Nosotros, los adictos

“Nunca me había puesto a pensar lo raro que es tomar mate”, dice Diego Martínez, un periodista entrerriano que se encuentra radicado en España desde mediados de 2017.

Por Diego Martínez – periodista

 

Nunca me había puesto a pensar lo raro que es tomar mate. Claro, para mí no lo es. Pero me permito salir un poco de mis zapatos para verme con ojos extraños. Sólo en Argentina, Uruguay y en el sur de Brasil se consume esta bebida. En síntesis: somos pocos los de lengua verde, en relación al resto de los habitantes del planeta que no practican este ritual.

Es como un café. Es como un té. Es una bebida espirituosa. Es una adicción. Y otras cosas más me han dicho sobre el mate. Hasta ahora, a los amigos españoles que me han pedido probarlos, nos les gustó. El rechazo es subrayado porque lo tomo amargo y caliente. Tendría que proceder como lo hacemos con los niños, dárselos frío y lavado.

Los siguientes han sido comentarios desde el sentimiento de repulsa: “Con sólo ver que lo toman en un recipiente de madera, me da asco”. “¡Cuando terminan, lo dejan con la yerba usada todo el día!”. “¿Y comparten el mismo mate con todos?”

No nos enojemos, seamos comprensivos e intentemos imaginar que el mate es cosa ajena. Y ahora pensemos en lo que hacemos: en un recipiente de madera o de calabaza disecada colocamos hojas trituradas de una planta en particular para luego agregarle agua muy caliente, y así beberla a través de un sorbete de metal. Hasta tenemos portamate para llevarlo con nosotros a dónde sea, todo un signo de dependencia. ¡Y ni hablar de sus variantes! Digámoslo, es una costumbre un poco rara. ¡¡¡Y me encanta!!! Después de todo, aquí beben gazpacho —y lo venden en tetra brick en los supermercados—.

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