaba los ojos de multitudes décadas atrás, se ha convertido hoy en una rareza porque cada vez son menos los iluminados por la habilidad, inteligencia y sentido colectivo de un deporte tan bello.

Los sponsors, patrocinadores o auspiciantes que manejan resortes visibles u ocultos, tienen sus propias reglas y hasta imponen decisiones privativas de los clubes so pena de retirar sus aportes. Pero tales operativos se extienden a otras actividades que trascienden al deporte. Mueven millones de dólares y hasta llegan a convertirse en una dirigencia paralela detrás de los bastidores. No es fácil hallar dirigentes del fútbol libres de toda culpa pero los hay. Se nubla así fuertemente la confianza y –como viene sucediendo-, se aleja de los estadios a los aficionados que, además, no pueden ya abonar los altos precios de las entradas, no justificados por el bajo nivel del juego.

La justicia penal hace tiempo que empezó a perseguir y enviar a la cárcel a los corruptos que –aplicando el lenguaje del reglamento futbolero- se sitúan en posición demasiado adelantada, en tanto ciertos personajes con silbatos bien domesticados soplan fuertemente para algunos y aplican la sordina para otros en situaciones similares.

El denominado “escándalo Messi”, que se viralizó con inusual velocidad por el planeta, deja ciertas sospechas. Si ser un futbolista profesional obliga a aceptar incondicionalmente y a libro cerrado cláusulas draconianas que, como si fuera poco, le conceden a la dirigencia la bolilla de oro, estamos a contramano de preceptos mundialmente aceptados que garantizan la libre expresión. Y si ello deriva en graves calumnias y expresiones difamantes, no puede ser el ofendido juez y parte. Máxime si como en el caso de Messi, mediaron episodios entrelazados con claros propósitos de favorecer a un equipo y perjudicar a su oponente. Una eventual difamación de un futbolista con aceleradas palpitaciones y en caliente, fuera ya del juego, deberían plantearse y resolverse en otros ámbitos equidistantes de las partes.

La explicación falaz del juez del partido contra Brasil lo condena en tanto temió que el VAR lo desmienta y fabricó argumentos risueños. No darle más participación resultó su peor pecado.

La historia muestra que las entidades rectoras del fútbol mundial suelen mostrar la hilacha con asiduidad. Sus popes emigran desde las páginas deportivas a las páginas judiciales e Interpol acelera sus rastrillajes.

Cuando el técnicamente asombroso mecanismo del VAR se presentó en sociedad, se lo hizo como garantista de la justicia arbitral para eliminar reacciones sospechosas y darle al juego la mayor transparencia posible. Tener la potestad de acceder o no a esta sana práctica e incluso ocultarle al aficionado presente o ubicado frente a la TV la realidad, es la primera y gran falla que no se conecta con la tecnología sino con la moral de los que la deben emplear. Ello instala el primer y gran escollo tramposo que permite determinar un resultado sospechado de inmoralidad.

La incorporación, instalación y puesta en funcionamiento del VAR supone invertir millones de dólares y esto hizo reflexionar a un aficionado si no saldría más económico agregarle dos asistentes más al árbitro principal (uno detrás de cada arco) con probada seriedad y honestidad. Valores que no siempre parecen garantizarse frente a una pantalla observada por varias personas y repetidas todas las veces que fuera menester (en detrimento del ritmo del juego, a veces con exasperantes demoras).

El sistema más oneroso es el que utiliza un único centro para todos los encuentros. El costo por partido según el sistema más económico, será entre ¡38 y 40 mil dólares por estadio! La logística, los salarios y viáticos de los árbitros que se sumen a la tarea, contando 13 partidos por fecha, costaría semanalmente unos U$S 117.000 (a la actual cotización rondaría los 5 millones pesos semanales). Qué entidad podría sobrevivir a semejante erogación, salvo que una fuerte esponsorización más un duro aumento en el precio de las entradas sostenga cada disputa. Asegurado el financiamiento, restaría la capacitación del plantel que controlaría en las pantallas el desarrollo del juego, conectado a través de una fibra óptica (como sucedió en Rusia 2018) o un centro en cada estadio como hace la entidad sudamericana porque considera a la otra variante imposible de financiar por su alta inversión.

La gran falla del sistema que lo tornaría vulnerable, no es otra que la mala intención de los operadores que, como se ha dicho, desvirtúen el mensaje hacia el “verde césped” (como lo llamaba el gran Angel Labruna), dejando al referí en ascuas sobre lo exactamente ocurrido. ¿Costaría mucho que una gran pantalla les exhibiera a los espectadores la verdad y sólo la verdad?

Es como si a un hospital ingresa un paciente con su salud muy comprometida y quien lo somete a una resonancia magnética se niegue a revelar el problema y a mostrar los resultados.

El deporte es una actividad que exige honestidad y convivencia desde la dirigencia hasta los que lo practican. Desde el DT hasta el utilero. Y porqué no, también a cierto periodismo deportivo que vive del sensacionalismo. Todos sabemos que con la mentira se puede ir muy lejos pero sin ninguna posibilidad de regresar.

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