Obesidad infantil: ¿somos lo que comemos?

Aunque hasta hace algunos años el sobrepeso y la obesidad eran percibidos como un problema de los países desarrollados, en la actualidad la epidemia se extiende a una velocidad alarmante en los países de bajos y de medianos ingresos. Argentina está primera en el ranking regional de obesidad

 

Por Rocío Hernéndez – Lic. en Nutrición

Rocío Hernández

La obesidad es un fenómeno global que no parece ceder y que impacta con mayor intensidad en nuestro país. Hoy, uno de cada cuatro escolares tiene sobrepeso. Probablemente la mayor parte de ellos serán adultos obesos.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) considera “uno de los más serios problemas del siglo XXI”, la obesidad infantil está creciendo en el país a un ritmo impresionante y anticipa un futuro complicado.
El informe elaborado por la OPS/OMS y la FAO ubica a la Argentina primera en el ranking regional de obesidad. Según ese informe, el 9,9% de los niños menores de cinco años padecen el problema.
En el primer ranking, al país lo siguen Perú, con 9,8%, y Chile, con 9,5%.

Comer por placer

El exceso de peso muestra que hay una conducta acelerada del nuevo milenio. Está vinculada con la aparición de patrones metabólicos que cuando persisten en forma crónica se acompañan del desarrollo de enfermedades.
La obesidad se debe en forma predominante a un desbalance entre lo que comemos (alimentos que nos aportan energía) y lo que gastamos (cuán activos somos en nuestros trabajos y en nuestro tiempo libre). Si comemos más de lo que gastamos, nos ponemos obesos. Esto suena muy simple, pero la realidad es que hoy en día no comemos para alimentarnos, sino por el placer de lo dulce y de lo salado; o por muchas más razones que cada persona tiene. Por cierto, el marketing comercial nos invita a sobre consumir una y mil veces, y en paralelo nos ponemos más sedentarios; de forma tal que la energía no gastada independientemente de su origen nos lleva a acumular grasa más allá de una reserva moderada para nuestros tiempo.
Aunque la obesidad en la infancia se asocia menos con hipertensión o resistencia a la insulina, como sucede en los adultos, lo que sí se sabe es que precede y es un condicionante de la obesidad del adulto, de muy difícil tratamiento.

Factores de riesgo

La obesidad en la niñez se debe a la combinación de varios factores. En lo que más cuidado se pone es en el exceso de comida, pero esto no va desligado de la calidad. Hay comestibles que generan mayor necesidad de comer y condicionan nuestro metabolismo para que el exceso sea convertido en grasa de reserva. Otros fenómenos son secundarios: la actividad física es un “ocultar”. Aquel que hace actividad física tendrá una amortiguación mayor de los procesos obesogénicos, pero es difícil que el nivel de actividad física sea suficiente para prevenir la obesidad. Lo mismo ocurre con el crecimiento: mientras estos chicos se alargan, la sobrealimentación queda disimulada, pero cuando se detiene el crecimiento, se da rienda suelta a las modificaciones corporales.
Por eso, la estrategia recomendada en el mundo es la prevención basada en intervenciones desde el embarazo hasta los años escolares.

Cada vez hay más evidencia de que el exceso de peso al iniciar el embarazo o el aumento a lo largo de la gestación aumenta el riesgo en el bebe. El riesgo de obesidad en la progenie es mayor en las madres que tuvieron una progresión superior a las recomendaciones.

Pero esto no afecta sólo a las mujeres. Hoy se sabe que los hijos de padre y madre obesos tienen el doble de riesgo de sobrepeso, y que éste se reduce a la mitad cuando sólo uno de los progenitores lo es.
Otro aspecto por tener en cuenta es el sueño. Cuando los chicos duermen menos, especialmente en los preescolares, hay tendencia a engordar. Y esto ocurre por el uso de las pantallas, la oferta de TV y el uso de los aparatos tecnológicos. El ocio se ha hecho más divertido. Los padres están más tiempo fuera de casa y mucha de la interacción se da en ese momento.

Los alimentos que deberían representar el 80 o 90% de la nutrición de un chico sano son: carnes, huevos, verduras, frutas frescas, frutas secas… Todos éstos se les pueden ofrecer sin temores, porque los van a comer de acuerdo con su necesidad. Cuando el chico se acostumbra a comer dentro de su casa, lo hace de determinada forma, y reserva lo demás sólo para momentos especiales, no hay problema. Los granos o cereales deben ser las semillas y no los subproductos. En cuanto a las grasas, mientras formen parte de un alimento natural, no deberían ser eliminadas. Lo que no deberíamos comer son las agregadas.

 

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