OPINIÓN. La política de Cambiemos asume la necesidad de ajustar

Las legislativas ratificaron el rumbo que mucho argentinos quieren: república, democracia, horizontalidad, publicidad, idoneidad y honestidad en la función pública, industria lícita, mercado, trabajo y asistencia social. Subió la vara de las exigencias políticas. Y el pueblo le confió esa conducción a una alianza de partidos, con predominio PRO en el Ejecutivo y Legislativo.  

 


Por Fabián Otarán – Abogado

 

Antes que nos agarre el pánico del cheque en blanco, de que el gobierno –ensoberbecido- haga lo que quiera, como ahora se han puesto alertas los jubilados, que fueron quizás los que más impulsaron el voto a Cambiemos y éste no parece dispuesto a defender íntegramente sus derechos, recordemos que, interconectados como estamos, mantenemos intacta nuestra capacidad de movilización de y tomar las calles pacíficamente cuando alguna situación así lo amerite. La movilización popular masiva es la democracia viva.

Recordemos que el cambio del 2015 no lo produjeron los partidos políticos. Primero fueron las marchas y cacerolazos de “¡Basta! #18A”, “2015 Sin Cristina”, “No al autoritarismo”, “DiKtadura”, “Corruptos fuera”, “El pueblo está vivo, el modelo está muerto”, “Juicio y castigo ya a CFK y su manga de saKeadores”, “La plata de la Rosadita es de todos y todas” y “No domestiKar la justicia”, eran las consignas de un pueblo hastiado.

Reitero, no fueron los plácidos dirigentes de los partidos políticos los que reaccionaron a las políticas K. Fueron los miles de anónimos que nos comunicamos por las redes sociales y salimos a tomar las calles, aunque luego sí estas movilizaciones las capitalizaron ellos.

Lo digo para hacer consciente nuestra fuerza ciudadana y porque el precio de la libertad es el que estemos alerta a cualquier riesgo que ella corra. La democracia debe ser defendida en todo momento, porque su debilidad consiste en que otros, desde dentro, pueden aprovecharse de esa fragilidad para provocar su final.  La tentación del autoritarismo es muy fuerte en estas pampas. Y si bien los partidos políticos son los únicos instrumentos para elegir representantes y generalmente hay una doctrina y una historia que los identifica, en su seno, pululan las más disímiles opiniones sobre el rumbo político y económico que debe tomar la Nación.

Las dirigencias políticas suelen anquilosarse, y a veces es tanto su extravío, que podríamos decir que con un día de sol y 45 ºC a la sombra, te recomiendan salir con medias de lana, botas, campera, bufanda y gorro con orejeras. Así de extraña suelen algunos ver la realidad. A mi criterio, las PASO vinieron a traer un poco de aire fresco a estas estructuras permitiendo a los ciudadanos comunes elegir las propuestas más razonables dentro de los partidos o alianzas. Aunque, hay que decirlo también, otras veces sólo consolidaron posiciones conservadoras.

Así y todo, la mayoría le dio a Macri y a su equipo la confianza para impulsar leyes que mejoren la economía, generen riqueza para distribuir y mejorar la calidad de vida de los argentinos, empezando por los más necesitados. La dirección económica emprendida es pro mercado, abierta al mundo. En la administración de la transición habrá políticas públicas tomadas en préstamo del liberalismo, de la social democracia y hasta del modelo “nac & pop” para enfrentar los desafíos de una economía mundializada con producciones integradas. Donde, por ejemplo un auto, puede ser la resultante de una licencia alemana, francesa o japonesa, que se fabrica parte en México, parte en Brasil y parte en Argentina, y se vende en Colombia, EEUU o Canadá. Mientras que las semillas, el vino, la carne vacuna y de pollo, producen más saldos exportables y son el resultado de licencias de laboratorios extranjeros o sólo valor agregado argentino. El mundo es una gran vidriera.

Así, el gobierno propone invertir en infraestructura para facilitar la libre empresa, para que sea la producción la que genere trabajo, consumo y el pago de impuestos achique el déficit. Pero la aceleración de la producción reclama dinamismo y flexibilización. Y apenas ella arranca, se levanta el griterío y voces de alarma.

El que se quema con zapallo sopla hasta la sandía, dice el dicho. Y las experiencias neoliberales del 76 y del 90, fueron desastrosas para la Argentina y se entiende la preocupación.  Pero no es el caso.

¿Y a qué mundo subimos? Dice el Dr. Lafferriere que actualmente en el mundo hay dos centros de gravedad: de una parte, una mirada abierta, creativa, plural, cosmopolita, democrática, respetuoso de la libertad de las personas y los derechos humanos, comprometida con la protección del planeta y molesta –en diferentes medidas- con la hipertrofia financiera.  Por la otra, el nacionalismo –fenómeno nacido a partir del romanticismo a fines del siglo XVIII y XIX- vuelve a mostrar su vigencia que parecía desterrada, y sobre él se montan las propuestas que ya provocaron los desastres y matanzas genocidas del siglo XX: los Estados cerrados y fuertes, la subvaloración de las personas a las que se considera subordinadas en el colectivo nacional, los juegos de guerra, la mayor tolerancia a la violencia y la violación de los derechos humanos, así como la indiferencia por los límites de los recursos naturales y la preservación del planeta.

La globalización, decía, exige una flexibilización empresaria y nuevos desafíos laborales que alertan justamente a algunos y da pábulo a otros para anunciar catástrofes. Por eso, sepamos que en nuestro país la protección de los derechos del trabajador es mandato constitucional y de pactos internacionales  (14 bis CN;  PIDESyC), y que los jueces laborales reúnen una sabia y rica experiencia interpretativa y aplicativa de estos derechos, que ningún ajuste podría abolir.

Cuando la actual legislación laboral fue promulgada no generaba efectos negativos: entre los años 40 y 80 en Argentina hubo pleno empleo, o casi. Toda la fuerza laboral estaba ocupada. Ergo, la única disputa por la renta era entre el trabajo y el capital. A mayores derechos, mayor el salario real. Disney. El peronismo tenía algún sentido. Pero ese mundo desapareció hace 30 años. Algunos aún no se enteraron. Y mantener los actuales “derechos laborales” tal como están, lejos de aumentar el salario real, lo deprime, manteniendo constantes los salarios protegidos por el poder sindical, a costa del empobrecimiento del resto de la fuerza laboral. Una distribución de ingresos fuertemente regresiva. Hood Robin. Primero, pierden todos los trabajadores, porque el salario real no aumenta y, a su vez, pierden más los más desprotegidos.

Sin miedo: La política de Cambiemos asume la necesidad de ajustar, pero a la vez de mantener el entramado de las políticas sociales. El Programa Pobreza Cero que postula es el mismo de las Naciones Unidas en línea con el Pacto Global de 1999, las Metas del Milenio de 2000 y el Pacto Mundial de Empleo de 2009, liderado por la Organización Mundial del Trabajo y la Organización Mundial de la Salud, que lanzaron lo que se denomina “pisos de protección social” y comprende cobertura básica universal de alimentación, salud, educación y vivienda.  No hay un salto al vacío.

La estrategia de inclusión de los estándares de trabajo decente y crecimiento equitativo se basará en las medidas que el Grupo Laboral 20 pide al G-20 que implemente. Estímulo fiscal para salir de la trampa del bajo crecimiento, enfocar la acción contra la desigualdad en el trabajo y salarios de calidad, superación de las brechas ocupacionales y salariales por género, la efectividad de derechos en las cadenas mundiales de suministro a través de normas de conducta empresarial responsable, el apoyo al empleo juvenil a través del desarrollo de competencias y el diálogo social.

Por ello, no tengo dudas que la mayoría de los argentinos queremos ir a un mundo integrado que hace mucho que es redondo y que debiéramos sumarnos, más temprano que tarde, incluso, para hacerlo más amigable.  Obviamente el proceso no será lineal y habrá inconvenientes, pero éste es el rumbo que el pueblo quiere. No así las recetas voluntaristas, colectivistas, populistas, nacionalistas y de fronteras cerradas, que está definitivamente perimidas.

 

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