OPINIÓN. La sensatez consagró el triunfo de la vida

Si la sociedad argentina se hubiera resignado a aceptar pasivamente como normal que grupos de mujeres organicen ruidosas concentraciones en demanda de la legalización de la eliminación de inocentes niños por nacer, se habría convalidado la pena de muerte. Pero también se habría incurrido -los legisladores responsables en primer término- en desobediencia al texto constitucional y a pactos internacionales que privilegian la vida del nonato que ya goza de todos los derechos en cuanto es persona desde el instante mismo de la concepción.

 

Luis María Serroels
(Especial para INFONER)

 

Hay que dejarse de groseros eufemismos. Interrupción voluntaria del embarazo equivale lisa y llanamente al cese de una vida en gestación y eso es el peor de los homicidios porque la víctima no tiene la más mínima posibilidad de defenderse. Nuestra Ley Suprema es clara y terminante en su artículo 75: no aconseja, no sugiere sino que ordena preservar el desarrollo del niño desde la concepción.

Quienes pedían aborto legal, seguro y gratuíto, lo hacían nada menos que exigiendo que la ley les otorgue potestad para tronchar una existencia (es decir, impedir que algo se haga o desarrolle) sin reproche alguno. Hablamos de un ser humano desprovisto de toda posibilidad de evitarlo.

En la otra vereda, voces que celebraban las dos vidas: madre y vástago, aguardando el milagro de las nueve lunas. Dos caras de una moneda acuñada por políticos que extraviaron toda noción del valor del ser humano (pleno y con todas sus facultades que quiere salir al mundo) y cuya otra cara muestra un principio que todas las naciones ubican en primer lugar: el derecho a la vida. Colisionaron las aviesas interpretaciones de un falso y no concedido derecho y la rotunda e irrebatible certeza –científicamente respaldada- de que hay vida desde el inicio mismo del embarazo.

Quedó demostrado que la claridad conceptual y fuerza argumental de los senadores que rechazaron el proyecto y apostaron por las “dos vidas”, inclinaron la balanza. ¿Cuántas vidas de aquí en más podrán ser protagonistas de nuevos advenimientos y el consecuente disfrute de sumarse a la gran familia universal?

Hasta donde observamos –no estuvimos 15 horas frente al televisor-, el único que basó irrebatiblemente su exposición en un mensaje didáctico y aleccionador sobre los mandatos de nuestra Ley Suprema y los pactos internacionales que ella acoge con rango superior a las leyes, fue Adolfo Rodríguez Saá. Y es justo reconocer –sin desmedro de otras posturas por el no- sendas exposiciones de Mario Fiad y María Cristina Fiore.

¿Seguirán atacando a la Iglesia Católica quienes sostienen que defender tan sagrada causa es cosa de los curas? ¿Tomaron nota de que creyentes de otros signos religiosos también desbordaron calles y plazas del país exigiendo que se preserve la vida como bien divino en tanto creación de Dios?

El sacerdote Fabricio Melchiori nos acercó algunos aspectos de la visión antropológica del aborto del filósofo Julián Marías, quien se aferró a un juicio muy simple: “Ni hace falta apelar a lo religioso tratándose de un tema tan elemental de la condición humana”. Y añadió que “en todos lados, en la isla remota y en el centro de Manhattan; en la selva y en Buenos Aires, el hombre distingue entre qué y quién; entre algo y alguien; entre nada y nadie”. Y remató reflexionando que “con esta distinción, el hijo no es una cosa de sus padres, no es un qué, sino es un quién, alguien al que se puede nombrar, decirle tú y que pasado el tiempo podrá decir de sí mismo yo (…) el feto no pertenece a la madre, está encajado en el vientre de la madre, pero una mujer nunca dirá <mi cuerpo está embarazado>, sino estoy (yo, personalmente) embarazada; <voy a tener un niño> y no “tengo un tumor”.

Llamar al aborto “interrupción voluntaria del embarazo” hizo que Marías sugiriera llamar al ahorcamiento “interrupción voluntaria de la respiración”. Su cierre resultó irrefutable al sostener que cuando se aborta o ahorca a alguien “no se interrumpe el embarazo o la respiración, en ambos casos se mata a alguien”.

Resulta imprescindible aclararles a ciertos desvariados, que puede justificarse su escaso conocimiento de los documentos de “la Iglesia de los curas” en defensa de la preservación de la vida humana como el más bien más preciado. Pero no se comprende su ignorancia supina de las leyes que vedan la pena de muerte (el aborto lo es).

Dijimos en cierta oportunidad, que sea cual fuere el final de este largo debate que abrió una innecesaria grieta en la sociedad argentina, la imprudencia del presidente de la nación al instalar en el Parlamento un tema tan sensible –y el error de ratificar que no vetaría una eventual ley-, mostró un asesoramiento muy flaco frente a las consecuencias de haber transitado por el costado de las normas legales vigentes. Quienes buscaron justificaciones bajo el pueril argumento de que alguna vez tenía que abrirse un debate sobre tan delicada cuestión, son los enrolados en la doctrina de los que con frecuencia asean sus manos.

Un médico relató que ante el pedido de una mujer de que le elimine el feto que llevaba en su seno porque ya tenía muchos hijos para mantener y escasos recursos, le respondió que si ella aceptaba se podría eliminar al mayor que ya ha andado por el mundo y demanda mayores erogaciones y darle al futuro vástago la oportunidad de conocer ese mundo. La señora encinta reaccionó diciendo que ¡eso sería un homicidio!, a lo que el facultativo le respondió: ¡lo que usted me pide también lo es, señora!

Es muy cuestionable que mujeres que llenan plazas en una cruzada legítima contra la violencia de género, paralelamente reclamen el derecho a extinguir la vida del niño que se desarrolla en su seno durante 9 meses de ansiosa espera.

Si la sociedad y las leyes condenan a los padres que ejercen violencia contra sus hijos, mal puede pretenderse legalizar el acto de darles muerte antes de nacer. “Rechazar la vida que empezó su camino es signo de una cultura del descarte”, dijeron los obispos del Litoral, pero aparte del documento de los prelados, más de un millar de prestigiosos juristas alegaron la inconstitucionalidad del aborto en un mensaje directo a los miembros del Senado nacional.

¿Quién ha oído hablar de Bernard Nathanson? Se trata de un médico estadounidense ya fallecido, que tras confesarse abortista, lo que le permitió “poseer barcos, avionetas, fincas, mujeres…”, terminó comprendiendo la dimensión de lo que había hecho. Su frase más conmovedora fue que “soy el responsable de 75 mil muertes (en su clínica y de su propia mano unas 65 mil), gracias a la mentira de que la persona en el vientre materno no vale nada” (él había logrado mediante falsos argumentos que se legalice el aborto en los Estados Unidos).

Cuando tuvo real conciencia de semejante barbaridad, se terminó convirtiendo en uno de los mayores líderes pro vida en el mundo. En 1992 llegó a confesar que “como científico no creo; yo sé y conozco que la vida humana comienza en la concepción”. Próximo a morir escribió que esperaba tener las puertas del Cielo abiertas, pero no por haber matado a tantos, sino por haber reconocido, haber pedido perdón y haber comenzado el camino inverso de defensa de la vida y denuncia contra la industria de la muerte (Sic). Falta aclarar que aquí en la Tierra, en su país, sus crímenes eran legales. Nunca fue preso pero tras su muerte las reglas no son las mismas.

Quienes ya hablan de un eventual referendo se equivocan, porque ninguna consulta popular está habilitada para modificar preceptos constitucionales (en nuestra Carta Magna la defensa de la vida está taxativamente expresada y por ello el Ejecutivo no posee facultades para convocar a semejante vulneración). Las potestades de una Convención reformadora sólo se ejercen en base a asuntos previamente incluidos en la ley de convocatoria (art. 30 de nuestra Carta Magna). Tampoco procedería usar las eventuales reformas al Código Penal, porque también colisionarían con la Ley Suprema.

En nuestro país se impuso la racionalidad y el derecho de nacer sigue siendo sagrado, sin la menor posibilidad de violarlo. Dar autorización a seres humanos para matar a otros seres humanos, no tiene ninguna justificación ni perdón, máxime cuando se sacrifican vidas inocentes. En la madrugada del 9 de agosto ¡ganó la vida!

 

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